8 de octubre de 2014

Sigue la espera

Con las nuevas tecnologías, las personas, hoy en día, se encuentran más inmersas en un mundo paralelo entre la cotidianidad y las redes sociales, siendo estas últimas un punto importante ya en nuestras vidas. Me refiero con esto al hecho de que ya influyen en todo momento, a todas horas, y en cada segundo. Ya no estamos en paz sin "checar" nuestras redes sociales, y, aunque, ya no exista nada nuevo qué ver, aún así estamos con las ansias de hacerlo. En horabuena, a todos aquellos que "checan" su "face" twitter y otras más en el cine, NO LO HAGA YA!!! todos pagamos por ver la película.

2 de noviembre de 2013

letras...

El viento trae consigo muchas letras... esperemos pronto tenerlas.

23 de junio de 2013

Poesía

Botella al mar Mario Benedetti Pongo estos seis versos en mi botella al mar con el secreto designio de que algún día llegue a una playa casi desierta y un niño la encuentre y la destape y en lugar de versos extraiga piedritas y socorros y alertas y caracoles.

28 de junio de 2012

Llueve...

Llueve. Llueve. Con este clima escribes tristeza. Todo lo que se te puede ocurrir cuando un amante es abandonado. Llueve. Cada gota, caga sonido del agua chocando con el concreto, es sinónimo de locura, de nostalgia. Entonces, ¿por qué escribir en soledad, por qué no escribir sobre la locura? Sería un interesante tema… creo que paró de llover, iré a ver por la ventana.

31 de octubre de 2011

escribir...

Escribir poesía, es de lo más difícil. Primero tienes que encontrarte a ti mismo, luego plasmar el sentimiento, y después, sí, después... me he ahogado en mis palabras.

30 de junio de 2011

Crónica del hombre ausente...


Un tema de profundidad… no profundo.

La profundidad de una novela es la razón de leerla. A qué me refiero con “la profundidad” de la novela; es simple, al manejo de un tema, es decir, cómo se estructura, cómo se va limitando, cómo se complementa, en pocas palabras, la “fuerza” que el autor le da para que tome significado.
Algunos temas se ponen en moda cierto tiempo, y hace referencia con la especulación de las personas. Empecemos, por ejemplo, con El código Da Vinci, donde Dan Brown hace y deshace el tema del linaje de Cristo, siendo, claro, un final tan lógico y obvio que fue criticado (y no para bien, pues ganó una demanda por parte de Baigent y Leigh que argumentaban que la novela del señor Brown, se basa en la teoría que los investigadores exponen en su libro, y que les llevó más de diez años en las conclusiones). Después de Dan Brown, se dejaron venir, para bien de las librerías, todo lo referente a conspiraciones, asesinatos, cámaras secretas, linajes sagrados, últimos y primeros templarios, todo lo referente a secretos bíblicos ocultos en bibliotecas, y después encontrados para desencadenar una trama, de por sí, ya leídas. Y que hasta ahora siguen teniendo lectores (en horabuena, se trata de leer).
Luego las librerías se llenaron de colmillos. Sí, de por sí ya teníamos con los antecedentes de las sociedades secretas, ahora nos legaron los vampiros. Y gracias, claro está, a la saga lerda de "Crepúsculo", "Luna Nueva” —basadas en los libros del mismo título— y toda la flota vampírica que ya nos había bombardeado en los noventas: “Entrevista con el vampiro” (que por ende, bien realizada y apegada a la tradición del los vampiros, pues en este film no brillan con el sol, ni defienden a amores donde la humanidad se refleja en una especie de virginidad, ni se pelean con licántropos en una guerra demasiada infantil, ¡ni se reflejan en el espejo!) y aprovecharon en reeditar varios libros de la señora Anne Rice, la dama de los colmillos.
Sin embargo, la era de los vampiros no ha tenido tanto auge como las sectas cristianas; aunque sí ha influenciado a otros escritores americanos como Becca Fitzpatrick y su libro Hush, Hush, aquí pongo reseña:

Nora Grey, una alumna aplicada en busca de una beca para la universidad, vive con su madre viuda en una granja a las afueras de Pórtland, Maine. Cuando Patch se convierte en su nuevo compañero de instituto, Nora siente a la vez atracción y repulsión hacia este extraño personaje que parece tener acceso a sus pensamientos. Luego se entera de que Patch es un ángel caído que quiere convertirse en humano. Nora está bajo su control, pero hay también otras fuerzas en juego y de repente se encuentra viviendo hechos inexplicables y en medio de una situación muy peligrosa.

¿Les suena a algo? Claro, a la saga “temible” de vampiros comandada por Stephenie Meyer. Pues la estructura va así: ella, llamada Nora, es una simple mortal, con problemas de autoestima, donde se adentra en sí misma, en pocas palabras, la incomprensible; conoce al ya mal logrado Patch, un tipo duro, con mala finta, ah, y que la ve “feo”. Él es un ángel caído, sí para no decir que se llama Edward y es un vampiro. Y… y… se enamoran, sí eso era, tan difícil de comprender.
La cuestión está en que la novela americana de ese estilo va dirigido a un público juvenil, necesitado de un vampiro, perdón, de un ángel caído, perdón, quise decir de un tipo malo, diferente, que las haga sentir las más humanas en un mundo tan tecnológico, sin padres (pues trabajan todo el día) donde las redes sociales forman gran parte de la vida, y sin ellas no podemos vivir. Y, por cierto, ya tiene su saga, la novela se llama Crescendo, y es la continuación del gran amor de Nora y Patch.
El tema es interesante, si se maneja fuera de escuelas y adolescentes. Si la escribiera, por ejemplo, Philip Roth, para seguir con las letras americanas, sería una novela “profunda” pues el escritor, la manejaría en un grado de complejidad con un estilo fino y concreto.
Pero, en efecto, lo bueno de esta literatura escatológica es que se lea, y ese fin, va positivamente.

23 de junio de 2011

Crónica del hombre ausente...


La decadencia del tiempo perdido

Hablar de tiempo es ampliar un panorama que, para algunas personas, será bueno y para otras será efímero. La palabra tiempo abarca una generalidad concreta, es decir, para todo es tiempo, claro, siempre y cuando no delimitemos la palabra para otros objetivos; como un tiempo determinado para realizar cualquier tarea, un tiempo para planificar algún asunto laboral, o, hasta un tiempo para un desarrollo personal: este fin de semana dedicaré más tiempo a la familia, o a los amigos.
El tiempo en sí, es subjetivo, pues parte de un análisis personal en cómo, dónde y cuándo lo apliquemos. Se dice que una persona con una enfermedad terminal necesita más tiempo de vida para realizar actividades que no se pudieron hacer cuando se estaba sano; o el simple hecho de tener tiempo de vida para seguir en este mundo, y pedirle a Cronos (dios del tiempo en la antigua Grecia) que regale un soplo de su tiempo (al cabo tiene demasiado) para que esa persona —con la enfermedad terminal— pueda disfrutar más de un amanecer, la brisa del mar, o, simplemente ver más la televisión.
Para algunos autores, el tiempo se debe de administrar dependiendo las actividades en importantes, no tan importantes, o nada importantes; pero, la cuestión es: ¿tenemos la disciplina de realizarlos de esa manera, o esquematizar nuestras actividades a un plan que nos rija cada momento, y abarcarnos a una agenda que, por ende, ya es difícil administrarla? La respuesta es no. Y no lo menciono para que el día de mañana mantengas una idea de que el tiempo administrado es el mejor, sino, más bien, lo menciono porque no tenemos la responsabilidad de hacerlo; y poco a poco nos vamos sometiendo a actividades que van desgastando nuestras tareas tanto profesionales como personales. Y nos olvidamos de muchas cosas importantes.

La decadencia

En sí, a qué nos referimos con la decadencia del tiempo, a que las personas, día con día, se preocupan más por una monotonía en actividades laborales y, por qué no, actividades que no tienen importancia en nuestras vidas y que influyen de manera constante; y que dejan a lado actividades que “deben” de obedecer a nuestro ámbito social, como salir a pasear al parque con tu hijo, o en el mejor de los casos, tener una buena conversación con tu pareja o con tus padres. Desde la palabra empezamos a analizar las diferentes posturas; según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española menciona que decadencia significa: Declinación, menoscabo, principio de debilidad o de ruina. Así mismo, declinamos a posponer, a dejar a lado, a mantener fuera de nuestra cotidianeidad aquellos momentos que enriquecen o satisfacen una situación dada.
Las actividades influyen de manera constate, y más, como si se pusieran de acuerdo, aquellos impedimentos que hace que nuestros planes (personales) no se lleven a cabo por una distracción externa que implica cambiar el sentido, en cierta parte, de nuestra vida.
Cuando hablamos de tiempo perdido nos referimos siempre a todo aquello que no retribuye a una actividad de provecho; pero que en lo general no tenemos una actividad que realizar en ese momento, ¿se considera, entonces, tiempo perdido el no realizar actividades? No. Está dicho que en el momento en que la persona no realiza algún productivo está entendido que el tiempo fue perdido, pero a consecuencia a esto, puedes realizar actividades de las cuales planees tanto en lo profesional y en personal, ahora sí, este tiempo perdido, se convierte en un mejor tiempo que me ayudará administrar las actividades con mayor eficacia.
La vida pasa, depende cómo se vea, rápido o lenta, pero el tiempo no se detiene, y esto conlleva a que sepamos en cada instante cómo manejarlo, cómo gastarlo, o cómo aprovecharlo; al fin y al cabo, hay mucho tiempo para hacerlo...

5 de junio de 2011

cuento...

Possessionem
Luis Llamas

1

El sacerdote, de nombre Salvador, enfadado de caminar por el sendero de piedras del pequeño pueblo, se dispuso a preguntar por la dirección correcta de la casa a donde se dirigía. Sudando y con sed, preguntó por su destino a la primera mujer que se le atravesó en aquel solitario día. El rostro de la mujer se desfiguró y palideció, su respiración se exaltó y, en ese instante, comenzó a rezar, sin soltar el crucifijo que mantenía con fuerza en su mano. No dijo nada; sólo se retiró de él. Al sacerdote se le hizo curiosa la actitud de la mujer. Siguió sólo con su maleta con un cambio de ropa y sus herramientas de trabajos: cruz, agua bendita, biblia, etc.
Hacía algunos días, el sacerdote de la comunidad, había mandado una carta en la cual exponía ciertas “cosas raras” en lo que respectaba en una muchacha de apenas dieciseises años. La joven (no mencionaba nombre) había sido tratada por el médico del lugar y por varios chamanes sin encontrar una causa a sus males. La madre lo mandó llamar y él, por sus lecturas, podría decir, con certeza, que se trataba de un caso de posesión. La carta se pasó al consejo episcopal y se nombró a Salvador para que verificara lo expuesto en la misiva. Sólo investigaría las causas y se canalizaría a un hospital psiquiátrico en la ciudad, si era necesario. Salvador quiso apoyar en el caso, pues, en efecto, había realizado algunos cursos en Roma.
La intensión del sacerdote era, primero, analizar a la muchacha, para poder dar el diagnóstico; sin embargo, decidió, mejor, dirigirse primero a la iglesia para que el sacerdote le informara los últimos detalles de la supuesta poseída. Tocó varias veces el portón de ésta. Nadie abrió. Después de unos minutos, volvió a tocar con más fuerza. Una voz junto a él hizo que desistiera del golpe de la puerta. Una mujer entrada en edad le informó que la iglesia no se ha abierto en días. Salvador preguntó por el sacerdote, la mujer contestó que se encontraba en la casa parroquial, atrás del templo. Sin tardar más, Salvador se dirigió a su objetivo. La puerta estaba entreabierta. Entró. Un hedor amargo contaminó las fosas nasales de Salvador. Todo estaba sucio. Se acercó a un crucifico que estaba junto al pequeño comedor y verificó que estaba volteado de cabeza.
—¡Vaya! Alguien prestó atención a la carta —dijo el padre sin dejar de ver a Salvador. Unas ojeras pronunciadas quitaban matiz a los ojos claros del hombre.
—Octavio, me espantaste.
—Ven, siéntate.
Salvador vio a Octavio nervioso, tembloroso, sucio. Observó sus las uñas, sin cortar en días, estaban llenas de mugre. Los dientes del hombre se encontraban amarillentos. Y veía a todas partes, como si alguien lo siguiera o mirara.
—Es fuerte, muy fuerte. Él… él… él…
—¿Él? En la carta se menciona que es una mujer.
—No entiendes, hablo de él, del que está dentro de ella.
—¿Cómo está la situación? —Salvador se dispuso a escuchar todo lo que le dijera Octavio, sin hacer ninguna objeción.
Después de que le explicó algunas situaciones, Salvador indagó más:
—¿Qué otro idioma dices que habla?
—Latín.
—¿Y la muchacha no lo estudió antes?
—Es un pueblo. Si acaso en la escuela sólo dan español, y eso, mal hablado.
—Y dices que una vez escaló la pared.
—Sí, sí, sí… sin nada, así nada más.
—En la carta se menciona que vive sólo con su mamá. ¿Y el papá?
—La abandonó cuando nació.
—¿Y la madre qué hace, o dice, ante esta situación?
—Se suicidó. No pudo aguantar tanto.
—Bien. Me gustaría visitarla.
—Sólo te llevaré a ella. No quiero entrar al infierno otra vez.


2

Octavio dejó a Salvador en la puerta de la casa. Salvador sujetaba con fuerza la maleta donde mantenía sus implementos de trabajo. Se acercó y un escalofrío se apoderó de su cuerpo. Al abrir la puerta, olió el mismo hedor de la casa parroquial. No le tomó importancia. El lugar estaba sucio también. En eso, una voz de niña se escuchó en aquella suciedad.
—Papi, soy yo, María.
El sacerdote se estremeció. No quiso hacerle caso.
—Soy María, tu hija, papi. Mírame… juego con un demonio. Juego a las muñecas.
—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Salvador sin voltearla a ver.
—Papi, recuerdas cómo ardía en la casa.
—¡Qué te calles! Tú no hablas aquí.
Salvador volteó por fin a verla. Ahí estaba parada, con una bata blanca, sucia de excremento. La muchacha, que era una niña todavía, se mantuvo frente a él. Lo vio con ternura, y se acercó a él. Salvador retrocedió de inmediato. Sacó de su maletín una botellita con agua bendita, empezó a rociar a la muchacha. Ésta, comenzó a gritar, una voz aguda, de hombre se escuchó por la casa.
—Potest nec te Deum.
—En el Nombre del Padre, exijo que me des tu nombre.
Ella rió y empezó a escalar por las paredes, como una araña.
—Quieres jugar con tu hija, mírala, tan inocente.
Salvador, no quería escucharla. Hacía años que había perdonado a Dios, por la muerte de su hija de tres años. Él la había visto arder en el fuego cuando una fuga de gas ocasionó el incendio.
La muchacha bajó lentamente y se despojó de la bata. Se mostró ante él desnuda. Salvador no puso atención al cuerpo virginal de ella. Se acercó a él.
—Mírame —dijo con una voz muy delgada, femenina—. Toma este cuerpo. Toma este cuerpo.
Salvador se acercó lentamente a ella. Cuando la tuvo recargada en la pared, le puso un crucifijo en el pecho.
—¡En el nombre de Cristo! ¡Dame tu nombre!
Los ojos de la muchacha cambiaron a negros, y una voz ronca, demoniaca se escuchó:
—No, tú ni tu Dios me harán salir de aquí.
—¡Te ordeno que me des tu nombre!
—¡No, no!
La muchacha agonizaba, las venas del cuello se le marcaban casi a reventar. Salvador, sin dejar de presionar el cuerpo de la niña contra la pared, siguió esforzando la situación para que el demonio le diera su nombre.
—Papi, papi, no me hagas daño —se volvió a escuchar la voz de María.
—No. Perdón hijita, perdóname —por fin Salvador se soltó a llorar.

3

Hacía unas horas que el sol murió en el horizonte. Salvador abrazaba aquel cuerpecito cálido. Sollozaba como un niño.
—Papi, por qué me dejaste aquella tarde. No me hubiera quemado.
—Perdóname, hijita, perdóname. No volverá a pasar.
Silencio.
Silencio.
—Papi, si mueres en este momento, aquí te esperaré y jugaremos como antes…
—¡Tú no eres mi hija! ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ordeno que me des tu nombre!
Salvador corrió por el agua bendita.
—No —se volvió a escuchar la voz gruesa del demonio. La niña empezó a caminar de espaldas, viendo hacia el frente. Sus pies se arrastraban al impulso. Cuando llegó con Salvador, éste la tomó de nuevo en el cuello, y volvió a aclamar el nombre del demonio.
—En el nombre de Cristo, dame tu nombre
Roció el cuerpo, casi mutilado de la joven.
Cuando él le dio su nombre, Salvador aprovechó para exorcizar a la muchacha. Una vez liberada y de que ella vomitó, el ambiente cambió: el olor a hedor se convirtió en un aroma dulce. La muchacha murió.
Salvador salió de la casa con la luz del sol. Caminó sobre las piedras de la calle. En su mente quitaba la idea de su hija, sólo la dejó a la Gloria de Dios.