18 de diciembre de 2008
Crónica del hombre ausente...
Simplemente un año más... feliz 18 de diciembre...
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11 de diciembre de 2008
Pasatiempo del mar...
Para Elisa
El amor hace pasar
el tiempo; el tiempo
hace pasar el amor.
Proverbio italiano
Bajé del autobús, las personas corrían como desesperadas por los pasillos de la nueva terminal. Había olvidado la fecha, pero sabía que era otoño. Por el olor a feria.
Al tener la maleta en mano, me dirigí a la salida; me sorprendí de todo lo expuesto a mi vista, más gente de la que imaginé recorría el edificio como si ellos lo hubieran construido. Salí. La calle era anchísima, miles de automóviles volaban como meteoritos por la avenida; los chóferes me regateaban el precio de la dirección a la que fuera. Me subí a un taxi sin preocuparme por la regateada. No tenía cabeza para ver mi ciudad, que a través de los años, creció invadiendo los valles que la rodeaban. “¿A dónde?”, preguntó el taxista mientras encendía el auto; le di el nombre de la calle sin despegar mi mirada a la revoltosa terminal de autobuses.
El trayecto se hizo largo, lo que eran haciendas, ahora eran centros de convivencia familiar o clubs como se dice ahora; los caminos de piedra se transformaron en largas avenidas llenas de gente y autos, rodeadas de tiendas, centros nocturnos, parques, iglesias, un sinnúmero de construcciones. Mis ojos cansados no dejaban de admirar la metamorfosis de la ciudad, donde las calles llenas de piedras eran reemplazadas por los calorosos concretos, donde sembradíos eran edificios y escuelas; donde personas cansadas y viejas, no veían la quietud de lo que fue hace muchos años, un pueblo. Por primera vez sentí nostalgia de mi niñez, no imaginaba en qué se había convertido todo lo que me rodeaba, no conocía aquella civilización que subsistía de los campos, de los valles, de los guardianes: los dos volcanes.
Mi tristeza se dejó ver más, cuando la calle M era un centro de prostitución, que se manchaba con meretrices y travestís esperando al mejor postor de la noche.
Mi mente había olvidado aquella calle, la cual recorría con un balón de fútbol, siendo la portería el cruce con R. La luz amarilla palpitaba en el cristal del auto, para dar cambio a la roja, el semáforo tomaba el lugar de los baldes llenos de cal donde el balón chocaba para darnos sustos o alegrías de un gol. De reojo, cercioré que no existía ningún infante con un balón en mano, también había sido reemplazado por una jeringa llena de heroína.

Abandoné el taxi y subí las escaleras del edificio. El olor a orines consumía mis fosas nasales provocándome ascos; mi nostalgia también era reemplazada por la vergüenza: dónde quedó aquella ciudad que dejé, dónde quedaba ese recuerdo. Me di cuenta que ahora sólo existía en mi mente.
Estaba frente a mi viejo departamento, me daba gusto saber que la puerta de éste no había sido reemplazada como todo lo que había sido mío. Toqué, una voz suave respondió al interior, mis nervios hacían sudar mis manos llenas de arrugas, mismas que limpiaba con impaciencia en el pantalón. Mi maleta se reflejaba en mis zapatos recién boleados; esperé unos segundos que fueron eternos, un ruido de llaves se escuchó, luego una chapa se abrió, luego otra, otra y otra, cuatro conté, antes era sólo un palo de madera atravesado. La puerta se abrió, una mujer delgada frente a mí me sonrió, me le quedé viendo, su vestido tinto entallado dejaba apreciar unos torneados pechos, al igual que sus caderas anchas.
—¡Tío Ernesto! Pase, no se quede ahí —expresó con una voz alegre, después del encuentro, me dio un abrazo.
Tomé la maleta y entramos juntos a lo que una vez había sido mi refugio. Todo estaba igual: las cuatro sillas de madera en su lugar, un comedor pudriéndose por el tiempo, y el espejo junto al baño; me acerqué a él, un viejo de ochenta y dos años se reflejó. Los años corrían como la gente en la terminal, por primera vez sentí el tiempo en mi piel, en mi cuerpo, en mi rostro; pude ver con orgullo cada arruga, mis ojos, del color de la miel, se escondían por lo pesado de mis párpados, pero seguía siendo aquel hombre que conquistaba al mundo, seguía teniendo el don de burlar a la muerte.
La última vez que había visto mi reflejo en ese espejo, mi corazón latía como tambor, en la mente pasaban los sueños y metas por realizar. Fui el aventurero que quería comerse el mundo en un bocado, recordé las palabras de mi madre, “No te atragantes, las cosas se disfrutan a su debido tiempo”, pero la imagen frente a mí no era de aquel joven, me había comido los sueños con cuidado.
Acomodé mi corbata, sacudí mi chaleco y volteé a ver a mi sobrina, que me miraba extrañada, sostenía en sus manos dos vasos de vino blanco, me dio uno.
—Eres igual de bella a tu madre —le dije al momento en que me senté frente al balcón.

La luz roja de neón palpitaba desde el bar frente al edificio, se introducía por toda la habitación. Miré el centro nocturno lleno de gente que subía y bajaba por las escaleras resguardadas por un obeso guardia; mi vista se detuvo en el hotel, aun costado, varias prostitutas bailaban sus bolsas de mano en espera de un galán. El tiempo transcurría sin darme cuenta, la tarde había muerto, las luces de múltiples colores desfilaban a lo largo de la calle que se llenaba de vida, de gente, como vampiros en busca de sangre.
—¿Otro vinito, tío? —preguntó mi sobrina interrumpiendo mis observaciones, consumí el licor sin darme cuenta.
—Cómo ha cambiado mi calle. Recuerdo que estos edificios estaban llenos de familias, mira ahora, están llenos de rameras y piojos.
Mi sobrina soltó una carcajada, después mencionó que tenía que irse, dejó una lista de teléfonos de emergencia pegada al refrigerador, me dio un beso de despedida que disfruté mucho, como un caramelo.
Sonia, era hija de mi hermana que había muerto hacía ocho años; un descuido la llevó a la tumba, resbaló por las escaleras. Ese año había sido horrible para todos, mi hermana fallece y yo, soy operado de una hernia, nunca la volví a ver.
El viento hizo volar la cortina provocándome un frío insoportable, me senté en el borde de la cama e inspeccioné el cuarto: todo estaba intacto, las pocas pertenencias seguían en su lugar. Me incorporé con trabajos, cerré la ventana y quise guardar la ropa en el único cajón del ropero, al abrirlo, me encontré con una foto color sepia, mi mano tembló cuando la tomé, pasé mis dedos sobre ella para limpiar el polvo. La hermosa mujer plasmada había rondado mi mente días antes a mi arribo a mi ciudad. Pensé en ella varias veces.
A la mañana siguiente, después de que la mayoría de la noche la pasé en vela, me levanté emocionado, lleno de energía. Me vestí, enjuagué mi cara y bajé las escaleras. Al salir a la calle me sorprendí por la gente que seguía en la jerga de la noche anterior (o de las noches anteriores). Caminé al café de la esquina que para suerte mía, todavía existía, mis pasos lentos prolongaban mis objetivos; al entrar, un joven me sonrió, me dirigí hacia él y pregunté por Carmelo, mi amigo de andadas de la infancia, quien era el portero en el fútbol callejero. Resultó ser abuelo del muchacho que me dio la bienvenida detrás de la barra, con el mismo gesto agradable de cuando entré al lugar, me invitó a pasar, ya conocía la casa, sólo habían cambiado las macetas de lugar y algunos muebles, pero, algunas cosas persisten, me conquistó el olfato el mismo olor a naranja y canela que describía la casa de mi amigo. Llegamos a una habitación, por un pasillo oscuro, el muchacho tocó la puerta.
—¡Abuelo! Hay te buscan —gritó el joven sin esperar respuesta y de inmediato se marchó.
Volví a tocar. Mi voz ronca y cansada se escuchó por el frío pasillo, mi impaciencia de no tener respuesta me llevó a entrar a la habitación.
Me sorprendí de ver a quien había sido un muchacho lleno de energía postrado en una cama, con trabajos se movió y sin saber quién estaba en el cuarto mencionó el nombre de su nieto, respondí con el mío. Me acerqué con mi pesadez, y lo ayudé a sentarse, “soy Ernesto, mírame”, repetí de nuevo mi nombre. Mi amigo fijaba con trabajos su vista, me pidió sus lentes y así pudo enfocar mejor la imagen de mi vejez. Sus labios temblaron y unas cuantas lágrimas brotaron de sus cansados ojos.
—Ernesto... eres tú, ¡mírate! Cómo has cambiado —me dijo con la voz quebrantada.
—¿Yo he cambiado? Y tú qué me dices Carmelo, pareces una momia. Y no chille que ya está grande.
—Es la emoción Ernesto, es la emoción... y pues dime, ¿qué haces por aquí?
—Estoy en la naturaleza del tiburón, vine a morir al lugar donde nací.
—¿Estás enfermo?
—No, pero ya es tiempo de regresar —repuse con entusiasmo.
—¿Y tu familia?
—Mi esposa murió hace años, y mi único hijo se casó. Tengo dos nietos, Carmelo, son dos hermosos niños, los vas a conocer en Navidad, piensan venir. Pero no hablemos de mí, tenemos mucho tiempo para hacerlo, mas bien... no mucho —terminé por decir
.
Lo ayudé a levantarse, sus movimientos lentos como los míos, era evidencia de la edad que traíamos sobre la espalda.
Carmelo lo consideré en nuestra juventud como mi hermano mayor, aunque no son muchos años los que me lleva, era más alto y me sorprendía la manera en que enfrentaba los problemas en nuestra época jovial.
Cubrió con su camisa olorosa a sudor su pecho, arrugado y cubierto de vellos blancos; le acomodé el cuello y luego peinó el poco pelo disperso en una brillosa calva. Salimos a visitar las nuevas calles para mí, el nuevo barrio. Carmelo se apoyaba de mi brazo derecho; caminamos dos cuadras, de nuevo estábamos juntos en la calle donde era la cancha de fútbol y donde recibimos varias regañadas por quebrar vidrios de los balonazos dados, que después teníamos que ahorrar para reponerlos.
El silencio de ambos era notorio, no había mucho qué decir en ese momento, sólo sentíamos el cansancio que llegaba al caminar unos metros; nos sentamos en una de las pocas bancas que aún quedaban sobre la calle, dos cuadras fue el recorrido, sin querer, estábamos frente al edificio de Elisa.
—¿La recuerdas? —cortó el silencio Carmelo, después de respirar profundo para tranquilizar la agitada que nos consumía.
—Sí, volvió a mi mente haces días, antes de venir. Luego la vi en la foto que guardaba en mi cajón —me callé un momento, respiré y continué con una voz suave—. ¿Cómo está?
—Bien, sabes una cosa, perece que tiene pacto con el diablo, no se hace vieja, sigue igual de guapa.
Elisa había sido el amor de los dos, mas bien de muchos hombres. No volví a saber más de ella, fue una de las razones por las cuales salí de mi ciudad.

Comí en casa de Carmelo, estuvimos viendo algunas fotografías, comentamos anécdotas que jamás se olvidan, hablamos de Elisa, me contó mucho de su vida, de su familia, de sus hijos, de sus nietos, de que ahora ella estaba sola, pudo divorciarse después de muchos años bajo el yugo de su esquizofrénico esposo. No dejaba de pensar en ella, en nuestra juventud.
—¿De qué sonríes? —preguntó Carmelo al ver mi boca como guasón y mi vista perdida en el limbo.
—Del pasado, de nuestra juventud, de las promesas que jamás se cumplieron, de las mentiras. De todo, recuerdas cuando me cuestionaste qué habíamos hecho Elisa y yo cuando fuimos al río solos, y luego rectifiqué que no fuimos solos, que nos acompañó Enrique, su hermano menor. Pues tenías razón, te mentí porque amabas a Elisa tanto como yo, no quería verte sufrir, no quería que tu amistad terminara por culpa de eso. Fue la primera vez que hicimos el amor. Espero que a estas alturas no tomes represalias.
—No, porque yo también te mentí, recuerdas cuando la acompañé al doctor, pues era mentira, sus papás habían ido a la carpa del teatro, ésas que venían a veces al pueblo, nos quedamos solos en su casa y pues... también.
Por primera vez entró un coraje en mi interior, me sentí engañado; le hablé al nieto de Carmelo, le pedí dos whiskys y los empiné de inmediato, mi amigo me veía sorpresivo, con una risa que no podía controlar. Nos habíamos engañado mutuamente, pensé que su corazón pararía, creí que se iba a quedar tieso frente a mí, no fue así, se levantó y pidió a su nieto la botella completa de whisky, prendió el fonógrafo que tardó bastante en calentar y puso un disco de Los Panchos que empezó con la canción “Bésame mucho”. El coraje desapareció, había comprendido el valor de la amistad, andábamos con la misma mujer y callábamos para no lastimarnos, nunca se supo la verdad hasta ahora, que frente a frente, Carmelo me la confesó al igual que yo.
La música nos ponían alegres, hacía tiempo que no disfrutaba tanto, y el mejor momento era estar con él. Seguimos hablando de Elisa, la mujer de nuestras vidas.
—Desde que me fui, ¿la seguiste viendo? —pregunté con un tono tranquilo, no sentía rencores, entendí las excusas de ambos por ocultar nuestra relación.
—No, todo cambió, ella conoció a Rodolfo, el que fue su esposo, y se fueron de la ciudad también. Regresó hace un par de años, cuando se divorció. Tuvo tres hijos, uno de ellos se llama Ernesto.
El alcohol quemó mi sangre al escuchar el nombre de uno de sus hijos, me sorprendió que a pesar de los años, me mantuve como recuerdo en su mente. “Quizás, quizás, quizás” era la siguiente canción que acompañaba mi sorpresa; las notas estremecían más mis pensamientos, vivía un momento anhelado. Si hubiera compartido mi vida con ella, Ernesto sería también el nombre de uno de nuestros hijos.
La noche se presentó un poco fría, las estrellas dispersas me acompañaban en mi regreso. Carmelo y yo no estábamos en edad de seguir la fiesta tan tarde; mi mirada se perdía en las meretrices que se mezclaban con los hombres que las buscaban desesperadamente. Las luces de los bules y hoteles palpitaban provocándome una desagradable encandilada. Caminé apresurando, cuando mi paso fue calmado, me di cuenta que estaba frente al edificio de Elisa, ubiqué su ventana en el segundo piso. No traía un buen estado para presentarme ante ella, un aliento a alcohol y un cansancio me hicieron regresar a mi dura y angosta cama.
Me desperté tratando de enfocar el techo, ese día pensaba visitar a Elisa. Tenía que verla después de tantos años. Al pensar en el plan que haría, los nervios invadieron cada músculo de mi cuerpo; me vestí con la paciencia que me caracterizaba, limpié mi cara con cuidado, luego boleé mis zapatos que usaba los domingos para la iglesia, acomodé mi corbata frente al espejo. Estaba listo para enfrentar a la mujer que jamás olvidé.
Bajé las escaleras del edificio, me dirigí al jardín cerca del barrio y corté dos rosas blancas, las primeras que vi, la adrenalina de robar las flores me impidió investigar si había rojas; sin culpa, caminé con destino a Elisa. El temblor de mis piernas no me dejaba seguir subiendo los escalones, la eternidad de llegar se acabó frente a la puerta de mi destino. Volví acomodar mi corbata, sacudí un poco mi camisa y toqué. Después de unos segundos, la puerta se abrió, asimilaba la escena de mi sobrina, pero no oí la palabra tío, ni me dio un abrazo; ahí estaba la misma mujer de la foto, tan bella. Sentí el pasado que llegó sin avisar, como si la vida me regalara de nuevo el rostro de Elisa, que a pesar de los años, seguía amando; tuve miedo de verla frente a mí, como si el tiempo regresara, vi la mirada inocente que me hizo compartir mi corazón con ella.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó la joven sin dejar de verme.
—Busco a la señora Elisa Vizcaíno.
—¿De parte de...?
—De Ernesto, un amigo de hace muchos años.
—¡Abuela! —gritó con una voz dulce—. Pase, me supongo que las flores son para mi abuela, deje traigo una vasija con agua.
Le agradecí el gesto. Me vi solo, sentado en un sofá duro, no había regreso, no podía salir huyendo, no podía irme otra vez como lo había hecho años atrás, en esta misma sala. Esperé un tiempo, no supe cuánto, pero mis nervios se presentaban y luego se evaporaban; las flores estaban dentro de la vasija, y la nieta de Elisa, en el cuarto de su abuela. Cuando por fin vi a la mujer de mi vida, una lágrima resbaló por las grietas de mi mejilla, la limpié con un pañuelo, me levanté para esperarla que estuviera frente a mí, seguía siendo bella; Carmelo tenía razón, pareciera que tuviera pacto con el diablo, no aparentaba su edad, se veía más hermosa que nunca. Su nieta la ayudó a sentarse.
—Te ves tan viejo —fue lo primero que dijo Elisa, las primeras palabras que escuché, había olvidado su voz.
—Un poco, menos que Carmelo —repuse con una sonrisa.
—Ese viejo cascarrabias, ¿todavía vive?

Su sonrisa fue el clavo a mi corazón, sus labios arrugados brillaban con la luz del día que penetraba por las transparentes cortinas. El sonido de su risa estremecía mi piel, mis manos, mis sentimientos. Vio la vasija con las rosas blancas sobre la mesita de la sala, su alegría paró bruscamente, me miró con sus ojos llenos de nostalgia, imagino que recordaba momentos de nuestra juventud, recordaba cada palabra que prometimos hace muchos años, cuando éramos inconscientes de nuestros actos y veíamos la vida tan fácil.
—Hace años que no me regalan rosas, ya había olvidado lo que se siente —dijo sin dejar de verlas— ¿Qué haces aquí? —siguió viéndome a los ojos llenos de agua.
—Soy un viejo tiburón que viene a morir a sus aguas —mencioné con voz suave, sin dejar de ver sus labios— Los años me pesan, quiero pasarlos en mi tierra, con mis amigos, con mi familia, en mis calles, aunque diferentes, siguen siendo mías.
—Sí Ernesto, todo cambia, la ciudad es más grande, los años no perdonan y el amor se consume, deja de existir, se lo lleva el viento, se muere en la distancia.
—El mío no muere, el mío es real —la interrumpí sin dejar de ver sus ojos.
—¿Real?, no, real es lo que hicimos cada uno, eso es real... ahora vienes a decir que a pesar del tiempo sigues amándome, sigues en un sueño.
—Por eso no contestaste las cartas que te mandé cuando recién me fui.
—Así es, tenías que hacer lo que querías, lo recuerdo perfectamente, deseabas conocer el mundo. Yo no iba a impedir que tus sueños se frustraran. ¿Al menos lo lograste?

Un viento rodeó la habitación, hablé de mis viajes por algunos países del mundo, después recordamos anécdotas de la juventud.
Me sentí joven, eterno al lado de ella. Nunca había olvidado su sonrisa, sus ojos, su misterio bajo su mirada. Elisa frente a mí, hermosa como siempre.
Salí de su casa, enfermo de nostalgia, de amor. Esa tarde, decidí no verla más. La guardaría en mi corazón para toda la eternidad.
Comprendí el afán de Carmelo al rehusarse a verla, el mismo miedo que yo viví, consumía su mente. Temía que naciera en su alma, el amor que una vez le tuvo. Para él, Elisa nunca había vuelto a la ciudad —nunca la había visto—, se aferraba a pensar que seguía lejos, casada, y con una vida feliz. Me lo dijo en secreto, con un whisky en mano y una canción en el viejo fonógrafo.
El amor hace pasar
el tiempo; el tiempo
hace pasar el amor.
Proverbio italiano
Bajé del autobús, las personas corrían como desesperadas por los pasillos de la nueva terminal. Había olvidado la fecha, pero sabía que era otoño. Por el olor a feria.
Al tener la maleta en mano, me dirigí a la salida; me sorprendí de todo lo expuesto a mi vista, más gente de la que imaginé recorría el edificio como si ellos lo hubieran construido. Salí. La calle era anchísima, miles de automóviles volaban como meteoritos por la avenida; los chóferes me regateaban el precio de la dirección a la que fuera. Me subí a un taxi sin preocuparme por la regateada. No tenía cabeza para ver mi ciudad, que a través de los años, creció invadiendo los valles que la rodeaban. “¿A dónde?”, preguntó el taxista mientras encendía el auto; le di el nombre de la calle sin despegar mi mirada a la revoltosa terminal de autobuses.
El trayecto se hizo largo, lo que eran haciendas, ahora eran centros de convivencia familiar o clubs como se dice ahora; los caminos de piedra se transformaron en largas avenidas llenas de gente y autos, rodeadas de tiendas, centros nocturnos, parques, iglesias, un sinnúmero de construcciones. Mis ojos cansados no dejaban de admirar la metamorfosis de la ciudad, donde las calles llenas de piedras eran reemplazadas por los calorosos concretos, donde sembradíos eran edificios y escuelas; donde personas cansadas y viejas, no veían la quietud de lo que fue hace muchos años, un pueblo. Por primera vez sentí nostalgia de mi niñez, no imaginaba en qué se había convertido todo lo que me rodeaba, no conocía aquella civilización que subsistía de los campos, de los valles, de los guardianes: los dos volcanes.
Mi tristeza se dejó ver más, cuando la calle M era un centro de prostitución, que se manchaba con meretrices y travestís esperando al mejor postor de la noche.
Mi mente había olvidado aquella calle, la cual recorría con un balón de fútbol, siendo la portería el cruce con R. La luz amarilla palpitaba en el cristal del auto, para dar cambio a la roja, el semáforo tomaba el lugar de los baldes llenos de cal donde el balón chocaba para darnos sustos o alegrías de un gol. De reojo, cercioré que no existía ningún infante con un balón en mano, también había sido reemplazado por una jeringa llena de heroína.

Abandoné el taxi y subí las escaleras del edificio. El olor a orines consumía mis fosas nasales provocándome ascos; mi nostalgia también era reemplazada por la vergüenza: dónde quedó aquella ciudad que dejé, dónde quedaba ese recuerdo. Me di cuenta que ahora sólo existía en mi mente.
Estaba frente a mi viejo departamento, me daba gusto saber que la puerta de éste no había sido reemplazada como todo lo que había sido mío. Toqué, una voz suave respondió al interior, mis nervios hacían sudar mis manos llenas de arrugas, mismas que limpiaba con impaciencia en el pantalón. Mi maleta se reflejaba en mis zapatos recién boleados; esperé unos segundos que fueron eternos, un ruido de llaves se escuchó, luego una chapa se abrió, luego otra, otra y otra, cuatro conté, antes era sólo un palo de madera atravesado. La puerta se abrió, una mujer delgada frente a mí me sonrió, me le quedé viendo, su vestido tinto entallado dejaba apreciar unos torneados pechos, al igual que sus caderas anchas.
—¡Tío Ernesto! Pase, no se quede ahí —expresó con una voz alegre, después del encuentro, me dio un abrazo.
Tomé la maleta y entramos juntos a lo que una vez había sido mi refugio. Todo estaba igual: las cuatro sillas de madera en su lugar, un comedor pudriéndose por el tiempo, y el espejo junto al baño; me acerqué a él, un viejo de ochenta y dos años se reflejó. Los años corrían como la gente en la terminal, por primera vez sentí el tiempo en mi piel, en mi cuerpo, en mi rostro; pude ver con orgullo cada arruga, mis ojos, del color de la miel, se escondían por lo pesado de mis párpados, pero seguía siendo aquel hombre que conquistaba al mundo, seguía teniendo el don de burlar a la muerte.
La última vez que había visto mi reflejo en ese espejo, mi corazón latía como tambor, en la mente pasaban los sueños y metas por realizar. Fui el aventurero que quería comerse el mundo en un bocado, recordé las palabras de mi madre, “No te atragantes, las cosas se disfrutan a su debido tiempo”, pero la imagen frente a mí no era de aquel joven, me había comido los sueños con cuidado.
Acomodé mi corbata, sacudí mi chaleco y volteé a ver a mi sobrina, que me miraba extrañada, sostenía en sus manos dos vasos de vino blanco, me dio uno.
—Eres igual de bella a tu madre —le dije al momento en que me senté frente al balcón.

La luz roja de neón palpitaba desde el bar frente al edificio, se introducía por toda la habitación. Miré el centro nocturno lleno de gente que subía y bajaba por las escaleras resguardadas por un obeso guardia; mi vista se detuvo en el hotel, aun costado, varias prostitutas bailaban sus bolsas de mano en espera de un galán. El tiempo transcurría sin darme cuenta, la tarde había muerto, las luces de múltiples colores desfilaban a lo largo de la calle que se llenaba de vida, de gente, como vampiros en busca de sangre.
—¿Otro vinito, tío? —preguntó mi sobrina interrumpiendo mis observaciones, consumí el licor sin darme cuenta.
—Cómo ha cambiado mi calle. Recuerdo que estos edificios estaban llenos de familias, mira ahora, están llenos de rameras y piojos.
Mi sobrina soltó una carcajada, después mencionó que tenía que irse, dejó una lista de teléfonos de emergencia pegada al refrigerador, me dio un beso de despedida que disfruté mucho, como un caramelo.
Sonia, era hija de mi hermana que había muerto hacía ocho años; un descuido la llevó a la tumba, resbaló por las escaleras. Ese año había sido horrible para todos, mi hermana fallece y yo, soy operado de una hernia, nunca la volví a ver.
El viento hizo volar la cortina provocándome un frío insoportable, me senté en el borde de la cama e inspeccioné el cuarto: todo estaba intacto, las pocas pertenencias seguían en su lugar. Me incorporé con trabajos, cerré la ventana y quise guardar la ropa en el único cajón del ropero, al abrirlo, me encontré con una foto color sepia, mi mano tembló cuando la tomé, pasé mis dedos sobre ella para limpiar el polvo. La hermosa mujer plasmada había rondado mi mente días antes a mi arribo a mi ciudad. Pensé en ella varias veces.
A la mañana siguiente, después de que la mayoría de la noche la pasé en vela, me levanté emocionado, lleno de energía. Me vestí, enjuagué mi cara y bajé las escaleras. Al salir a la calle me sorprendí por la gente que seguía en la jerga de la noche anterior (o de las noches anteriores). Caminé al café de la esquina que para suerte mía, todavía existía, mis pasos lentos prolongaban mis objetivos; al entrar, un joven me sonrió, me dirigí hacia él y pregunté por Carmelo, mi amigo de andadas de la infancia, quien era el portero en el fútbol callejero. Resultó ser abuelo del muchacho que me dio la bienvenida detrás de la barra, con el mismo gesto agradable de cuando entré al lugar, me invitó a pasar, ya conocía la casa, sólo habían cambiado las macetas de lugar y algunos muebles, pero, algunas cosas persisten, me conquistó el olfato el mismo olor a naranja y canela que describía la casa de mi amigo. Llegamos a una habitación, por un pasillo oscuro, el muchacho tocó la puerta.
—¡Abuelo! Hay te buscan —gritó el joven sin esperar respuesta y de inmediato se marchó.
Volví a tocar. Mi voz ronca y cansada se escuchó por el frío pasillo, mi impaciencia de no tener respuesta me llevó a entrar a la habitación.
Me sorprendí de ver a quien había sido un muchacho lleno de energía postrado en una cama, con trabajos se movió y sin saber quién estaba en el cuarto mencionó el nombre de su nieto, respondí con el mío. Me acerqué con mi pesadez, y lo ayudé a sentarse, “soy Ernesto, mírame”, repetí de nuevo mi nombre. Mi amigo fijaba con trabajos su vista, me pidió sus lentes y así pudo enfocar mejor la imagen de mi vejez. Sus labios temblaron y unas cuantas lágrimas brotaron de sus cansados ojos.
—Ernesto... eres tú, ¡mírate! Cómo has cambiado —me dijo con la voz quebrantada.
—¿Yo he cambiado? Y tú qué me dices Carmelo, pareces una momia. Y no chille que ya está grande.
—Es la emoción Ernesto, es la emoción... y pues dime, ¿qué haces por aquí?
—Estoy en la naturaleza del tiburón, vine a morir al lugar donde nací.
—¿Estás enfermo?
—No, pero ya es tiempo de regresar —repuse con entusiasmo.
—¿Y tu familia?
—Mi esposa murió hace años, y mi único hijo se casó. Tengo dos nietos, Carmelo, son dos hermosos niños, los vas a conocer en Navidad, piensan venir. Pero no hablemos de mí, tenemos mucho tiempo para hacerlo, mas bien... no mucho —terminé por decir
.
Lo ayudé a levantarse, sus movimientos lentos como los míos, era evidencia de la edad que traíamos sobre la espalda.
Carmelo lo consideré en nuestra juventud como mi hermano mayor, aunque no son muchos años los que me lleva, era más alto y me sorprendía la manera en que enfrentaba los problemas en nuestra época jovial.
Cubrió con su camisa olorosa a sudor su pecho, arrugado y cubierto de vellos blancos; le acomodé el cuello y luego peinó el poco pelo disperso en una brillosa calva. Salimos a visitar las nuevas calles para mí, el nuevo barrio. Carmelo se apoyaba de mi brazo derecho; caminamos dos cuadras, de nuevo estábamos juntos en la calle donde era la cancha de fútbol y donde recibimos varias regañadas por quebrar vidrios de los balonazos dados, que después teníamos que ahorrar para reponerlos.
El silencio de ambos era notorio, no había mucho qué decir en ese momento, sólo sentíamos el cansancio que llegaba al caminar unos metros; nos sentamos en una de las pocas bancas que aún quedaban sobre la calle, dos cuadras fue el recorrido, sin querer, estábamos frente al edificio de Elisa.
—¿La recuerdas? —cortó el silencio Carmelo, después de respirar profundo para tranquilizar la agitada que nos consumía.
—Sí, volvió a mi mente haces días, antes de venir. Luego la vi en la foto que guardaba en mi cajón —me callé un momento, respiré y continué con una voz suave—. ¿Cómo está?
—Bien, sabes una cosa, perece que tiene pacto con el diablo, no se hace vieja, sigue igual de guapa.
Elisa había sido el amor de los dos, mas bien de muchos hombres. No volví a saber más de ella, fue una de las razones por las cuales salí de mi ciudad.

Comí en casa de Carmelo, estuvimos viendo algunas fotografías, comentamos anécdotas que jamás se olvidan, hablamos de Elisa, me contó mucho de su vida, de su familia, de sus hijos, de sus nietos, de que ahora ella estaba sola, pudo divorciarse después de muchos años bajo el yugo de su esquizofrénico esposo. No dejaba de pensar en ella, en nuestra juventud.
—¿De qué sonríes? —preguntó Carmelo al ver mi boca como guasón y mi vista perdida en el limbo.
—Del pasado, de nuestra juventud, de las promesas que jamás se cumplieron, de las mentiras. De todo, recuerdas cuando me cuestionaste qué habíamos hecho Elisa y yo cuando fuimos al río solos, y luego rectifiqué que no fuimos solos, que nos acompañó Enrique, su hermano menor. Pues tenías razón, te mentí porque amabas a Elisa tanto como yo, no quería verte sufrir, no quería que tu amistad terminara por culpa de eso. Fue la primera vez que hicimos el amor. Espero que a estas alturas no tomes represalias.
—No, porque yo también te mentí, recuerdas cuando la acompañé al doctor, pues era mentira, sus papás habían ido a la carpa del teatro, ésas que venían a veces al pueblo, nos quedamos solos en su casa y pues... también.
Por primera vez entró un coraje en mi interior, me sentí engañado; le hablé al nieto de Carmelo, le pedí dos whiskys y los empiné de inmediato, mi amigo me veía sorpresivo, con una risa que no podía controlar. Nos habíamos engañado mutuamente, pensé que su corazón pararía, creí que se iba a quedar tieso frente a mí, no fue así, se levantó y pidió a su nieto la botella completa de whisky, prendió el fonógrafo que tardó bastante en calentar y puso un disco de Los Panchos que empezó con la canción “Bésame mucho”. El coraje desapareció, había comprendido el valor de la amistad, andábamos con la misma mujer y callábamos para no lastimarnos, nunca se supo la verdad hasta ahora, que frente a frente, Carmelo me la confesó al igual que yo.
La música nos ponían alegres, hacía tiempo que no disfrutaba tanto, y el mejor momento era estar con él. Seguimos hablando de Elisa, la mujer de nuestras vidas.
—Desde que me fui, ¿la seguiste viendo? —pregunté con un tono tranquilo, no sentía rencores, entendí las excusas de ambos por ocultar nuestra relación.
—No, todo cambió, ella conoció a Rodolfo, el que fue su esposo, y se fueron de la ciudad también. Regresó hace un par de años, cuando se divorció. Tuvo tres hijos, uno de ellos se llama Ernesto.
El alcohol quemó mi sangre al escuchar el nombre de uno de sus hijos, me sorprendió que a pesar de los años, me mantuve como recuerdo en su mente. “Quizás, quizás, quizás” era la siguiente canción que acompañaba mi sorpresa; las notas estremecían más mis pensamientos, vivía un momento anhelado. Si hubiera compartido mi vida con ella, Ernesto sería también el nombre de uno de nuestros hijos.
La noche se presentó un poco fría, las estrellas dispersas me acompañaban en mi regreso. Carmelo y yo no estábamos en edad de seguir la fiesta tan tarde; mi mirada se perdía en las meretrices que se mezclaban con los hombres que las buscaban desesperadamente. Las luces de los bules y hoteles palpitaban provocándome una desagradable encandilada. Caminé apresurando, cuando mi paso fue calmado, me di cuenta que estaba frente al edificio de Elisa, ubiqué su ventana en el segundo piso. No traía un buen estado para presentarme ante ella, un aliento a alcohol y un cansancio me hicieron regresar a mi dura y angosta cama.
Me desperté tratando de enfocar el techo, ese día pensaba visitar a Elisa. Tenía que verla después de tantos años. Al pensar en el plan que haría, los nervios invadieron cada músculo de mi cuerpo; me vestí con la paciencia que me caracterizaba, limpié mi cara con cuidado, luego boleé mis zapatos que usaba los domingos para la iglesia, acomodé mi corbata frente al espejo. Estaba listo para enfrentar a la mujer que jamás olvidé.
Bajé las escaleras del edificio, me dirigí al jardín cerca del barrio y corté dos rosas blancas, las primeras que vi, la adrenalina de robar las flores me impidió investigar si había rojas; sin culpa, caminé con destino a Elisa. El temblor de mis piernas no me dejaba seguir subiendo los escalones, la eternidad de llegar se acabó frente a la puerta de mi destino. Volví acomodar mi corbata, sacudí un poco mi camisa y toqué. Después de unos segundos, la puerta se abrió, asimilaba la escena de mi sobrina, pero no oí la palabra tío, ni me dio un abrazo; ahí estaba la misma mujer de la foto, tan bella. Sentí el pasado que llegó sin avisar, como si la vida me regalara de nuevo el rostro de Elisa, que a pesar de los años, seguía amando; tuve miedo de verla frente a mí, como si el tiempo regresara, vi la mirada inocente que me hizo compartir mi corazón con ella.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó la joven sin dejar de verme.
—Busco a la señora Elisa Vizcaíno.
—¿De parte de...?
—De Ernesto, un amigo de hace muchos años.
—¡Abuela! —gritó con una voz dulce—. Pase, me supongo que las flores son para mi abuela, deje traigo una vasija con agua.
Le agradecí el gesto. Me vi solo, sentado en un sofá duro, no había regreso, no podía salir huyendo, no podía irme otra vez como lo había hecho años atrás, en esta misma sala. Esperé un tiempo, no supe cuánto, pero mis nervios se presentaban y luego se evaporaban; las flores estaban dentro de la vasija, y la nieta de Elisa, en el cuarto de su abuela. Cuando por fin vi a la mujer de mi vida, una lágrima resbaló por las grietas de mi mejilla, la limpié con un pañuelo, me levanté para esperarla que estuviera frente a mí, seguía siendo bella; Carmelo tenía razón, pareciera que tuviera pacto con el diablo, no aparentaba su edad, se veía más hermosa que nunca. Su nieta la ayudó a sentarse.
—Te ves tan viejo —fue lo primero que dijo Elisa, las primeras palabras que escuché, había olvidado su voz.
—Un poco, menos que Carmelo —repuse con una sonrisa.
—Ese viejo cascarrabias, ¿todavía vive?

Su sonrisa fue el clavo a mi corazón, sus labios arrugados brillaban con la luz del día que penetraba por las transparentes cortinas. El sonido de su risa estremecía mi piel, mis manos, mis sentimientos. Vio la vasija con las rosas blancas sobre la mesita de la sala, su alegría paró bruscamente, me miró con sus ojos llenos de nostalgia, imagino que recordaba momentos de nuestra juventud, recordaba cada palabra que prometimos hace muchos años, cuando éramos inconscientes de nuestros actos y veíamos la vida tan fácil.
—Hace años que no me regalan rosas, ya había olvidado lo que se siente —dijo sin dejar de verlas— ¿Qué haces aquí? —siguió viéndome a los ojos llenos de agua.
—Soy un viejo tiburón que viene a morir a sus aguas —mencioné con voz suave, sin dejar de ver sus labios— Los años me pesan, quiero pasarlos en mi tierra, con mis amigos, con mi familia, en mis calles, aunque diferentes, siguen siendo mías.
—Sí Ernesto, todo cambia, la ciudad es más grande, los años no perdonan y el amor se consume, deja de existir, se lo lleva el viento, se muere en la distancia.
—El mío no muere, el mío es real —la interrumpí sin dejar de ver sus ojos.
—¿Real?, no, real es lo que hicimos cada uno, eso es real... ahora vienes a decir que a pesar del tiempo sigues amándome, sigues en un sueño.
—Por eso no contestaste las cartas que te mandé cuando recién me fui.
—Así es, tenías que hacer lo que querías, lo recuerdo perfectamente, deseabas conocer el mundo. Yo no iba a impedir que tus sueños se frustraran. ¿Al menos lo lograste?

Un viento rodeó la habitación, hablé de mis viajes por algunos países del mundo, después recordamos anécdotas de la juventud.
Me sentí joven, eterno al lado de ella. Nunca había olvidado su sonrisa, sus ojos, su misterio bajo su mirada. Elisa frente a mí, hermosa como siempre.
Salí de su casa, enfermo de nostalgia, de amor. Esa tarde, decidí no verla más. La guardaría en mi corazón para toda la eternidad.
Comprendí el afán de Carmelo al rehusarse a verla, el mismo miedo que yo viví, consumía su mente. Temía que naciera en su alma, el amor que una vez le tuvo. Para él, Elisa nunca había vuelto a la ciudad —nunca la había visto—, se aferraba a pensar que seguía lejos, casada, y con una vida feliz. Me lo dijo en secreto, con un whisky en mano y una canción en el viejo fonógrafo.
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huellas en la arena...

MARIO BENEDETTI
BIOGRAFÍA
Mario Benedetti nació en Paso de los Toros (Tacuarembó, Uruguay) el 14 de septiembre de 1920, su familia se trasladó a Montevideo cuando tenía cuatro años. Se educó en el Colegio Alemán de Montevideo y el Liceo Miranda, y trabajó como vendedor, taquígrafo, contable, funcionario público y periodista.
Residió unos años en Buenos Aires y en 1948 regresa a Montevideo donde se incorpora la revista literaria Marginalia, que duró hasta el año siguiente, fecha en que pasa a formar parte del consejo de redacción de la revista Número, cuya primera etapa se extiende hasta 1955. Esta publicación es clave en la formación y el desarrollo de la llamada "generación del 45" o "generación crítica", integrada entre otros, además de Benedetti, por Carlos Martínez Moreno, Mario Arregui, Angel Rama, José Pedro Díaz, Armonía Somers, Idea Cilariño, Sarandy Cabrera, Ida Vitale, Carlos Maggi y Emir Rodriguez Monegal.
A la aparición de su primera obra ensayística, Peripecia y novela, (1948) siguió, en 1949, su primer libro de cuentos, Esta mañana, y, un año más tarde, los poemas de Sólo mientras tanto.
En 1953 aparece Quién de nosotros, su primera novela, pero es el volumen de cuentos Montevideanos (1959) --en los que toman forma las principales características de la narrativa de Benedetti-- el que supuso su consagración como escritor. Con su siguiente novela, La tregua (1960), Benedetti adquiere proyección internacional: la obra tuvo más de un centenar de ediciones, fue traducida a diecinueve idiomas y llevada al cine, el teatro, la radio y la televisión. Verdadero cronista de su ciudad (Montevideo) y de su tiempo, Benedetti es un prolífero intelectual - aproximadamente 80 títulos publicados - que transita la critica literaria, el ensayo prolífico, la poesía y, por supuesto, la narrativa. Sus textos, inteligentes y cálidos, recuperan un país que ha transitado el memorioso recuerdo, el costumbrismo, pero también el dolor de las épocas difíciles de la dictadura.
Entre 1954 y 1960 ocupó tres veces la dirección literaria de Marcha, el semanario más influyente de la vida política y cultural del Uruguay y uno de los más importantes de América Latina. Fue clausurado en noviembre de 1974, después de sufrir numerosas suspensiones tras el golpe de estado de 1973.La actividad de Mario Benedetti en esos años se multiplicó. A su intensa labor de escritor y periodista, se sumó una cada vez más activa participación política. En 1971 fue uno de los fundadores del Movimiento de Independientes 26 de marzo, que integrará más tarde el Frente Amplio. Pero esta alternativa en desarrollo será frustrada por la fuerza.
El golpe lo obliga a abandonar su país en 1973, iniciando así un largo exilio de doce años que lo llevó a residir en Argentina, Perú, Cuba y España, y que dio lugar también a ese proceso bautizado por él como desexilio: una experiencia con huellas tan profundas en lo vital como en lo literario.
Benedetti transciende más allá de los libros. Sus historias, poesías y cuentos han sido adaptadas al cine, teatro, radio y televisión. Muchos de sus poemas han tomado forma de canción, junto a Daniel Viglieti, Silvio Rodríguez o Joan Manuel Serrat. Sus poesías han entrado en el cine de la mano de Eliseo Subiela, en aquella maravillosa "El lado oscuro del corazón" y más recientemente en "Espabílate amor".
BIBLIOGRAFÍA
Obra poética
· Solo mientras tanto (1948-1950).
· Poemas de la oficina (1953-1956).
· Poemas del hoyporhoy (1958-1961).
· Noción de patria (1962-1963).
· Contra los puentes levadizos (1965-1966).
· A ras de sueño (1967)
· Quemar las naves (1968-1969)
· Letras de emergencia (1969-1973)
· Poemas de otros (1973-1974)
· La casa y el ladrillo (1976-1977)
· Cotidianas (1978-1979)
· Viento del exilio (1980-1981)
· Geografías (1982-1984)
· Preguntas al azar (1986)
· Yesterday y mañana (1988)
· Despistes y franquezas (1990)
· Las soledades de Babel (1991)
· El olvido está lleno de memoria (1994)
· El amor, las mujeres y la vida (1995)
· La vida ese paréntesis (1997)
· Rincón de haikus (1999)
· Inventario (1950-1985). (Poesía) Ed. Visor, Mario Benedetti
· Inventario dos (1986-1991). (Poesía) Ed. Visor, Mario Benedetti
· Antología Poética (1948-1991)
· (Poemas) Ed. Casa de las Américas (1995) Mario Benedetti
Relatos:
Esta mañana. 1949.
Montevideanos. 1959.
La muerte y otras sorpresas. 1968.
Con y sin nostalgia. 1977.
Geografías. 1984.
Despistes y franquezas. 1989.
Buzón de tiempo
Cuentos (antología). 1982.
Cuentos completos. 1986
El porvenir de mi pasado 2003
Novelas:
Quién de nosotros (1950).
La tregua (1960)
Gracias por el fuego (1965)
El cumpleaños de Juan Angel (1971)
Primavera con una esquina rota (1982)
La borra del café (1992)
Andamios (1997)
Teatro:
Pedro y el capitán. 1979.
Crítica literaria:
§ Peripecia y novela (1948).
§ Marcel Proust y otros ensayos (1951).
§ Literatura uruguaya siglo XX (1963 / 5.ª edición ampliada, 1996).
§ Genio y figura de José Enrique Rodó (1966 / 2.a edición, 1992 ).
§ Letras del continente mestizo (1967 / 3.ª edición ampliada, 1974)
§ Sobre artes y oficios (1968).
§ Crítica cómplice (1971 / 2.ª edición ampliada, 1988).
§ El recurso del supremo patriarca (1979 / 9.ª edición, 1989).
§ El ejercicio del criterio (198 1 / 6.ª edición amp liada, 199 5 ).
§ Poetas de cercanías (1994).
§ 45 años de ensayos críticos (1994).
Ensayo:
Peripecia y Novela (1948)
Marcel Proust y otros ensayos (1951)
El escritor latinoamericano y la revolución posible (1974)
El desexilio y otras conjeturas (1984)
La cultura ese blanco móvil - conferencias, ponencias y ensayos breves de 1979-1988. (1989)
Perplejidades de fin de siglo.
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24 de noviembre de 2008
Crónica de un hombre ausente...
No hay inspiración... ¿hasta cuándo?
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19 de noviembre de 2008
huellas en la arena...

CARLOS FUENTES
En horabuena por sus 80 años que cumple en estos días!! Un ícono de las letras, y que ha llevado su fuerza en la literatura a lo grande, hasta obtener fama mundial. Candidato varias veces al Nobel de Literatura... él es Carlos Fuentes.
BIOGRAFÍA
Nace el 11 de noviembre de 1928 en Panamá en donde su padre comenzaba su carrera diplomática como representante de México. En los años treinta su padre fue asignado como embajador de México en Washington D.C. creciendo en medio del vibrante mundo americano de esa década.
Ahí, al lado de su padre, estudió la Historia y Geografía de México. En su imaginación fabricaría un México similar a la tierra de Oz. Al menos así parecía a la vista de un joven mexicano, hijo de un diplomático y viviendo en un hotel de lujo en la 16th street de Washington con una vista majestuosa del Meridian Hill Park.
En aquella época Fuentes encontró en la lectura de Mark Tawin, en las imágenes de las películas y los diarios la capacidad de mezclar ilusiones con un corazón que latía verdad, autocelebración de triunfos.
En su escuela, una escuela pública, se reflejaban estas realidades en las que había que creer. Creyó entonces en una democracia que se iniciaba en su salón de clases, mundo en el cual, por supuesto, él participaba con una parte democráticamente importante. "En E.U.A. es importante, a cualquier edad y en cualquier ocupación, el ser "popular". No he conocido otra sociedad en la que la disciplina mantenga una alta estima. Yo era popular. Yo era "normal".
Pasarían varios años para que Fuentes lograra descubrir la realidad de la tierra mexicana. Mientras tanto vivió en Chile y Buenos Aires en donde tuvo un acercamiento importante con grandes personalidades de la esfera cultural, como Pablo Neruda y David Alfaro Siqueiros entre otros.
Llega a México a la edad de 16 años donde estudió la Preparatoria.
Se inició en el periodismo como colaborador de la revista "Hoy" y obtuvo el primer lugar del concurso literario del Colegio Francés Morelos.
Posteriormente obtiene el titulo de Licenciado en Derecho por la UNAM.
En 1950 viaja a Europa y realiza estudios de Derecho Internacional en la Universidad de Ginebra. Aquí logró complementar su perspectiva literaria: La épica moderna había sido la épica de la primera persona del singular, del Yo de San Agustín a Abelard, a Dante, Rosseau, Stendhal, Proust, Joyce.
A su regreso a México, Fuentes descubría en sí mismo que su verdadero bautismo se lograba en la idea de que no importaba a dónde fuera, el español debía ser la lengua de su obra y Latinoamérica la cultura de su lengua. Para entonces Octavio Paz había escrito dos libros que daban un nuevo perfil a la literatura mexicana: "Libertad bajo palabra" y "El laberinto de la Soledad" obras que influyeron notablemente las perspectivas de Fuentes. De su amistad con Paz aprendió que no existían culturas, razas, ni políticas privilegiadas; que nada debía apartarse de la literatura porque nuestro tiempo vivía el momento de las mortales reducciones.
Para la generación de Fuentes, el problema no consistía en descubrir la modernidad de México sino su tradición. El pasado se encontraba brutalmente dañado por la enseñanza petrificada que se impartía en las escuelas secundarias; predominaban formas grotescas de nacionalismo. Un maestro marxista le dijo en una ocasión que leer a Kafka era antinacionalista; un crítico fascista le dijo lo mismo y un autor mexicano que daba una pomposa lectura en Bellas Artes juzgaba a los lectores de Proust como prostituidos.
En 1959 publica sus primeros cuentos titulados "Los días enmascarados", reunidos en la Colección Los Presentes. Al lado de Emmanuel Carballo dirige la "Revista Mexicana de Literatura", y "El Espectador" con Víctor González Olea y Enrique González Pedrero.
El México de los años cuarenta y cincuenta que Carlos Fuentes describió en "La región más transparente", es un México imaginario, tal como escribiera sobre el México de los años ochenta y noventa en "Cristóbal Nonato". Pensaba que el Londres de Dickens y el París de Balzac no podían haberse conocido si ellos no los hubieran primero imaginado.
Su obra recibe en este momento una importante influencia: el pensamiento y la obra de Balzac.
Durante los años sesenta vivió en París, Venecia, Londres y México. En 1962 escribe "Aura" novela en la que nunca quiso resolver un enigma. Lo importante era reconocer que ahí existía un enigma.
En los setenta estuvo en el Instituto Woodrow Willson de Washington. Fue embajador de México en Francia (1972-1978) cargo al que renuncia en el momento en el que Gustavo Díaz Ordaz es nombrado embajador de México en España. El Ex-Presidente era el asesino del movimiento estudiantil del 68 en Tlatelolco.
En 1984 recibe el Premio Nacional de Ciencias y en 1987 se le otorga el Premio Cervantes.
En 1994 presenta su novela Diana o la cazadora solitaria, obra de carácter autobiográfico en la que refleja el México de la década de los sesenta.
En 1995 se publicó en España su obra Nuevo tiempo mexicano en la que aborda la revuelta de Chiapas como un llamamiento a las conciencias. En 1997 publica su libro de cuentos La frontera de cristal, compuesto por nueve relatos que se relacionan entre sí, y en los que el novelista analiza los encuentros y desencuentros entre Estados Unidos y México. Presenta El espejo enterrado, volumen de ensayos basado en una serie que hizo para la televisión, donde el escritor aborda lo que considera "la biografía de mi cultura".
En 1998, junto a su hijo, publicó Retratos en el tiempo, donde aparecen retratados mediante la imagen y la palabra 25 personajes. A finales de 1998 publicó Los años con Laura Díaz y entrado el año 2000 sacó una recopilación de fragmentos de toda su narrativa en Los cinco soles de México, memoria de un milenio.
BIBLIOGRAFÍA
Los días enmascarados (1954)
La región más transparente (1958)
Las buenas conciencias (1959)
Aura (1962)
La muerte de Artemio Cruz (1962)
Cantar de ciegos (1964)
Zona Sagrada (1967)
Cambio de piel (1967)
Cumpleaños (1969)
La nueva novela hispanoamericana (1969)
El mundo de José Luis Cuevas (1969)
Todos los gatos son pardos (1970)
El tuerto es rey (1970)
Casa con dos puertas (1970)
Tiempo mexicano (1971)
Los reinos originario teatro hispano-mexicano (1971)
Cuerpos y ofrendas (1972)
Terra Nostra (1975)
Cervantes o la crítica de la lectura (1976)
La cabeza de la hidra (1978)
Una familia lejana (1980)
Agua quemada (1981)
Orquídeas a la luz de la luna (1982)
Gringo Viejo (1985)
Cristóbal Nonato (1987)
Constancia y otras novelas para vírgenes (1990)
Valiente mundo nuevo (1990)
La campaña (1990)
Ceremonias del alba (1990)
El espejo enterrado (1992)
El naranjo o los círculos del tiempo (1993)
Nuevo tiempo mexicano
Diana o la Cazadora Solitaria (1996)
La frontera de Cristal (1997)
El espejo enterrado (1997)
Retratos en el tiempo (1998)
Laura Díaz (1990)
Los cinco soles de México, memoria de un milenio (2000).
Algunos Premios
Biblioteca Breve (1967)
Rómulo Gallegos (1977)
Premio Nacional de Ciencias (1984)
Cervantes (1987)
Príncipe de Asturias (1994)
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11 de noviembre de 2008
Pasatiempo del mar...

Castor et Polux: Cástor y Pólux
la certeza del cisne
procreó el estrecho
vínculo de dos caras
del mismo orden:
la inmortalidad
y el morir sabio
el corpus de Cástor
fue sentenciado por
la lanza de Idas
y Pólux en su arrogancia
formó parte de la noche
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29 de octubre de 2008
Pasatiempo del mar...

Soneto a Montevideo
Luis Carlos Llamas
"Estoy convencido de que en un principio Dios hizo un mundo distinto para cada hombre,y que es en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir."
Óscar Wilde
Para Jorge Larios, quien disfrutó junto conmigo el viento de Montevideo.
1.Una vez, Montevideo
—¿Y cómo lo vamos a matar? —preguntó Alfonsito Marín mientras se bebía el resto de la cerveza de un sólo trago.
—Tengo un plan —siguió Homerito Bustamante, alias el Guayo, apodo derivado de Uruguayo.
—Pero de una vez te digo pinche Guayo, si todo sale mal, el que se va a cagar eres tú.
—No te preocupes Poncho, ese cabrón, sea como sea, tiene que estar muerto. Y entonces, tú y yo festejaremos con unos tequilitas.
—La que me lleva... y yo en tus pendejadas.
Ambos rieron. El Guayo midió la distancia de la bola negra a la azul con número seis; y al tirar, ésta salió de la mesa de billar.
—¡Mierda!
Porque así era la vida del Guayo, pura mierda con el plan que tenía en manos desde hacía años. Desde que vivía con su tía Claudia cerca de la playa Pocitos, por la calle Juan Benito Blanco, en su natal Montevideo. Ay Guayo, qué razón tiene tu amigo al tener miedo de un plan macabro qué ni idea tienes de las consecuencias. Sólo matarlo. Pero, claro, el rencor puede más ¿o no? si por eso estamos en esta vida, para hacer todos los pecados. Bien lo decía el padre Anselmo, aquel viejo que apenas podía caminar, si los humanos fuéramos como nuestro Señor, el mundo sería aburrido. Qué razón tenía el sacerdote, sí, vivimos en medio de envidias, rencores y venganzas; y tú, Homero Bustamante, alias el Guayo, eres parte de esa vida. Y, porque el tiempo es sabio, has llevado el plan estos años, con una fuerza bruta que revuelca tu estómago cada vez que te acuerdas de él. Porque si no fuera por ese hombre, tu querida mamá, ex empleada del Correo Central, y tu respetable papá, un abogado litigante, no estuvieran a tres metros bajo tierra, ¡pero así es el destino, Guayo! Así es cuando a uno le toca, y eso todavía no lo comprendes. A ver, dime, qué ganas con darle en la madre a ese cabrón, dime...
¿Cuál es el plan, muchacho?
Hay varios, meterle un plomazo en la frente, o bonito se vería un tiro de gracia. Envenenarlo, pasarle el carro en cima cuando cruce la calle. Eso tú lo sabes, ¡ah! pero antes de actuar, antes de hacer lo que tienes que hacer, le dirás quién eres, dirás que eres hijo de los Bustamante. Después, como es obvio, les escupirás en la cara, porque se lo merece, y para finalizar, al momento en que aprietes el gatillo, cerrarás los ojos y verás a tu madre sentada en la mecedora, tejiendo un suéter para otoño, como siempre lo hacía; con aquella sonrisa que tanto te gustaba, que te hacia sentir que nada pasaba. Luego, porque todo pasa en segundos, verás a tu padre, con el periódico en mano, carraspeando después del trago de café. Te llegará otra imagen, los verás juntitos, igualitos a como estaban en el cuadro de la sala. Tu madre sentada, con un vestido blanco y su cabello sujetado con la horquilla de la abuela, y tu padre parado junto a ella, con el traje del abuelo que había comprado en París en los años cincuenta.
Jalarás el gatillo y gritarás: ¡Vete al infierno Pedro Montalvo!
La bala irá lento, muy lento, porque una muerte lenta es más espectacular, más de emoción, más de agonía (sí, de qué sirven tantos años alimentado el rencor, ideando cada escena de la venganza, ¿para qué sirven? Si en cuestión de minutos, el hombre, ya no estará en esta vida, todo quedará en el pasado) por eso será muy lenta. La bala llegará a la frente y entrará despacio, abriendo con cuidado la piel, penetrará por el cráneo y, por supuesto, salpicará de sangre. Los ojos de Pedro Montalvo quedarán abiertos, tan abiertos que hasta tu sombra tendrá miedo. Estarán viendo al cielo. Primero verá las nubes, luego la vista se manchará de rojo y terminará en un oscuro terrible.
¿Hay otro plan Guayo?
El consuelo de reivindicar lo que te quitaron. La pura venganza. El bienestar de tu corazón. Y la tranquilidad de saber que todo acabó. Porque así sería, todo acabaría en ese momento, quedarte con un buen sabor de boca, hacer justicia a tus progenitores. Pero eso sí, mantendrás en tu cabeza la imagen de Pedro Montalvo en el suelo, rodeado de sangre, porque eso sí lo vale. ¡Y lo vale muy bien!
Luego, porque cuando pasan estas cosas, pensarás en el pasado, cuando, en tu niñez, entraron a tu casita. Tu madre te dijo que te quería mucho, nunca imaginaste que esas palabras fueron las últimas que escuchaste de ella. Te encerró en el armario y hubo un silencio. Tu cara se cubría de sudor y tus piernas, al igual que tus manos, temblaban. En eso, por la rejita de la puerta del clóset, viste sombras, y una de ellas alzó un rifle, que manchó de sangre el piso, y cuando pasó todo, saliste muy despacio, y te diste cuenta que esa sangre que pintaba de rojo el suelo era la de tus padres. Cerraste las manos en puño, e investigaste quién había sido ese cabrón, hasta que diste con su nombre (amigos anónimos de tus padres te lo dieron), cuando, por fin, conseguiste una escuadra, lo buscaste por todo Uruguay, hasta que supiste, gracias a tu buena suerte, que el asesino se había fugado a México. Juraste, porque luego el orgullo viene, en que saldarías cuantas, porque así es el destino. Y sabías muy bien, que un día, corto o lejano, lo tendrías frente a ti.
De todas maneras ya tenías el camino directito al infierno. Sí, recordaste cuando le diste una “ayudadita” a tu abuelo. ¿Cuántos años tenías? ¿Siete? Tu tía Claudia puso al viejo en la silla de ruedas junto a las escaleras, como le hacía siempre cuando tenía cita con el doctor. Después iba por don Prudencio, el mecánico de la esquina, para que le ayudara a bajarlo, pues claro, aquel chalán le echaba los perros a tu tía, por eso hacía el favor ¿a ver, quién da paso sin huarache? Nadie. Ese día por fin lo decidiste: le quitaste el freno a las dos llantas, cerraste los ojos, y lo empujaste por las escaleras, no sin antes recordar las porquerías que ese viejo, que iba rodando en cada escalón, te hizo. ¿Se hizo justicia? Sólo Dios o el diablo saben, o tu conciencia en todo caso. Justicia era para ti en esos momentos, que tu abuelo te chingara parte de tu niñez. No te pesó que el anciano terminara en el suelo ya muerto, ¡no! Pues a él no le pesó que mucho tiempo, cuando tus padres te dejaban de encargo con tu tía Claudia, se sacara el falo pachichi, te lo enseñara, y todavía, con la lujuria brotándole de la boca, con palabras sucias, te pidiera que lo masajearas. Y ya amenazado, no quedaba de otra, terminabas por cerrar los ojos y tocar aquel pellejo aguado rodeado de pelos. Y en ese momento te quedaste sin abuelos. Los maternos habían muerto en un accidente, y los paternos: tu abuela sufrió un infarto que la mandó directito a la tumba, y tu abuelo, a ése tú lo enterraste.
Pero volvamos a la realidad. El Guayo había llegado a México por medio de paquetería, sí, llegó por paquetería al país. Comenzó cuando conoció a Basilia Montes, en la parroquia del barrio; fue, digamos que un milagro, pues la virgen lloraba sangre, al menos eso decía le gente. Y hay va Homerito de chismoso y, en efecto, vio, con sus propios ojos, como emanaba sangre la imagen. Se puso blanco, se persignó y terminó por hincarse. La gente oraba y seguía orando; el padre Anselmo, consternado, estaba por escribir una carta al Vaticano para que vinieran de allá e investigaran el milagro, o, el posible mensaje que la imagen, daba a sus feligreses. Y Homero abrió los ojos para apreciar más a la Inmaculada bañada en sangre y al voltear ahí vio, como otra virgen, una mujer que se acercaba a tocar un poco de la imagen para después persignarse; y la siguió viendo, y no paraba de verla. Y la muchacha lo vio, y como detenidos en el tiempo, sin importar el brote de sangre de la imagen, ni el berreo de la gente, ni las ancianas con los brazos al cielo pidiendo clemencia, ni los vendedores que ya estaban en el interior de la capilla, ni le importó, tampoco, las suplicas del padre Anselmo. A Homerito se le cumplió el milagro con esa chamaca. Primero se acercaron, temerosos, eso sí, después ella extendió su mano y él, también. Se tocaron. Se vieron a los ojos y luego, un grito se escuchó por toda la capilla, habían descubierto el meollo del milagro: una gotera que salía de una grieta en el techo, y como la construcción era de ladrillo, caía el agua media rojiza, porque así, a veces, pasan las cosas. Y pues no queda de otra que entenderlas como vienen. Creer y creer porque así habían enseñado a Homerito, a creer sin preguntar, a no dudar de los milagros. Pero ahora ya no sabía qué pensar. La gotera caía muy lenta del techo directito al rostro de la Inmaculada, para ser más específico, a los cachetes de la imagen. Luego resbalaba muy lento hasta caer al suelo y estallar en mil gotitas. Pero la gente tenía que creer en el milagro, porque así tenía que ser y punto. Pero el milagro ya no le importaba a Homerito, no, ahora le importaba aquella mujer frente a él, aquella fémina con las mejillas pintadas de colorete y pestañas enchinadas con la cuchara. Un vestido ampón, de esos de quince años, pero que llegaba a la rodillas, y su cabello sujetado con una cinta roja, tan roja que encandilaba cada vez que le pegaba el sol. Basilia, se escuchó, con voz suave, el nombre de ella en el eco de la capilla. Y luego el de él, no sin antes carraspear de nervios. Salieron juntos (ya no les importaba el milagro) y se dirigieron a tomarse un cafecito. Hablaron de muchas cosas, y así siguieron en los demás días. Homerito con el corazón en la mano, justo para entregárselo a la niña Basilia, que por dentro se desvanecía por el Guayo. Y como dicen que en la mirada dice más que mil palabras, había tardes en que no hablaban nada. Y hay van los tórtolos por doquier, por las calles de la ciudad derramando miel. Y el milagro ya no era milagro, habían sanado la gotera y, como era de esperarse, las ancianas con las manos al cielo pidiendo clemencia, remataban que la virgencita había dejado de llorar por culpa de los maricones que andan por ahí, besándose y paseándose en delante de la gente con valores. Por culpa de ellos, gritaban, el cielo se va oscurecer y vendrá el Apocalipsis. Y los dos, caminando por los atardeceres, sin que les importara nada. Ni siquiera que el milagro había acabado. Y luego pasó lo que pasó. Lo que el Guayo a través de los años ha llevado en su corazón. Un dieciséis de octubre, en plena primavera en aquel país, se despidió de Basilia. Qué pena tan grande, Señor. Sentiste, por primera vez, como un rayo atravesaba tu garganta y tu corazón. Qué pena tan grande, Señor. No se puede comparar. Y tus lágrimas resbalaban en su cause ya surcado. Qué pena tan grande, Señor. Esa noche entraste por la ventana a la habitación de Basilia. Ella, con sus ojos cristalizados, te vio como la primera vez que te tocó tus ojos con los suyos. Quiso abrazarte pero de contuvo, pues sería lastimarte. Y así fue, hicieron el amor, se vieron toda la noche; Homerito, nostálgico, pasaba su índice por cada línea del cuerpo de Basilia, luego la dibujaba en el viento, y así, a donde fuera, la podría dibujar en el mismo viento para no olvidarse de ella. Pero el joven no quería irse, no. Pero tenía que hacerlo. Y él, con los ojos llenos de lágrimas veía una y otra vez a su Basilia, porque no sabía cuándo estaría, de nuevo, frente a ella. ¡Ay Homerito!, separarte de la persona que más amabas, eso sí que es de sufrir, primero tus padres, y, qué desgracia, sigue tu novia, así es el destino de cabrón, porque la cosas pasan y pasan por algo. Qué pena tan grande, Señor. Por la mañana, se despidió de la tía Claudia, en la mano, sostenía con fuerza la dirección de Regina, su tía que no conocía, pero que era hermana de su madre. Con llanto en los ojos y usurpó a un trabajador de la empresa de paquetería. Así fue como llegó a México, donde el otoño estaba por comenzar.
¿Y cómo conoció el Guayo a Alfonsito? Todo empezó cuando Camila Aguilar se presentó en el billar. Hermosa la niña, bueno, la mujercita, pues ya estaba en edad de merecer. De hecho, ya tenía un pasado bien puesto, de esos pasados donde varios chamacos la hicieron feliz, muy, pero muy feliz. Y la mamá todavía preocupándose porque no estuviera la muchacha sola con un hombre. Sí, porque esas son las buenas costumbres, y ella, como debe de ser, una muchacha de buena familia, bien portada, no debía estar sola con ningún galán. Cuando iba al cine con su prospecto, pues, en efecto, tenía que ir de chaperón Danielito. Pero la chamaca era más lista que la madre: le compraba el boleto al hermanito para la función infantil, pues él quería ver “Heidi: la niña de la pradera”. Y ella, lógico, con aquella emoción que encendía su garganta y hacía palpitar, también, sus partes íntimas. Sudaba y aquella “cosita” gritaba que necesitaba ser tocada. Y van los dos, sin el chaperón, a una película de Ingmar Bergman, de ésas que no entra nadie. Y pues, allí, en la última fila, Camilita Aguilar llevaba a fondo sus buenas costumbres, y el chaperón feliz, comprado por el prospecto, y ella, y ella, qué digo, mucho más feliz, con aquella sonrisota que duraba toda la cena. Y la mamá siempre pensativa cuando hijita volvía del cine, pero eso sí, no quitaba la idea, de que su hija debía entrar vestida de blanco a la iglesia, con su orgullo en alto y su virginidad intocable. ¡Porque así son las buenas costumbres!
Ambos la vieron entrar. Regia, con su falda por arriba, pero muy arriba de las rodillas y una blusa que formaba el tamaño exacto de sus pechos. Su cabello, castaño y chino, lo sujetaba con un prendedor y calzaba unas sandalias de tacón bajito. Primero caminó junto a Alfonsito, y éste se la comió con la mirada, checó hasta las estrías de la pantorrilla. Y luego pasó frente a Homerito, y éste se hizo tonto, pero, ya despechada la muchacha, volvió a pasar frente al Guayo, una y otra vez, y éste seguía montado en su macho. Y Alfonsito, ya celoso, se levantó y se dirigió al Guayo: “no estás viendo que le gustas a la muchacha” dijo enojado, y el Guayo, que tenía, a su corta edad, una larga vida, lo miró y lo retó en el billar, el premio: Camilita Aguilar. Homerito salió borracho abrazado de Alfonsito y de ese momento la amistad creció. Jamás se cobró el premio, y a Camilita no le importó, pues llevó sus buenas costumbres con otro que le echó el ojo. Ay Guayo, el destino te puso a los amigos, tú tan lejos de tu tierra, porque, eso sí, la soledad es cabrona. De ahí empezaron las aventuras con Alfonsito, y luego éste, le presentó a Homerito a Rafa, y de ahí se formó los tres mosqueteros.
—No va a pasar nada, Poncho... es más, hasta le vamos hacer un favor, ¿no crees que su conciencia ya pide paz? —soltó una carcajada.
Alfonsito asintió, pero no dijo nada.
—Mira cabrón —siguió Homerito—; tantos años planeando esto, mira, hasta acento mexicano tengo ya.
Continuará el Capítulo 2...
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pasatiempo del mar...
Crónica de un hombre ausente
Aún no llega... sigo en espera.
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28 de octubre de 2008
donde fuego hubo...

El baile de la Victoria
Antonio Skármeta
Al salir de la cárcel, un imaginativo joven y un famoso ladrón tienen dificultades para rehacer su vida. El dispar dúo decide que la única salida que les queda es dar el Gran Golpe. Pero en la vida de ambos se cruza la joven Victoria, un talento natural para la danza, hermosa y sensible, asediada sin embargo por el desamparo familiar.
En lo personal fue una novela que me costó trabajo leer, y no me refiero al lenguaje que utiliza, no, sino que dos veces estuve atentado a dejarla, pues la trama, sinceramente, no me atrapó del todo. Y el final, bueno, son de ésas novelas que dejan abierto para cualquier especulación, no hay final. Para el Premio Planeta que ganó, realmente no estaba para dicho premio, pero, como en muchos premios, los jueces tienen la última palabra.
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el viento y sus palabras...
Sólo recuerdos, sólo recuerdos de hace años... recuerdos que me llegan, en estos días, a mi memoria...
14 de octubre de 2008
Pasatiempo del mar...
La tregua
La marimba se escuchaba a lo largo del portal, la plática de la gente se mezclaba con la música. La noche en el puerto era fresca, la brisa conquistaba cada peldaño de los viejos edificios. Las luces de la calle se perdían entre las ramas crecientes de los árboles. No era la primera vez que Silvia visitaba el puerto. Le encantaba. Para ella, era la mejor manera de disfrutar el dinero del seguro de su difunto esposo. Su única hija estudiaba en el extranjero y mantenían una buena comunicación. Silvia había cumplido cuarenta y tres años que, como los vinos añejados, la hacían ver más exquisita. Llegó al portal, su vestido blanco con estampados de flores amarillas, rojas y azules, llamaba la atención a las personas disfrutaban de un buen café o una cerveza. Caminó hacía una mesa vacía, puso su bolso en la silla de a lado, lo abrió y sacó una cigarrera, luego tomó asiento y vio como varios hombres la observaban. Encendió un cigarro y pidió café; aventó su largo cabello oscuro hacía atrás y se dispuso a escuchar la música; luego se quedó mirando a un joven que caminaba sobre la acera de enfrente; un hombre con piel morena y brillosa, unas piernas torneadas y unos brazos asoleados. La mujer lo siguió con la mirada, se levantó de su lugar, dejó un billete bajo las servilletas e hizo una señal al mesero. Tomó su bolso, cruzó la calle y le habló al moreno que le llamó la atención. Agitada, Silvia le preguntó al joven sobre un bar cercano (lo primero que se le ocurrió), luego dijo no ser del puerto y que la guiara hasta un centro nocturno.

Caminaron juntos hacía la calle donde se encontraría el bar, Silvia en silencio observaba de reojo los brazos gruesos del joven que vestía un short café y una camiseta blanca, desabrochada dejando ver los vellos del pecho. Preguntaron lo esencial: cómo te llamas, un poco del calor del puerto, después Pablo titubeó antes de preguntar la edad, sabía que para una mujer era un tabú. Cuando estaban frente al bar, Silvia que, sin sentirlo, pues había perdido noción del tiempo, lo invitó a que la acompañara. El joven entró con la mujer. En la primera ronda tomaron un par de cervezas, platicaron del ambiente del puerto.
—Así que eres administrador aduanal —dijo sonriente Silvia, sin importarle los efectos del alcohol en su cabeza— ¿A tu edad ya te encargas de una aduana?
—¿Es importante la edad? En realidad no soy tan chico como me veo —sonrió, luego, sin dejarla de ver, cambió su tono de voz más grave, demostrando madurez—.Además, entre tú y yo no se nota.
Silvia soltó tremenda carcajada, le pareció cumplidor el comentario. Le pareció bien a la capitalina la soltura de la charla con el veracruzano. Después de un rato de brindis y más copas, ambos salieron del bar, caminaron sobre el malecón. Se detuvieron, Silvia se sentó en una banca, cruzó la pierna y sacó de su bolso un cigarro, Pablo hizo lo mismo, tomó un cigarro de la cigarrera de la mujer y, con más confianza, siguieron con la conversación. El joven dijo no estar casado, pues todo su tiempo lo dedicaba al trabajo. Silvia dijo estar viuda, y todo su tiempo lo dedicaba a viajar.
Silvia no trabajaba, aparte de viajar, le gustaba ir con amigas a jugar canasta, mismas que alentaban a Silvia a ser más liberal, más abierta y entablar relaciones. Silvia era recatada, y pensaba que un día pondría en práctica los consejos de sus amigas.
La sonrisa de Pablo provocaba escalofríos en todo el cuerpo de la mujer. Silvia concientemente dejaba a la vista de su compañero su pierna, le empezaba a gustar el coqueteo. El porteño la miraba discretamente, al igual que abría, sin ser tan obvio, su camisa para dejar su pecho velludo a la vista de la mujer. Las miradas ya no eran discretas. Los labios de los dos se juntaron, las manos de ambos acariciaban con desesperación cada parte del cuerpo de los dos. Se dirigieron al hotel.
Los rayos del sol despertaron a Silvia, con trabajos se sentó en el bordo de la cama. Su cabeza punzaba . Sonrió al recordar a Pablo, de inmediato volteó y se percató de que su conquista no estaba; se incorporó y gritó su nombre. Luego, sin éxito, regresó a la cama y, se percató de que en el lugar donde durmió su conquista estaba un papel doblado, lo abrió y sonrió, dijo en voz alta “te veo en los portales en una hora”.

Silvia llegó al portal sola, pensaba mucho en la noche anterior, en cada detalle; cuando vio su reloj ya había pasado la hora de encuentro, la mujer se preocupó un poco, pero a la vez se dijo que una noche bastó para que ese viaje fuera exquisito. Se levantó de su equipal, salió del restaurante para verificar la presencia del joven, pero entró con desilusión.
Pablo al llegar se sentó junto a ella y justificó su tardanza; Silvia sonrió y no le dio importancia.
Por la mañana la pareja visitó todas las tiendas de souvenirs circundantes al jardín, se sentaron en una de las bancas sobre el malecón, vieron como los barcos entraban al puerto, fueron a visitar el Fuerte de San Juan de Ulúa, disfrutaron cada momento.
La tarde se presentó cálida, la pareja realizó el mismo itinerario, fueron a los portales, se tomaron unas cervezas, luego se dirigieron a un bar y bailaron sin importar comentario alguno de las personas. Realmente Silvia era muy hermosa, muchos del lugar no la dejaban de ver, pareciera estar con una estrella de cine; un vestido blanco entallado a su esbelta figura, su cabello sujetado con una horquilla y sus movimientos sensuales se convertían en la miel para las avispas. Luego de varias cervezas, terminaron su baile sobre el malecón, bajo la luna y el sonido de las aguas del Golfo.

El último día de Silvia en el puerto fue emotivo, se despidió de Pablo, con un poco de nostalgia, le dio su número telefónico y dirección para cuando visitara la capital. Éste agradeció con el último beso. Salió del hotel, caminó hacia un sucio callejón cercano y llegó a una puerta de madera. Pablo tocó tres veces, después de diez segundos volvió a tocar, pero esta vez dos veces. Se abrió y el joven entró.
—Una más... —dijo el porteño.
—¿De dónde? —siguió un hombre maduro que vestía un traje de casimir blanco, zapatos negros recién boleados y su cabello bien peinado.
—De la Ciudad de México, ¿sigo con el plan?
—Tengo una cita en este momento Samuel, pero ya que regrese platicamos del asunto.
La marimba se escuchaba a lo largo del portal, la plática de la gente se mezclaba con la música. La noche en el puerto era fresca, la brisa conquistaba cada peldaño de los viejos edificios. Las luces de la calle se perdían entre las ramas crecientes de los árboles. No era la primera vez que Silvia visitaba el puerto. Le encantaba. Para ella, era la mejor manera de disfrutar el dinero del seguro de su difunto esposo. Su única hija estudiaba en el extranjero y mantenían una buena comunicación. Silvia había cumplido cuarenta y tres años que, como los vinos añejados, la hacían ver más exquisita. Llegó al portal, su vestido blanco con estampados de flores amarillas, rojas y azules, llamaba la atención a las personas disfrutaban de un buen café o una cerveza. Caminó hacía una mesa vacía, puso su bolso en la silla de a lado, lo abrió y sacó una cigarrera, luego tomó asiento y vio como varios hombres la observaban. Encendió un cigarro y pidió café; aventó su largo cabello oscuro hacía atrás y se dispuso a escuchar la música; luego se quedó mirando a un joven que caminaba sobre la acera de enfrente; un hombre con piel morena y brillosa, unas piernas torneadas y unos brazos asoleados. La mujer lo siguió con la mirada, se levantó de su lugar, dejó un billete bajo las servilletas e hizo una señal al mesero. Tomó su bolso, cruzó la calle y le habló al moreno que le llamó la atención. Agitada, Silvia le preguntó al joven sobre un bar cercano (lo primero que se le ocurrió), luego dijo no ser del puerto y que la guiara hasta un centro nocturno.

Caminaron juntos hacía la calle donde se encontraría el bar, Silvia en silencio observaba de reojo los brazos gruesos del joven que vestía un short café y una camiseta blanca, desabrochada dejando ver los vellos del pecho. Preguntaron lo esencial: cómo te llamas, un poco del calor del puerto, después Pablo titubeó antes de preguntar la edad, sabía que para una mujer era un tabú. Cuando estaban frente al bar, Silvia que, sin sentirlo, pues había perdido noción del tiempo, lo invitó a que la acompañara. El joven entró con la mujer. En la primera ronda tomaron un par de cervezas, platicaron del ambiente del puerto.
—Así que eres administrador aduanal —dijo sonriente Silvia, sin importarle los efectos del alcohol en su cabeza— ¿A tu edad ya te encargas de una aduana?
—¿Es importante la edad? En realidad no soy tan chico como me veo —sonrió, luego, sin dejarla de ver, cambió su tono de voz más grave, demostrando madurez—.Además, entre tú y yo no se nota.
Silvia soltó tremenda carcajada, le pareció cumplidor el comentario. Le pareció bien a la capitalina la soltura de la charla con el veracruzano. Después de un rato de brindis y más copas, ambos salieron del bar, caminaron sobre el malecón. Se detuvieron, Silvia se sentó en una banca, cruzó la pierna y sacó de su bolso un cigarro, Pablo hizo lo mismo, tomó un cigarro de la cigarrera de la mujer y, con más confianza, siguieron con la conversación. El joven dijo no estar casado, pues todo su tiempo lo dedicaba al trabajo. Silvia dijo estar viuda, y todo su tiempo lo dedicaba a viajar.
Silvia no trabajaba, aparte de viajar, le gustaba ir con amigas a jugar canasta, mismas que alentaban a Silvia a ser más liberal, más abierta y entablar relaciones. Silvia era recatada, y pensaba que un día pondría en práctica los consejos de sus amigas.
La sonrisa de Pablo provocaba escalofríos en todo el cuerpo de la mujer. Silvia concientemente dejaba a la vista de su compañero su pierna, le empezaba a gustar el coqueteo. El porteño la miraba discretamente, al igual que abría, sin ser tan obvio, su camisa para dejar su pecho velludo a la vista de la mujer. Las miradas ya no eran discretas. Los labios de los dos se juntaron, las manos de ambos acariciaban con desesperación cada parte del cuerpo de los dos. Se dirigieron al hotel.
Los rayos del sol despertaron a Silvia, con trabajos se sentó en el bordo de la cama. Su cabeza punzaba . Sonrió al recordar a Pablo, de inmediato volteó y se percató de que su conquista no estaba; se incorporó y gritó su nombre. Luego, sin éxito, regresó a la cama y, se percató de que en el lugar donde durmió su conquista estaba un papel doblado, lo abrió y sonrió, dijo en voz alta “te veo en los portales en una hora”.

Silvia llegó al portal sola, pensaba mucho en la noche anterior, en cada detalle; cuando vio su reloj ya había pasado la hora de encuentro, la mujer se preocupó un poco, pero a la vez se dijo que una noche bastó para que ese viaje fuera exquisito. Se levantó de su equipal, salió del restaurante para verificar la presencia del joven, pero entró con desilusión.
Pablo al llegar se sentó junto a ella y justificó su tardanza; Silvia sonrió y no le dio importancia.
Por la mañana la pareja visitó todas las tiendas de souvenirs circundantes al jardín, se sentaron en una de las bancas sobre el malecón, vieron como los barcos entraban al puerto, fueron a visitar el Fuerte de San Juan de Ulúa, disfrutaron cada momento.
La tarde se presentó cálida, la pareja realizó el mismo itinerario, fueron a los portales, se tomaron unas cervezas, luego se dirigieron a un bar y bailaron sin importar comentario alguno de las personas. Realmente Silvia era muy hermosa, muchos del lugar no la dejaban de ver, pareciera estar con una estrella de cine; un vestido blanco entallado a su esbelta figura, su cabello sujetado con una horquilla y sus movimientos sensuales se convertían en la miel para las avispas. Luego de varias cervezas, terminaron su baile sobre el malecón, bajo la luna y el sonido de las aguas del Golfo.

El último día de Silvia en el puerto fue emotivo, se despidió de Pablo, con un poco de nostalgia, le dio su número telefónico y dirección para cuando visitara la capital. Éste agradeció con el último beso. Salió del hotel, caminó hacia un sucio callejón cercano y llegó a una puerta de madera. Pablo tocó tres veces, después de diez segundos volvió a tocar, pero esta vez dos veces. Se abrió y el joven entró.
—Una más... —dijo el porteño.
—¿De dónde? —siguió un hombre maduro que vestía un traje de casimir blanco, zapatos negros recién boleados y su cabello bien peinado.
—De la Ciudad de México, ¿sigo con el plan?
—Tengo una cita en este momento Samuel, pero ya que regrese platicamos del asunto.
13 de octubre de 2008
huellas en la arena...
RODRIGO FRESÁN
BIOGRAFÍA
Rodrigo Fresán nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963.
Ha ejercido el periodismo en numerosos medios, escribiendo sobre gastronomía, música, crítica literaria y cine.
Su primer libro, Historia Argentina, permaneció durante seis meses en la lista de best-sellers, fue elegido por la crítica como la revelación narrativa de 1991, y publicado –en versión corregida y aumentada– en España (Anagrama) y Francia (L'Harmattan). Varios cuentos de ese libro aparecieron en diversas antologías en la Argentina, España, Inglaterra, México y Venezuela. La velocidad de las cosas fue una de las mejor novelas argentinas publicadas en 1998.

Su última novela es 'Jardines de Kensington' ha cosechado encendidos elogios. En esta novela Fresán asume la voz de Peter Hook, un autor de literatura infantil obsesionado por la vida y opiniones del creador de 'Peter Pan', James Matthew Barrie, y que intenta reconstruir su vida.
La obra de Fresán ya lo ha consolidado como uno de los mejores escritores argentinos en activo.
Actualmente reside en Barcelona.
BIBLIOGRAFÍA
Historia argentina. Planeta, 1991.
Vidas de santos. Planeta, 1993.
Trabajos manuales. Planeta, 1994.
Esperanto. Tusquets, 1995.
La velocidad de las cosas, Tusquets, 1998.
Apuntes para una teoría del lector
Mantra. Mondadori,2001
Jardines de Kengsington. Mondadori, 2004
BIOGRAFÍA
Rodrigo Fresán nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963.
Ha ejercido el periodismo en numerosos medios, escribiendo sobre gastronomía, música, crítica literaria y cine.
Su primer libro, Historia Argentina, permaneció durante seis meses en la lista de best-sellers, fue elegido por la crítica como la revelación narrativa de 1991, y publicado –en versión corregida y aumentada– en España (Anagrama) y Francia (L'Harmattan). Varios cuentos de ese libro aparecieron en diversas antologías en la Argentina, España, Inglaterra, México y Venezuela. La velocidad de las cosas fue una de las mejor novelas argentinas publicadas en 1998.

Su última novela es 'Jardines de Kensington' ha cosechado encendidos elogios. En esta novela Fresán asume la voz de Peter Hook, un autor de literatura infantil obsesionado por la vida y opiniones del creador de 'Peter Pan', James Matthew Barrie, y que intenta reconstruir su vida.
La obra de Fresán ya lo ha consolidado como uno de los mejores escritores argentinos en activo.
Actualmente reside en Barcelona.
BIBLIOGRAFÍA
Historia argentina. Planeta, 1991.
Vidas de santos. Planeta, 1993.
Trabajos manuales. Planeta, 1994.
Esperanto. Tusquets, 1995.
La velocidad de las cosas, Tusquets, 1998.
Apuntes para una teoría del lector
Mantra. Mondadori,2001
Jardines de Kengsington. Mondadori, 2004
24 de septiembre de 2008
donde fuego hubo...
huellas en la arena...

SOLEDAD PUÉRTOLAS
BIOGRAFÍA
Soledad Puértolas Villanueva nació en Zaragoza el 3 de noviembre de 1947. Se trasladó a Madrid con su familia cuando tenía catorce años. Comenzó Políticas en Madrid, pero por problemas políticos no pudo continuar los estudios. Estudió Periodismo en la Escuela de la Iglesia y fue redactora de la revista España Económica de 1968 a 1970. En esa misma época se vio obligada a abandonar la carrera de Ciencias Políticas por un expediente.
Se casó a los 21 años. El matrimonio se trasladó, a Rondheim, una pequeña ciudad en Noruega. Tras su vuelta a España, con otra beca de su marido, se trasladan a Santa Bárbara, California, donde obtiene un M.A. en Lengua y Literatura Española y Portuguesa por la Universidad de California. Allí nace su primer hijo.
Regresó a Madrid en 1975 y se dedicó a la escritura, fue asesora del Ministerio de Cultura -con Javier Solana como titular- y coordinó el Área de Lengua Castellana para la Difusión del Español en el mundo.
Dirigió la editorial Destino y a partir de 1980 empezó a ser conocida como escritora.
Colabora con la revista Que leer y ha participado en diversos cursos, ciclos, jornadas literarias.
BIBLIOGRAFÍA
-El Madrid de "La lucha por la vida". Madrid: Helios, 1971. Ensayo.
-El recorrido de los animales. Madrid: Júcar, 1975. Cuento.
-El bandido doblemente armado. Madrid: Legasa, 1980.
-Una enfermedad moral. Madrid: Trieste, 1982. Cuentos.
-A través de las ondas. Cuento. En: Doce relatos de mujeres. Navajo, Ymelda (ed.) . Madrid: Alianza, 1982, pp. 165-177. Cuentos.
-Burdeos. Barcelona: Anagrama, 1986. Novela.
-La sombra de una noche. Madrid: Anaya, 1986. Cuento.
-Todos mienten. Barcelona: Anagrama, 1988. Novela.
-Queda la noche. Barcelona: Planeta, 1989. Novela.
-Días del Arenal. Barcelona: Planeta, 1992. Novela.
-La corriente del golfo. Barcelona: Anagrama, 1993. Cuentos.
-La vida oculta. Barcelona: Anagrama, 1993. Ensayo.
-Si al atardecer llegara el mensajero. Barcelona: Anagrama, 1995. Novela.
-La vida se mueve. Madrid: El País-Aguilar, 1995. Artículos.
-Recuerdos de otra persona. Barcelona: Anagrama, 1996. Biografía.
-La hija predilecta. Cuento. En: Madres e hijas. Freixas, Laura (ed.) . Barcelona: Anagrama, 1996. Cuentos.
-Una vida inesperada. Barcelona: Anagrama, 1997. Novela.
-Rosa Chacel. Ensayo. En: Retratos literarios. Freixas, Laura (ed.) . Madrid: Espasa Calpé, 1997, pp. 181-182. Ensayo.
-Gente que vino a mi boda. Barcelona: Anagrama, 1998. Cuentos.
-El cuarto secreto. Cuento. En: Relatos para un fin de milenio. Barcelona: Plaza y Janés, 1998, pp. 15-26
-El inventor del tetrabrik. Cuento. En: Vidas de mujer. Monmany, Mercedes (ed.) . Madrid: Alianza, 1998, pp. 131-143. Cuentos.
-La señora Berg. Barcelona: Anagrama, 1999. Novela.
-La rosa de plata. Madrid: Espasa Calpé, 1999. Novela.
-Un poeta en la piscina. Cuento. En: Cuentos solidarios. Madrid: ONCE, 1999, pp. 13-15. Cuentos.
-La carta desde el refugio. Cuento. En: Mujeres al alba. Madrid: Alfaguara, 1999, pp. 133-136. Cuentos.
-Adiós a las novias. Barcelona: Anagrama, 2000. Cuentos.
-Con mi madre. Barcelona: Anagrama, 2001
Pisando jardines. Cuento. En: Orosia. Jaca: Pirineum Multimedia, 2002, pp. 159-164. Cuentos.
Pasatiempo del mar...

MÁS QUE LENTO
Ya se alivia el alma mía
trémula y amarilla;
ya recibe la unción apasionada
de tu mano... Y la fría
rigidez de mi frente
dulcemente entibiada
ya se siente...
Yo no sé si mi mal indefinido
se decolora o se desviste,
pero ya no hace ruido.
Yo no sé si la luz que todo anega,
o el latido leal que te apresura
en mis sienes, o el ansia prematura,
inunda las pupilas y las ciega.
Qué conmovida está mi boca,
e inconforme.
Y distinto mi cuerpo
a la distinta llama de tu sangre.
Y mi sed ulterior acaso es poca.
Siento una languidez, y un desvaído
cansancio, casi de relato
pueril... Me siento como
en el claroscuro envejecido
de un melancólico retrato…
Xavier Villarrutia
27 de agosto de 2008
huellas en la arena...

Roberto Bolaño
BIOGRAFÍA
Escritor nacido en Santiago de Chile, Bolaño ha llevado una existencia trashumante. A los 15 años estaba viviendo en México, donde comenzó a trabajar como periodista. En el 73 regresó a su país y pudo presenciar el golpe militar. Se alistó en la resistencia y terminó preso. Unos amigos detectives de la adolescencia lo reconocieron y lograron que a los ocho días abandonase la cárcel. Se fue a El Salvador: conoció al poeta Roque Dalton y a sus asesinos. En el 77 se instaló en España, donde ejerció (también en Francia y otros países) una diversidad de oficios: lavaplatos, camarero, vigilante nocturno, basurero, descargador de barcos, vendimiador. Hasta que, en los 80, pudo sustentarse ganando concursos literarios.
A Roberto Bolaño el reconocimiento le llegó tarde, pero seguro. Apenas hace ocho años que ppodía vivir de la literatura, ya que antes se dedicó a ejercer todo tipo de profesiones para sobrevivir, pero ahora parece haberse instalado definitivamente en el a menudo poco lucrativo oficio de escribir. Aunque su pasaporte lo califique de chileno, lo cierto es que Bolaño ha vivido en cualquier parte menos en Chile: Estados Unidos, México y finalmente España han sido sus residencias. A Barcelona llegó también a causa del azar, ya que se disponía a ir a trabajar a Suecia, pero la enfermedad de su madre, residente en España, hizo que fuera al país a visitarla y cuidarla. Barcelona le sedujo entonces, con su atmósfera de liberación política y sexual, y se enamoró de ella. Y en ella aprendió muchas cosas, como a no vivir rodeado exclusivamente de gente relacionada con la literatura. Actualmente vivía en Blanes, en la Costa Brava.
En 1993 publicó la novela La pista de hielo, y en 1996 La literatura nazi en América, una serie de bibliografías de escritores afines a las ideas de Hitler escritas con todo detalle y totalmente inventadas tomando la idea de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Con ella logró a sus 43 años ser aclamado por la crítica. Después publicó Estrella distante, una novela con la que consolidó la reputación recién adquirida, y el libro de cuentos Llamadas telefónicas, que le consagró como uno de los mejores escritores contemporáneos de Hispanoamérica. Los premios le llegarían poco después, con su siguiente novela Los detectives salvajes, publicada en 1998, que le valió el Premio Herralde, el Premio del Consejo de Chile en 1999 y el Premio Rómulo Gallegos en el mismo año. Este último fue sin duda el de mayor importancia, ya que lo han logrado escritores ilustres como García Márquez o Vargas Llosa y está considerado como el Nobel latinoamericano. Los detectives salvajes, que el editor Jorge Herralde calificó de "thriller wellesiano", está protagonizada por dos hombres embarcados en la búsqueda durante 20 años de una escritora mexicana desaparecida durante la revolución, y contiene rasgos autobiográficos. La novela se desarrolla en multitud de países: Liberia, Israel, Angola, Francia, Estados Unidos, España... y representa a una generación nacida en los años cincuenta a la que une un cierto nomadismo, la entrega a ideales revolucionarios, el deseo de cambiarlo todo y la utopía de la revolución. Posteriormente Bolaño publicaría las novelas Amuleto, en 1999, y Monsieur Pain, en el mismo año, y el poemario Los perros románticos en el 2000. Amuleto es otra aclamada novela; está constituida por el monólogo visionario de Auxilio Lacoture, la madre de todos los poetas de México, y es un homenaje a los estudiantes víctimas de la matanza de la plaza de las Tres Culturas.. Su última obra hasta la fecha es el libro de relatos Putas asesinas, publicado en el 2001.
Con los premios que se le han otorgado se ha reconocido finalmente la gran capacidad de fabular de Bolaño, su agudo y negro sentido del humor y su gran cultura idiomática, fruto de las estancias en varios países de América Latina. Su estilo ha sido descrito como seguro, elegante y desenvuelto, con una estética de lo singular y lo excéntrico y una exploración de vidas y mundos excepcionales. El autor resulta mucho más lacónico al describir sus obras, y por ejemplo habla de Los detectives salvajes como "una novela de aventuras con sexo, drogas y rock & roll". Y es que Bolaño es admirador de los beatniks y fanático de Lou Reed, pero también devoto de Borges y Cortázar, con quienes algunos críticos gustan de compararle. Y su imaginación y sentido del humor quedan reflejados en las frecuentes trampas o bromas literarias que suele hacer en sus libros, como por ejemplo el hecho de hacer aparecer al personaje final de Literatura nazi en América, Ramírez Hoffman, en el libro Estrella distante, pero en esa ocasión con el nombre de Wieder, que en alemán quiere decir "otra vez". Estas triquiñuelas ayudan a Bolaño a sobrellevar las horas de escritura que cualificaba en una entrevista de "solitarias y a menudo aburridas", a la vez que demuestran que él concibe, aunque insiste en que es de manera humilde, el conjunto de su obra en prosa e incluso una parte de su poesía como un todo. Un todo estilístico y argumental, donde los personajes aparecen y desaparecen para dialogar entre sí. Y para enriquecer igualmente las vidas de los lectores.

BIBLIOGRAFIA
-Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, en colaboración con Antoni
García Porta, 1984
-La pista de hielo, Planeta, 1993
-La literatura nazi en América, Seix Barral, 1996
-Estrella Distante, Anagrama, 1996
-Llamadas telefónicas, Anagrama, 1997
-Los detectives salvajes, Anagrama, 1998
-Amuleto, Anagrama, 1999
-Tres, El Acantilado, 2000
-Los Perros Románticos, Lumen, 2000
-Monsieur Pain, Anagrama, 2000
-Nocturno de Chile, Anagrama, 2000
-Putas asesinas, Anagrama, 2001
pasatiempo del mar...
17 de julio de 2008
donde fuego hubo...

Cuando vas a un lugar, hay ciudades que llegaron a ser, desde el momento en que las conociste, significativas por algo; ejemplo, caminando sobre sus calles te acordaste de algo o quisiste compartirlo con alguien. ¿Qué ciudades te han inspirado y cómo?
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JULIO CORTÁZAR
(1914 - 1984)
2004 AÑO INTERNACIONAL JULIO CORTÁZAR
BIOGRAFÍA
Julio Florencio Cortázar nace en Bruselas en 1914. El propio Cortázar relata los primeros años de su vida en una carta enviada desde París en 1963: “Nací en Bruselas en agosto de 1914. Signo astrológico, Virgo; por consiguiente, asténico, tendencias intelectuales, mi planeta es Mercurio y mi color el gris (aunque en realidad me gusta el verde). Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia; a mi padre lo incorporaron a una misión comercial cerca de la legación argentina en Bélgica, y como acababa de casarse se llevo a mi madre a Bruselas. Me tocó, nacer en los días de la ocupación de Bruselas por los alemanes, a comienzos de la primera guerra mundial. Tenía casi cuatro años cuando mi familia pudo volver a la Argentina; hablaba sobre todo francés, y de el me quedo la manera de pronunciar la «r», que nunca pude quitarme. Crecí en Banfield, pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con un gran jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso yo era Adán, en el sentido de que no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados.”
Cursa estudios en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta (cuya atmósfera recreará en el cuento La escuela de noche).En 1932 obtiene el título de Maestro Normal, que lo habilita para ejercer el magisterio. Ese mismo año intenta sin éxito viajar a Europa en un buque de carga, con un grupo de amigos (fracaso que podemos encontrar explicitado en Lugar llamado Kindberg). Ese mismo año, en una librería de Buenos Aires, descubre el libro Opio, de Jean Cocteau, cuya lectura cambia "por completo" su visión de la literatura y le ayuda a descubrir el surrealismo. En 1935 obtiene el título de Profesor Normal en Letras e ingresa en la Facultad de Filosofía y letras. Aprueba el primer año, pero como en su casa "había muy poco dinero y yo quería ayudar a mi madre", abandona los estudios para iniciarse en el profesorado. Dos años después es designado profesor en el Colegio Nacional de una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, Bolívar. Lee infatigablemente y escribe cuentos que no publica.
En 1938 publica su primera colección de poemas, Presencia con el seudónimo de Julio Denis. En julio de 1939 fue trasladado a la Escuela Normal de Chivilcoy.
En 1941, con el seudónimo Julio Denis, publica un artículo sobre Rimbaud en la revista Huella, que junto con la revista Canto fueron importantes vehículos de expresión para los jóvenes escritores. Se traslada a Cuyo, Mendoza, y en su Universidad imparte cursos de Literatura Francesa. Publica su primer cuento, Bruja, en la revista Correo Literario. Participa en manifestaciones de oposición al peronismo. Cuando Juan Domingo Perón gana las elecciones presidenciales presenta su renuncia.
Reúne un primer volumen de cuentos, La otra orilla. Regresa a Buenos Aires, donde comienza a trabajar en la Cámara Argentina del Libro.
En 1946 publica el cuento Casa tomada en la revista Los ananes de Buenos Aires, dirigida por Jorge Luis Borges. Ese mismo año publica un trabajo sobre el poeta inglés John Keats, La urna griega en la poesía de John Keats en la Revista de Estudios Clásicos de la Universidad de Cuyo. Colabora en varias revistas, Realidad, entre otras. Publica un importante trabajo teórico, Teoría del Túnel.
En 1948 obtiene el título de traductor público de inglés y francés, tras cursar en apenas nueve meses estudios que normalmente insumen tres años. El esfuerzo le provoca síntomas neuróticos, uno de los cuales (la búsqueda de cucarachas en la comida) desaparece con la escritura de un cuento, Circe, que junto con Casa Tomada y Bestiario (aparecidos en Los anales de Buenos Aires) será incluído más adelante en Bestiario.
Publica su primer libro de cuentos Bestiario. Obtiene una beca del gobierno francés y viaja a París, con la firme intención de establecerse allí. Comienza a trabajar como escritor en la UNESCO.
En 1953 se casa con Aurora Bernárdez.
En 1959 publica Las armas secretas (Ed, Sudamericana), que incluye el cuento largo El perseguidor. Este cuento supone un sesgo en la narrativa de Cortázar. Allí aborda "un problema de tipo existencial, de tipo humano, que luego se ampliará en Los Premios y sobre todo en Rayuela (Los nuestros, Luis Harss)
En 1961 realiza su primer visita a Cuba, ese mismo año la editorial Fayard publica Los Premios, primera traducción de una obra de Cortázar.
Publica Historias de cronopios y de famas, en la editorial Minotauro, de Buenos Aires y en 1963 aparece Rayuela (Ed. Sudamericana), de la que se vendieron 5.000 ejemplares en el primer año. Ese mismo año participa como jurado en el Premio Casa de las Américas, en La Habana. .
Viaja a Chile, en 1970, invitado a la asunción del gobierno del presidente Salvador Allende. La editorial Sudamericana publica el libro Relatos, en el que se incluye una selección de cuentos de Bestiario, Final del juego, Las armas secretas y Todos los fuegos el fuego.
En abril del 74 participa en una reunión del Tribunal Russell II reunido en Roma para examinar la situación política en América Latina, en particular las violaciones de los derechos humanos. Realiza una visita clandestina a la aldea de Solentiname, en Nicaragua.
En 1981 uno de sus primeros decretos, el gobierno socialista de François Miterrand le otorga la nacionalidad francesa, el 24 de julio.
Entre el 30 de noviembre y el 4 de diciembre de 1983 viaja a Buenos Aires, para visitar a su madre después de la caída de la dictadura y la asunción del gobierno por el presidente Raúl Alfonsín. Las autoridades ignoran su presencia, pero es calurosamente recibido por la gente, que lo reconoce en las calles.
El 12 de febrero Julio Cortázar muere y es enterrado en el cementerio de Montparnasse, en la tumba donde yacía Carol Dunlop, su última esposa.
En 1986 la editorial Alfaguara emprende la publicación de las obras completas de Julio Cortázar, incluso aquella que habían permanecido inéditas hasta su muerte. Con ese propósito crea una colección especial, Biblioteca Cortázar. El diseño de las cubiertas fue confiado a Julio Silva.

BIBLIOGRAFÍA
§ Presencia (bajo el seudónimo "Julio Denis") - 1938
§ Los reyes - 1949
§ Bestiario – 1951
§ Final del juego - 1956
§ Las armas secretas - 1959
§ Los Premios – 1960
§ Historias de cronopios y de famas – 1962
§ Algunos aspectos del cuento - 1962
§ Rayuela - 1963
§ Cuentos - 1964
§ Todos los fuegos el fuego - 1966
§ La vuelta al día en ochenta mundos - 1967
§ El perseguidor y otros cuentos - 1967
§ 62/ Modelo para armar - 1968
§ Buenos Aires, Buenos Aires (con Sara Facio y Alicia D'Amico) - 1968
§ Ceremonias – 1968
§ Último Round - 1969
§ Casa tomada - 1969
§ Viaje alrededor de una mesa - 1970
§ Relatos - 1970
§ Pameos y Meopas - 1971
§ La isla a mediodía y otros relatos - 1971
§ La isla a mediodía: un cuento completo - 1971
§ Prosa del Observatorio - 1972
§ Libro de Manuel – 1973
§ La casilla de los Morelli - 1973
§ Reunión - 1973
§ Octaedro - 1974
§ Los relatos - 1974
§ Fantomas contra los vampiros multinacionales - 1975
§ Silvalandia (en colaboración con Julio Silva ) - 1975
§ Antología – 1975
§ Estrictamente no profesional. Humanario (con Facio y D'Amico)-1976
§ Alguien que anda por ahí y otros relatos - 1977
§ Territorios - 1978
§ Un tal Lucas - 1979
§ Un gotán para Lautrec (Con Hermenegildo Sabat) - 1980
§ Un elogio del tres - 1980
§ La raíz del ombú (en colaboración con Alberto Cedrón) - 1980
§ El perseguidor y otros relatos - 1980
§ Queremos tanto a Glenda - 1980
§ París. Ritmos de una ciudad - 1981
§ Deshoras - 1983
§ Los autonautas de la cosmopista (escrito con Carol Dunlop) - 1983
§ Negro el diez - 1983
§ Nicaragua tan violentamente dulce - 1983
§ Salvo el crepúsculo - 1984
§ Alto el Perú - 1984
§ Nada a Pehuajó y Adiós, Robinson - 1984
§ Publicaciones póstumas:
§ Argentina: años de alambradas culturales - 1984
§ El examen - 1986
§ Divertimento - 1986
§ Cartas desconocidas de Julio Cortázar - 1992
§ Obra crítica 1 - 1994
§ Obra crítica 2 (1941-1963) - 1994
§ Obra crítica 3 (1967-1983) - 1994
§ Diario de Andrés Fava - 1995
§ Adiós, Robinson y otras piezas breves - 1995
§ Imagen de John Keats - 199
§ La otra orilla - 1995
§ Veredas de Buenos Aires y otros poemas - 1995
§ Los venenos y otros textos - 1995
§ Cuentos completos 1 (1945-1966) - 1996
§ Cuentos completos 2 (1969-1982) - 1996
§ El perseguidor y otros textos - 1996
§ Cartas 1, 2 y 3 (1937-1983) - 2000
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pasatiempo del mar...

Sobre la fuente del Amor,
en el país secreto
llueve.
A cada gota
la fuente se desborda,
y a veces mana de la flor de la roca
sangre
como aquella que llevan las ninfas en la boca.
La miel celeste
Verónica Zamora
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24 de junio de 2008
huellas en la arena...

JUAN GOYTISOLO
Juan Goytisolo nació en Barcelona en 1931, en el seno de una familia de la burguesía de origen vasco-catalán. Su madre murió en un bombardeo en la guerra civil española y el padre se posicionó a favor del franquismo. Esta infancia difícil quizás influyó en el nacimiento de la vocación literaria en los tres hermanos varones; Juan, José Agustín y Luis, aunque cada uno de ellos eligió formas distintas y muy personales de creación.
En 1956 Juan se marcha a vivir a París, donde se casará con Monique Lange, a la que había conocido en la editorial Gallimard, de la que será asesor literario. Monique era un gran amiga de Jean Genet, el cual influirá notablemente en Juan Goytisolo.
A pesar de haber nacido en Barcelona, se considera una especie de apátrida, tal como se define él mismo en sus novelas autobiográficas, aunque desde 1996 reside habitualmente en Marrakesh:
"Castellano en Cataluña, afrancesado en España, español en Francia, latino en Norteamérica, nesrani en Marruecos y moro en todas partes, no tardaría en volverme a consecuencia de mi nomadeo y viajes en ese raro espécimen de escritor no reivindicado por nadie, ajeno y reacio a agrupaciones y categorías. El conflicto familiar entre dos culturas fue el primer indicativo, pienso ahora, de un proceso futuro de rupturas y tensiones dinámicas que me pondría extramuros de ideologías, sistemas o entidades abstractas caracterizados siempre por su autosuficiencia y circularidad".
En Coto vedado el escritor va alternando los pasajes de su biografía, por orden cronológico, desde un punto de vista de escritura tradicional, con largos párrafos creativos, donde experimenta con nuevas formas expresivas.
Juan Goytisolo es el escritor más camaleónico, interesante y comprometido con el mundo contemporáneo, de la España actual. Cada novela suya trae una forma nueva de narrar y cuestiona temas como el marxismo (en La saga de los Marx), las guerras civiles en la antigua Yugoslavia (en El sitio de los sitios), la solapada intrusión del Opus Dei (en Carajicomedia, su última novela, acabada de aparecer)…
Pero Juan Goytisolo es, en realidad, internacional. Juan Goytisolo es el emigrante modelo. Por emigrar, ha emigrado de casi todo. Ha emigrado de la patria, de la unisexualidad, de los modos de escribir, y a veces hasta uno tiene la sospecha de que trata infructuosamente de emigrar de la lengua castellana. Goytisolo o sus personajes afirman que la patria es la madre de todos los vicios, que la lengua hay que contaminarla, que lo verdaderamente interesante es el mestizaje.
Juan Goytisolo es uno de los principales escritores en lengua castellana vivos; y muy activo, tal como vemos por sus frecuentes artículos en la prensa (El País) y que ha publicado, en 2001, en Aguilar, Paisajes de guerra sobre Sarajevo, Argelia, Palestina y Chechenia
El escritor, forma parte del Parlamento Internacional de Escritores y es presidente del jurado de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO.
En junio de 2001 fue nombrado miembro honorario de la Unión de Escritores de Marruecos (UEM) "en reconocimiento a sus posturas en favor de Marruecos y de su cultura".
BIBLIOGRAFÍA
El circo
Fiestas (Trilogía El mañana efímero).
La resaca
La guardia ("Un cuento cada mes ")
Para vivir aquí,
La Chanca,
Señas de identidad (Trilogía Álvaro Mendiola
Reivindicación del conde don Julián (Trilogía Álvaro Mendiola
Juan sin Tierra (Trilogía Álvaro Mendiola
Obras completas, 2 vols.,
Makbara
Paisajes después de la batalla, Barcelona
Coto vedado
En los reinos de taifa.
Las virtudes del pájaro solitario
Aproximaciones a Gaudí en Capadocia, Madrid, Mondadori, 1990, 122 pp. (Recopilación). Contiene: " Aproximaciones a Gaudí en Capadocia " ; " Los derviches giróvagos " ; " Fuerte como un turco " ; " La ciudad de los muertos " ; " La ciudad palimpsesto: El discurso políglota, El bosque urbano, Relectura del texto-ciudad, La masa peatonal, Intermedio autocrítico, Pasaje de las flores, El Gran Bazar, La alhama, Las tarjetas postales"; " El culto popular a los santos en el islam magrebí ".
La cuarentena
La saga de los Marx
Cuaderno de Sarajevo
Argelia en el vendaval
El sitio de los sitios.
Paisajes de guerra con Chechenia al fondo
Las semanas del jardín.
Crónicas sarracinas.
Pájaro que ensucia su propio nido
El furgón de cola
Memorias
El mundo después del 11 de septiembre de 2001
Liberación
Estambul Otomano
Telón de boca
El Lucernario. La pasión crítica de Manuel Azaña
Tradición y disidencia
PREMIOS:
1985 premio Europalia.
1993 Nelly Sachs
1994 Premio Mediterráneo extranjero
1995 Premio Rachid Mimumi
2002 Premio Ensayo
2002 Premio Octavio Paz
2004 Última hora: Concesión del PREMIO JUAN RULFO a Juan Goytisolo (28-07-04)
La frase del mes:
El más difícil no es el primer beso, sino el último.
Paul Géraldy
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