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31 de octubre de 2011

escribir...

Escribir poesía, es de lo más difícil. Primero tienes que encontrarte a ti mismo, luego plasmar el sentimiento, y después, sí, después... me he ahogado en mis palabras.

5 de junio de 2011

cuento...

Possessionem
Luis Llamas

1

El sacerdote, de nombre Salvador, enfadado de caminar por el sendero de piedras del pequeño pueblo, se dispuso a preguntar por la dirección correcta de la casa a donde se dirigía. Sudando y con sed, preguntó por su destino a la primera mujer que se le atravesó en aquel solitario día. El rostro de la mujer se desfiguró y palideció, su respiración se exaltó y, en ese instante, comenzó a rezar, sin soltar el crucifijo que mantenía con fuerza en su mano. No dijo nada; sólo se retiró de él. Al sacerdote se le hizo curiosa la actitud de la mujer. Siguió sólo con su maleta con un cambio de ropa y sus herramientas de trabajos: cruz, agua bendita, biblia, etc.
Hacía algunos días, el sacerdote de la comunidad, había mandado una carta en la cual exponía ciertas “cosas raras” en lo que respectaba en una muchacha de apenas dieciseises años. La joven (no mencionaba nombre) había sido tratada por el médico del lugar y por varios chamanes sin encontrar una causa a sus males. La madre lo mandó llamar y él, por sus lecturas, podría decir, con certeza, que se trataba de un caso de posesión. La carta se pasó al consejo episcopal y se nombró a Salvador para que verificara lo expuesto en la misiva. Sólo investigaría las causas y se canalizaría a un hospital psiquiátrico en la ciudad, si era necesario. Salvador quiso apoyar en el caso, pues, en efecto, había realizado algunos cursos en Roma.
La intensión del sacerdote era, primero, analizar a la muchacha, para poder dar el diagnóstico; sin embargo, decidió, mejor, dirigirse primero a la iglesia para que el sacerdote le informara los últimos detalles de la supuesta poseída. Tocó varias veces el portón de ésta. Nadie abrió. Después de unos minutos, volvió a tocar con más fuerza. Una voz junto a él hizo que desistiera del golpe de la puerta. Una mujer entrada en edad le informó que la iglesia no se ha abierto en días. Salvador preguntó por el sacerdote, la mujer contestó que se encontraba en la casa parroquial, atrás del templo. Sin tardar más, Salvador se dirigió a su objetivo. La puerta estaba entreabierta. Entró. Un hedor amargo contaminó las fosas nasales de Salvador. Todo estaba sucio. Se acercó a un crucifico que estaba junto al pequeño comedor y verificó que estaba volteado de cabeza.
—¡Vaya! Alguien prestó atención a la carta —dijo el padre sin dejar de ver a Salvador. Unas ojeras pronunciadas quitaban matiz a los ojos claros del hombre.
—Octavio, me espantaste.
—Ven, siéntate.
Salvador vio a Octavio nervioso, tembloroso, sucio. Observó sus las uñas, sin cortar en días, estaban llenas de mugre. Los dientes del hombre se encontraban amarillentos. Y veía a todas partes, como si alguien lo siguiera o mirara.
—Es fuerte, muy fuerte. Él… él… él…
—¿Él? En la carta se menciona que es una mujer.
—No entiendes, hablo de él, del que está dentro de ella.
—¿Cómo está la situación? —Salvador se dispuso a escuchar todo lo que le dijera Octavio, sin hacer ninguna objeción.
Después de que le explicó algunas situaciones, Salvador indagó más:
—¿Qué otro idioma dices que habla?
—Latín.
—¿Y la muchacha no lo estudió antes?
—Es un pueblo. Si acaso en la escuela sólo dan español, y eso, mal hablado.
—Y dices que una vez escaló la pared.
—Sí, sí, sí… sin nada, así nada más.
—En la carta se menciona que vive sólo con su mamá. ¿Y el papá?
—La abandonó cuando nació.
—¿Y la madre qué hace, o dice, ante esta situación?
—Se suicidó. No pudo aguantar tanto.
—Bien. Me gustaría visitarla.
—Sólo te llevaré a ella. No quiero entrar al infierno otra vez.


2

Octavio dejó a Salvador en la puerta de la casa. Salvador sujetaba con fuerza la maleta donde mantenía sus implementos de trabajo. Se acercó y un escalofrío se apoderó de su cuerpo. Al abrir la puerta, olió el mismo hedor de la casa parroquial. No le tomó importancia. El lugar estaba sucio también. En eso, una voz de niña se escuchó en aquella suciedad.
—Papi, soy yo, María.
El sacerdote se estremeció. No quiso hacerle caso.
—Soy María, tu hija, papi. Mírame… juego con un demonio. Juego a las muñecas.
—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Salvador sin voltearla a ver.
—Papi, recuerdas cómo ardía en la casa.
—¡Qué te calles! Tú no hablas aquí.
Salvador volteó por fin a verla. Ahí estaba parada, con una bata blanca, sucia de excremento. La muchacha, que era una niña todavía, se mantuvo frente a él. Lo vio con ternura, y se acercó a él. Salvador retrocedió de inmediato. Sacó de su maletín una botellita con agua bendita, empezó a rociar a la muchacha. Ésta, comenzó a gritar, una voz aguda, de hombre se escuchó por la casa.
—Potest nec te Deum.
—En el Nombre del Padre, exijo que me des tu nombre.
Ella rió y empezó a escalar por las paredes, como una araña.
—Quieres jugar con tu hija, mírala, tan inocente.
Salvador, no quería escucharla. Hacía años que había perdonado a Dios, por la muerte de su hija de tres años. Él la había visto arder en el fuego cuando una fuga de gas ocasionó el incendio.
La muchacha bajó lentamente y se despojó de la bata. Se mostró ante él desnuda. Salvador no puso atención al cuerpo virginal de ella. Se acercó a él.
—Mírame —dijo con una voz muy delgada, femenina—. Toma este cuerpo. Toma este cuerpo.
Salvador se acercó lentamente a ella. Cuando la tuvo recargada en la pared, le puso un crucifijo en el pecho.
—¡En el nombre de Cristo! ¡Dame tu nombre!
Los ojos de la muchacha cambiaron a negros, y una voz ronca, demoniaca se escuchó:
—No, tú ni tu Dios me harán salir de aquí.
—¡Te ordeno que me des tu nombre!
—¡No, no!
La muchacha agonizaba, las venas del cuello se le marcaban casi a reventar. Salvador, sin dejar de presionar el cuerpo de la niña contra la pared, siguió esforzando la situación para que el demonio le diera su nombre.
—Papi, papi, no me hagas daño —se volvió a escuchar la voz de María.
—No. Perdón hijita, perdóname —por fin Salvador se soltó a llorar.

3

Hacía unas horas que el sol murió en el horizonte. Salvador abrazaba aquel cuerpecito cálido. Sollozaba como un niño.
—Papi, por qué me dejaste aquella tarde. No me hubiera quemado.
—Perdóname, hijita, perdóname. No volverá a pasar.
Silencio.
Silencio.
—Papi, si mueres en este momento, aquí te esperaré y jugaremos como antes…
—¡Tú no eres mi hija! ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ordeno que me des tu nombre!
Salvador corrió por el agua bendita.
—No —se volvió a escuchar la voz gruesa del demonio. La niña empezó a caminar de espaldas, viendo hacia el frente. Sus pies se arrastraban al impulso. Cuando llegó con Salvador, éste la tomó de nuevo en el cuello, y volvió a aclamar el nombre del demonio.
—En el nombre de Cristo, dame tu nombre
Roció el cuerpo, casi mutilado de la joven.
Cuando él le dio su nombre, Salvador aprovechó para exorcizar a la muchacha. Una vez liberada y de que ella vomitó, el ambiente cambió: el olor a hedor se convirtió en un aroma dulce. La muchacha murió.
Salvador salió de la casa con la luz del sol. Caminó sobre las piedras de la calle. En su mente quitaba la idea de su hija, sólo la dejó a la Gloria de Dios.

21 de marzo de 2011

Mario Benedetti

Beatriz, la polución

Dijo el tío Rolando que esta ciudad se está poniendo imbancable de tanta polución que tiene. Yo no dije nada para no quedar como burra pero de toda la frase sólo entendí la palabra ciudad. Después fui al diccionario y busqué la palabra imbancable y no está. El domingo, cuando fui a visitar al abuelo le pregunté qué quería decir imbancable y él se rió y me explicó con buenos modos que quería decir insoportable. Ahí sí comprendí el significado porque Graciela, o sea mi mami, me dice algunas veces, o más bien casi todos los días, por favor Beatriz por favor a veces te pones verdaderamente insoportable. Precisamente ese mismo domingo a la tarde me lo dijo, aunque esta vez repitió tres veces por favor por favor por favor Beatriz a veces te pones verdaderamente insoportable, y yo muy serena, habrás querido decir que estoy imbancable, y a ella le hizo gracia, aunque no demasiada pero me quitó la penitencia y eso fue muy importante. La otra palabra, polución, es bastante más difícil. Esa sí está en el diccionario. Dice, polución: efusión de semen. Qué será efusión y qué será semen. Busqué efusión y dice: derramamiento de un líquido. También me fijé en semen y dice: semilla, simiente, líquido que sirve para la reproducción. O sea que lo que dijo el tío Rolando quiere decir esto: esta ciudad se está poniendo insoportable de tanto derramamiento de semen. Tampoco entendí, así que la primera vez que me encontré con Rosita mi amiga, le dije mi grave problema y todo lo que decía el diccionario. Y ella: tengo la impresión de que semen es una palabra sensual, pero no sé qué quiere decir. Entonces me prometió que lo consultaría con su prima Sandra, porque es mayor y en su escuela dan clase de educación sensual. El jueves vino a verme muy misteriosa, yo la conozco bien cuando tiene un misterio se le arruga la nariz, y como en la casa estaba Graciela, esperó con muchísima paciencia que se fuera a la cocina a preparar las milanesas, para decirme, ya averigüé, semen es una cosa que tienen los hombres grandes, no los niños, y yo, entonces nosotras todavía no tenemos semen, y ella, no seas bruta, ni ahora ni nunca, semen sólo tienen los hombres cuando son viejos como mi padre o tu papi el que está preso, las niñas no tenemos semen ni siquiera cuando seamos abuelas, y yo, qué raro eh, y ella, Sandra dice que todos los niños y las niñas venimos del semen porque este liquido tiene bichitos que se llaman espermatozoides y Sandra estaba contenta porque en la clase había aprendido que espermatozoide se escribe con zeta. Cuando se fue Rosita yo me quedé pensando y me pareció que el tío Rolando quizá había querido decir que la ciudad estaba insoportable de tantos espermatozoides (con zeta) que tenía. Así que fui otra vez a lo del abuelo, porque él siempre me entiende y me ayuda aunque no exageradamente, y cuando le conté lo que había dicho tío Rolando y le pregunté si era cierto que la ciudad estaba poniéndose imbancable porque tenía muchos espermatozoides, al abuelo le vino una risa tan grande que casi se ahoga y tuve que traerle un vaso de agua y se puso bien colorado y a mí me dio miedo de que le diera un patatús y conmigo solita en una situación tan espantosa. Por suerte de a poco se fue calmando y cuando pudo hablar me dijo, entre tos y tos, que lo que tío Rolando había dicho se refería a la contaminación atmosférica. Yo me sentí más bruta todavía, pero enseguida él me explicó que la atmósfera era el aire, y como en esta ciudad hay muchas fábricas y automóviles todo ese humo ensucia el aire o sea la atmósfera y eso es la maldita polución y no el semen que dice el diccionario, y no tendríamos que respirarla pero como si no respiramos igualito nos morimos, no tenemos más remedio que respirar toda esa porquería. Yo le dije al abuelo que ahora sacaba la cuenta que mi papá tenía entonces una ventajita allá donde está preso porque en ese lugar no hay muchas fábricas y tampoco hay muchos automóviles porque los familiares de los presos políticos son pobres y no tienen automóviles. Y el abuelo dijo que sí, que yo tenía mucha razón, y que siempre había que encontrarle el lado bueno a las cosas. Entonces yo le di un beso muy grande y la barba me pinchó más que otras veces y me fui corriendo a buscar a Rosita y como en su casa estaba la mami de ella que se llama Asunción, igualito que la capital de Paraguay, esperamos las dos con mucha paciencia hasta que por fin se fue a regar las plantas y entonces yo muy misteriosa, vas a decirle de mi parte a tu prima Sandra que ella es mucho más burra que vos y que yo, porque ahora sí lo averigüé todo y nosotras no venimos del semen sino de la atmósfera.

5 de diciembre de 2009

pasatiempo del mar...

El regalo azul

—¡Taxiiiiiiiii!
El auto paró, y la mujer subió:
—Por favor, lléveme rápido al centro, necesito comprar un regalo.
—Bien, señora, aunque, con este tráfico vamos a tardar un buen de tiempo.
La mujer echó una majadería, luego, entre disculpándose y no, se mantuvo en silencio, viendo las personas que caminaban sobre la banqueta, con más velocidad que ellos. Volvió a enojarse, pero esta vez ya no dijo nada.
—¡Quiere apurarse, por favor!
—Mire señora —volteó el hombre hacia ella y siguió con tono fuerte—, ya vio que no podemos avanzar, si gusta baje del auto, no le cobro nada y mejor vaya caminando.
La mujer soltó a llorar. El taxista se sintió mal por haberle hablado de esa manera, la vio por el retrovisor y le dijo con voz suave:
—Discúlpeme si la ofendí.
—No, no es usted, es que mi esposo llega por la tardecita y siempre quiere que le tenga un regalo en su cama.
—¡Ah! Pero falta mucho para la tardecita, alcanza a comprarle un buen regalo.
—De haber sabido que adelantó el viaje para hoy, me hubiera levantado más temprano para ya tenerlo en casa. Pero tenía otro día para escogerlo con calma, y no, tuvo que regresarse ahora, y no voy a tener tiempo.
—Pues venga con él a comprarlo, sirve que se van por ahí… Digo, me refiero al cine, o a cenar.
—No señor, el regalo tiene que estar en su habitación antes de que llegue, si no hay regalo… —se detuvo la mujer, creyó ser imprudente con el taxista.
—Bueno, no creo que sea para más.
—Sí señor, porque esta vez no sé qué vaya a pasar, pues hace un par de meses adelantó su viaje y, al momento en que entró a su recámara, por que ya no dormimos juntos, no vio el obsequio junto a la almohada, me gritó y zarandeó. Y hace una hora me recordó, por teléfono, que quería ver algo de su gusto, en una caja azul, con un moño café.
El hombre se quedó en silencio, no supo qué decir. Avanzaron una cuadra más, y vio como la mujer se desesperaba más. Se atrevió a preguntar:
—¿Por qué no lo deja?
—¿Dejarlo? No, nadie se ha divorciado en mi familia, sería lo peor.
—Bueno, ya estamos en una época en que las mujeres ya se valen por sí solas. Ya no se ve mal.
Hubo otro silencio, ya no se habló nada. El hombre escuchaba como la mujer respiraba agitadamente, ya no quiso meterse más en su vida, ella, sólo ella, era la que pasaba por esas cosas. Llegaron al centro.
—¿En qué parte la dejo, señora?
La mujer no contestó. Giró para verla y la encontró con la cabeza recargada en el asiento, viendo hacia la calle.
—¿Señora?
No hubo respuesta.
—¡Señora!
Tampoco hubo respuesta.
—Ay Dios mío.
Se estacionó donde pudo, después de que le pitaron varias veces. Se bajó del auto y abrió la puerta donde se encontraba la mujer.
—¿Señora, le pasa algo?
De nuevo, no hubo respuesta.
—Híjole, ya se me petateó aquí.
El hombre se subió al taxi, manejó hacia la Cruz Roja, pero se mostraba conforme pues el cabrón del esposo, no iba a encontrar la regalo azul con el moño café en su habitación.

11 de diciembre de 2008

Pasatiempo del mar...

Para Elisa

El amor hace pasar
el tiempo; el tiempo
hace pasar el amor.

Proverbio italiano

Bajé del autobús, las personas corrían como desesperadas por los pasillos de la nueva terminal. Había olvidado la fecha, pero sabía que era otoño. Por el olor a feria.
Al tener la maleta en mano, me dirigí a la salida; me sorprendí de todo lo expuesto a mi vista, más gente de la que imaginé recorría el edificio como si ellos lo hubieran construido. Salí. La calle era anchísima, miles de automóviles volaban como meteoritos por la avenida; los chóferes me regateaban el precio de la dirección a la que fuera. Me subí a un taxi sin preocuparme por la regateada. No tenía cabeza para ver mi ciudad, que a través de los años, creció invadiendo los valles que la rodeaban. “¿A dónde?”, preguntó el taxista mientras encendía el auto; le di el nombre de la calle sin despegar mi mirada a la revoltosa terminal de autobuses.
El trayecto se hizo largo, lo que eran haciendas, ahora eran centros de convivencia familiar o clubs como se dice ahora; los caminos de piedra se transformaron en largas avenidas llenas de gente y autos, rodeadas de tiendas, centros nocturnos, parques, iglesias, un sinnúmero de construcciones. Mis ojos cansados no dejaban de admirar la metamorfosis de la ciudad, donde las calles llenas de piedras eran reemplazadas por los calorosos concretos, donde sembradíos eran edificios y escuelas; donde personas cansadas y viejas, no veían la quietud de lo que fue hace muchos años, un pueblo. Por primera vez sentí nostalgia de mi niñez, no imaginaba en qué se había convertido todo lo que me rodeaba, no conocía aquella civilización que subsistía de los campos, de los valles, de los guardianes: los dos volcanes.
Mi tristeza se dejó ver más, cuando la calle M era un centro de prostitución, que se manchaba con meretrices y travestís esperando al mejor postor de la noche.
Mi mente había olvidado aquella calle, la cual recorría con un balón de fútbol, siendo la portería el cruce con R. La luz amarilla palpitaba en el cristal del auto, para dar cambio a la roja, el semáforo tomaba el lugar de los baldes llenos de cal donde el balón chocaba para darnos sustos o alegrías de un gol. De reojo, cercioré que no existía ningún infante con un balón en mano, también había sido reemplazado por una jeringa llena de heroína.

Abandoné el taxi y subí las escaleras del edificio. El olor a orines consumía mis fosas nasales provocándome ascos; mi nostalgia también era reemplazada por la vergüenza: dónde quedó aquella ciudad que dejé, dónde quedaba ese recuerdo. Me di cuenta que ahora sólo existía en mi mente.
Estaba frente a mi viejo departamento, me daba gusto saber que la puerta de éste no había sido reemplazada como todo lo que había sido mío. Toqué, una voz suave respondió al interior, mis nervios hacían sudar mis manos llenas de arrugas, mismas que limpiaba con impaciencia en el pantalón. Mi maleta se reflejaba en mis zapatos recién boleados; esperé unos segundos que fueron eternos, un ruido de llaves se escuchó, luego una chapa se abrió, luego otra, otra y otra, cuatro conté, antes era sólo un palo de madera atravesado. La puerta se abrió, una mujer delgada frente a mí me sonrió, me le quedé viendo, su vestido tinto entallado dejaba apreciar unos torneados pechos, al igual que sus caderas anchas.
—¡Tío Ernesto! Pase, no se quede ahí —expresó con una voz alegre, después del encuentro, me dio un abrazo.
Tomé la maleta y entramos juntos a lo que una vez había sido mi refugio. Todo estaba igual: las cuatro sillas de madera en su lugar, un comedor pudriéndose por el tiempo, y el espejo junto al baño; me acerqué a él, un viejo de ochenta y dos años se reflejó. Los años corrían como la gente en la terminal, por primera vez sentí el tiempo en mi piel, en mi cuerpo, en mi rostro; pude ver con orgullo cada arruga, mis ojos, del color de la miel, se escondían por lo pesado de mis párpados, pero seguía siendo aquel hombre que conquistaba al mundo, seguía teniendo el don de burlar a la muerte.
La última vez que había visto mi reflejo en ese espejo, mi corazón latía como tambor, en la mente pasaban los sueños y metas por realizar. Fui el aventurero que quería comerse el mundo en un bocado, recordé las palabras de mi madre, “No te atragantes, las cosas se disfrutan a su debido tiempo”, pero la imagen frente a mí no era de aquel joven, me había comido los sueños con cuidado.
Acomodé mi corbata, sacudí mi chaleco y volteé a ver a mi sobrina, que me miraba extrañada, sostenía en sus manos dos vasos de vino blanco, me dio uno.
—Eres igual de bella a tu madre —le dije al momento en que me senté frente al balcón.

La luz roja de neón palpitaba desde el bar frente al edificio, se introducía por toda la habitación. Miré el centro nocturno lleno de gente que subía y bajaba por las escaleras resguardadas por un obeso guardia; mi vista se detuvo en el hotel, aun costado, varias prostitutas bailaban sus bolsas de mano en espera de un galán. El tiempo transcurría sin darme cuenta, la tarde había muerto, las luces de múltiples colores desfilaban a lo largo de la calle que se llenaba de vida, de gente, como vampiros en busca de sangre.
—¿Otro vinito, tío? —preguntó mi sobrina interrumpiendo mis observaciones, consumí el licor sin darme cuenta.
—Cómo ha cambiado mi calle. Recuerdo que estos edificios estaban llenos de familias, mira ahora, están llenos de rameras y piojos.
Mi sobrina soltó una carcajada, después mencionó que tenía que irse, dejó una lista de teléfonos de emergencia pegada al refrigerador, me dio un beso de despedida que disfruté mucho, como un caramelo.
Sonia, era hija de mi hermana que había muerto hacía ocho años; un descuido la llevó a la tumba, resbaló por las escaleras. Ese año había sido horrible para todos, mi hermana fallece y yo, soy operado de una hernia, nunca la volví a ver.

El viento hizo volar la cortina provocándome un frío insoportable, me senté en el borde de la cama e inspeccioné el cuarto: todo estaba intacto, las pocas pertenencias seguían en su lugar. Me incorporé con trabajos, cerré la ventana y quise guardar la ropa en el único cajón del ropero, al abrirlo, me encontré con una foto color sepia, mi mano tembló cuando la tomé, pasé mis dedos sobre ella para limpiar el polvo. La hermosa mujer plasmada había rondado mi mente días antes a mi arribo a mi ciudad. Pensé en ella varias veces.

A la mañana siguiente, después de que la mayoría de la noche la pasé en vela, me levanté emocionado, lleno de energía. Me vestí, enjuagué mi cara y bajé las escaleras. Al salir a la calle me sorprendí por la gente que seguía en la jerga de la noche anterior (o de las noches anteriores). Caminé al café de la esquina que para suerte mía, todavía existía, mis pasos lentos prolongaban mis objetivos; al entrar, un joven me sonrió, me dirigí hacia él y pregunté por Carmelo, mi amigo de andadas de la infancia, quien era el portero en el fútbol callejero. Resultó ser abuelo del muchacho que me dio la bienvenida detrás de la barra, con el mismo gesto agradable de cuando entré al lugar, me invitó a pasar, ya conocía la casa, sólo habían cambiado las macetas de lugar y algunos muebles, pero, algunas cosas persisten, me conquistó el olfato el mismo olor a naranja y canela que describía la casa de mi amigo. Llegamos a una habitación, por un pasillo oscuro, el muchacho tocó la puerta.
—¡Abuelo! Hay te buscan —gritó el joven sin esperar respuesta y de inmediato se marchó.
Volví a tocar. Mi voz ronca y cansada se escuchó por el frío pasillo, mi impaciencia de no tener respuesta me llevó a entrar a la habitación.
Me sorprendí de ver a quien había sido un muchacho lleno de energía postrado en una cama, con trabajos se movió y sin saber quién estaba en el cuarto mencionó el nombre de su nieto, respondí con el mío. Me acerqué con mi pesadez, y lo ayudé a sentarse, “soy Ernesto, mírame”, repetí de nuevo mi nombre. Mi amigo fijaba con trabajos su vista, me pidió sus lentes y así pudo enfocar mejor la imagen de mi vejez. Sus labios temblaron y unas cuantas lágrimas brotaron de sus cansados ojos.
—Ernesto... eres tú, ¡mírate! Cómo has cambiado —me dijo con la voz quebrantada.
—¿Yo he cambiado? Y tú qué me dices Carmelo, pareces una momia. Y no chille que ya está grande.
—Es la emoción Ernesto, es la emoción... y pues dime, ¿qué haces por aquí?
—Estoy en la naturaleza del tiburón, vine a morir al lugar donde nací.
—¿Estás enfermo?
—No, pero ya es tiempo de regresar —repuse con entusiasmo.
—¿Y tu familia?
—Mi esposa murió hace años, y mi único hijo se casó. Tengo dos nietos, Carmelo, son dos hermosos niños, los vas a conocer en Navidad, piensan venir. Pero no hablemos de mí, tenemos mucho tiempo para hacerlo, mas bien... no mucho —terminé por decir
.
Lo ayudé a levantarse, sus movimientos lentos como los míos, era evidencia de la edad que traíamos sobre la espalda.
Carmelo lo consideré en nuestra juventud como mi hermano mayor, aunque no son muchos años los que me lleva, era más alto y me sorprendía la manera en que enfrentaba los problemas en nuestra época jovial.
Cubrió con su camisa olorosa a sudor su pecho, arrugado y cubierto de vellos blancos; le acomodé el cuello y luego peinó el poco pelo disperso en una brillosa calva. Salimos a visitar las nuevas calles para mí, el nuevo barrio. Carmelo se apoyaba de mi brazo derecho; caminamos dos cuadras, de nuevo estábamos juntos en la calle donde era la cancha de fútbol y donde recibimos varias regañadas por quebrar vidrios de los balonazos dados, que después teníamos que ahorrar para reponerlos.
El silencio de ambos era notorio, no había mucho qué decir en ese momento, sólo sentíamos el cansancio que llegaba al caminar unos metros; nos sentamos en una de las pocas bancas que aún quedaban sobre la calle, dos cuadras fue el recorrido, sin querer, estábamos frente al edificio de Elisa.
—¿La recuerdas? —cortó el silencio Carmelo, después de respirar profundo para tranquilizar la agitada que nos consumía.
—Sí, volvió a mi mente haces días, antes de venir. Luego la vi en la foto que guardaba en mi cajón —me callé un momento, respiré y continué con una voz suave—. ¿Cómo está?
—Bien, sabes una cosa, perece que tiene pacto con el diablo, no se hace vieja, sigue igual de guapa.
Elisa había sido el amor de los dos, mas bien de muchos hombres. No volví a saber más de ella, fue una de las razones por las cuales salí de mi ciudad.


Comí en casa de Carmelo, estuvimos viendo algunas fotografías, comentamos anécdotas que jamás se olvidan, hablamos de Elisa, me contó mucho de su vida, de su familia, de sus hijos, de sus nietos, de que ahora ella estaba sola, pudo divorciarse después de muchos años bajo el yugo de su esquizofrénico esposo. No dejaba de pensar en ella, en nuestra juventud.
—¿De qué sonríes? —preguntó Carmelo al ver mi boca como guasón y mi vista perdida en el limbo.
—Del pasado, de nuestra juventud, de las promesas que jamás se cumplieron, de las mentiras. De todo, recuerdas cuando me cuestionaste qué habíamos hecho Elisa y yo cuando fuimos al río solos, y luego rectifiqué que no fuimos solos, que nos acompañó Enrique, su hermano menor. Pues tenías razón, te mentí porque amabas a Elisa tanto como yo, no quería verte sufrir, no quería que tu amistad terminara por culpa de eso. Fue la primera vez que hicimos el amor. Espero que a estas alturas no tomes represalias.
—No, porque yo también te mentí, recuerdas cuando la acompañé al doctor, pues era mentira, sus papás habían ido a la carpa del teatro, ésas que venían a veces al pueblo, nos quedamos solos en su casa y pues... también.
Por primera vez entró un coraje en mi interior, me sentí engañado; le hablé al nieto de Carmelo, le pedí dos whiskys y los empiné de inmediato, mi amigo me veía sorpresivo, con una risa que no podía controlar. Nos habíamos engañado mutuamente, pensé que su corazón pararía, creí que se iba a quedar tieso frente a mí, no fue así, se levantó y pidió a su nieto la botella completa de whisky, prendió el fonógrafo que tardó bastante en calentar y puso un disco de Los Panchos que empezó con la canción “Bésame mucho”. El coraje desapareció, había comprendido el valor de la amistad, andábamos con la misma mujer y callábamos para no lastimarnos, nunca se supo la verdad hasta ahora, que frente a frente, Carmelo me la confesó al igual que yo.
La música nos ponían alegres, hacía tiempo que no disfrutaba tanto, y el mejor momento era estar con él. Seguimos hablando de Elisa, la mujer de nuestras vidas.
—Desde que me fui, ¿la seguiste viendo? —pregunté con un tono tranquilo, no sentía rencores, entendí las excusas de ambos por ocultar nuestra relación.
—No, todo cambió, ella conoció a Rodolfo, el que fue su esposo, y se fueron de la ciudad también. Regresó hace un par de años, cuando se divorció. Tuvo tres hijos, uno de ellos se llama Ernesto.
El alcohol quemó mi sangre al escuchar el nombre de uno de sus hijos, me sorprendió que a pesar de los años, me mantuve como recuerdo en su mente. “Quizás, quizás, quizás” era la siguiente canción que acompañaba mi sorpresa; las notas estremecían más mis pensamientos, vivía un momento anhelado. Si hubiera compartido mi vida con ella, Ernesto sería también el nombre de uno de nuestros hijos.

La noche se presentó un poco fría, las estrellas dispersas me acompañaban en mi regreso. Carmelo y yo no estábamos en edad de seguir la fiesta tan tarde; mi mirada se perdía en las meretrices que se mezclaban con los hombres que las buscaban desesperadamente. Las luces de los bules y hoteles palpitaban provocándome una desagradable encandilada. Caminé apresurando, cuando mi paso fue calmado, me di cuenta que estaba frente al edificio de Elisa, ubiqué su ventana en el segundo piso. No traía un buen estado para presentarme ante ella, un aliento a alcohol y un cansancio me hicieron regresar a mi dura y angosta cama.
Me desperté tratando de enfocar el techo, ese día pensaba visitar a Elisa. Tenía que verla después de tantos años. Al pensar en el plan que haría, los nervios invadieron cada músculo de mi cuerpo; me vestí con la paciencia que me caracterizaba, limpié mi cara con cuidado, luego boleé mis zapatos que usaba los domingos para la iglesia, acomodé mi corbata frente al espejo. Estaba listo para enfrentar a la mujer que jamás olvidé.
Bajé las escaleras del edificio, me dirigí al jardín cerca del barrio y corté dos rosas blancas, las primeras que vi, la adrenalina de robar las flores me impidió investigar si había rojas; sin culpa, caminé con destino a Elisa. El temblor de mis piernas no me dejaba seguir subiendo los escalones, la eternidad de llegar se acabó frente a la puerta de mi destino. Volví acomodar mi corbata, sacudí un poco mi camisa y toqué. Después de unos segundos, la puerta se abrió, asimilaba la escena de mi sobrina, pero no oí la palabra tío, ni me dio un abrazo; ahí estaba la misma mujer de la foto, tan bella. Sentí el pasado que llegó sin avisar, como si la vida me regalara de nuevo el rostro de Elisa, que a pesar de los años, seguía amando; tuve miedo de verla frente a mí, como si el tiempo regresara, vi la mirada inocente que me hizo compartir mi corazón con ella.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó la joven sin dejar de verme.
—Busco a la señora Elisa Vizcaíno.
—¿De parte de...?
—De Ernesto, un amigo de hace muchos años.
—¡Abuela! —gritó con una voz dulce—. Pase, me supongo que las flores son para mi abuela, deje traigo una vasija con agua.
Le agradecí el gesto. Me vi solo, sentado en un sofá duro, no había regreso, no podía salir huyendo, no podía irme otra vez como lo había hecho años atrás, en esta misma sala. Esperé un tiempo, no supe cuánto, pero mis nervios se presentaban y luego se evaporaban; las flores estaban dentro de la vasija, y la nieta de Elisa, en el cuarto de su abuela. Cuando por fin vi a la mujer de mi vida, una lágrima resbaló por las grietas de mi mejilla, la limpié con un pañuelo, me levanté para esperarla que estuviera frente a mí, seguía siendo bella; Carmelo tenía razón, pareciera que tuviera pacto con el diablo, no aparentaba su edad, se veía más hermosa que nunca. Su nieta la ayudó a sentarse.
—Te ves tan viejo —fue lo primero que dijo Elisa, las primeras palabras que escuché, había olvidado su voz.
—Un poco, menos que Carmelo —repuse con una sonrisa.
—Ese viejo cascarrabias, ¿todavía vive?

Su sonrisa fue el clavo a mi corazón, sus labios arrugados brillaban con la luz del día que penetraba por las transparentes cortinas. El sonido de su risa estremecía mi piel, mis manos, mis sentimientos. Vio la vasija con las rosas blancas sobre la mesita de la sala, su alegría paró bruscamente, me miró con sus ojos llenos de nostalgia, imagino que recordaba momentos de nuestra juventud, recordaba cada palabra que prometimos hace muchos años, cuando éramos inconscientes de nuestros actos y veíamos la vida tan fácil.
—Hace años que no me regalan rosas, ya había olvidado lo que se siente —dijo sin dejar de verlas— ¿Qué haces aquí? —siguió viéndome a los ojos llenos de agua.
—Soy un viejo tiburón que viene a morir a sus aguas —mencioné con voz suave, sin dejar de ver sus labios— Los años me pesan, quiero pasarlos en mi tierra, con mis amigos, con mi familia, en mis calles, aunque diferentes, siguen siendo mías.
—Sí Ernesto, todo cambia, la ciudad es más grande, los años no perdonan y el amor se consume, deja de existir, se lo lleva el viento, se muere en la distancia.
—El mío no muere, el mío es real —la interrumpí sin dejar de ver sus ojos.
—¿Real?, no, real es lo que hicimos cada uno, eso es real... ahora vienes a decir que a pesar del tiempo sigues amándome, sigues en un sueño.
—Por eso no contestaste las cartas que te mandé cuando recién me fui.
—Así es, tenías que hacer lo que querías, lo recuerdo perfectamente, deseabas conocer el mundo. Yo no iba a impedir que tus sueños se frustraran. ¿Al menos lo lograste?

Un viento rodeó la habitación, hablé de mis viajes por algunos países del mundo, después recordamos anécdotas de la juventud.
Me sentí joven, eterno al lado de ella. Nunca había olvidado su sonrisa, sus ojos, su misterio bajo su mirada. Elisa frente a mí, hermosa como siempre.
Salí de su casa, enfermo de nostalgia, de amor. Esa tarde, decidí no verla más. La guardaría en mi corazón para toda la eternidad.
Comprendí el afán de Carmelo al rehusarse a verla, el mismo miedo que yo viví, consumía su mente. Temía que naciera en su alma, el amor que una vez le tuvo. Para él, Elisa nunca había vuelto a la ciudad —nunca la había visto—, se aferraba a pensar que seguía lejos, casada, y con una vida feliz. Me lo dijo en secreto, con un whisky en mano y una canción en el viejo fonógrafo.

29 de octubre de 2008

Pasatiempo del mar...


Soneto a Montevideo
Luis Carlos Llamas

"Estoy convencido de que en un principio Dios hizo un mundo distinto para cada hombre,y que es en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir."
Óscar Wilde

Para Jorge Larios, quien disfrutó junto conmigo el viento de Montevideo.


1.Una vez, Montevideo

—¿Y cómo lo vamos a matar? —preguntó Alfonsito Marín mientras se bebía el resto de la cerveza de un sólo trago.
—Tengo un plan —siguió Homerito Bustamante, alias el Guayo, apodo derivado de Uruguayo.
—Pero de una vez te digo pinche Guayo, si todo sale mal, el que se va a cagar eres tú.
—No te preocupes Poncho, ese cabrón, sea como sea, tiene que estar muerto. Y entonces, tú y yo festejaremos con unos tequilitas.
—La que me lleva... y yo en tus pendejadas.
Ambos rieron. El Guayo midió la distancia de la bola negra a la azul con número seis; y al tirar, ésta salió de la mesa de billar.
—¡Mierda!
Porque así era la vida del Guayo, pura mierda con el plan que tenía en manos desde hacía años. Desde que vivía con su tía Claudia cerca de la playa Pocitos, por la calle Juan Benito Blanco, en su natal Montevideo. Ay Guayo, qué razón tiene tu amigo al tener miedo de un plan macabro qué ni idea tienes de las consecuencias. Sólo matarlo. Pero, claro, el rencor puede más ¿o no? si por eso estamos en esta vida, para hacer todos los pecados. Bien lo decía el padre Anselmo, aquel viejo que apenas podía caminar, si los humanos fuéramos como nuestro Señor, el mundo sería aburrido. Qué razón tenía el sacerdote, sí, vivimos en medio de envidias, rencores y venganzas; y tú, Homero Bustamante, alias el Guayo, eres parte de esa vida. Y, porque el tiempo es sabio, has llevado el plan estos años, con una fuerza bruta que revuelca tu estómago cada vez que te acuerdas de él. Porque si no fuera por ese hombre, tu querida mamá, ex empleada del Correo Central, y tu respetable papá, un abogado litigante, no estuvieran a tres metros bajo tierra, ¡pero así es el destino, Guayo! Así es cuando a uno le toca, y eso todavía no lo comprendes. A ver, dime, qué ganas con darle en la madre a ese cabrón, dime...
¿Cuál es el plan, muchacho?
Hay varios, meterle un plomazo en la frente, o bonito se vería un tiro de gracia. Envenenarlo, pasarle el carro en cima cuando cruce la calle. Eso tú lo sabes, ¡ah! pero antes de actuar, antes de hacer lo que tienes que hacer, le dirás quién eres, dirás que eres hijo de los Bustamante. Después, como es obvio, les escupirás en la cara, porque se lo merece, y para finalizar, al momento en que aprietes el gatillo, cerrarás los ojos y verás a tu madre sentada en la mecedora, tejiendo un suéter para otoño, como siempre lo hacía; con aquella sonrisa que tanto te gustaba, que te hacia sentir que nada pasaba. Luego, porque todo pasa en segundos, verás a tu padre, con el periódico en mano, carraspeando después del trago de café. Te llegará otra imagen, los verás juntitos, igualitos a como estaban en el cuadro de la sala. Tu madre sentada, con un vestido blanco y su cabello sujetado con la horquilla de la abuela, y tu padre parado junto a ella, con el traje del abuelo que había comprado en París en los años cincuenta.
Jalarás el gatillo y gritarás: ¡Vete al infierno Pedro Montalvo!
La bala irá lento, muy lento, porque una muerte lenta es más espectacular, más de emoción, más de agonía (sí, de qué sirven tantos años alimentado el rencor, ideando cada escena de la venganza, ¿para qué sirven? Si en cuestión de minutos, el hombre, ya no estará en esta vida, todo quedará en el pasado) por eso será muy lenta. La bala llegará a la frente y entrará despacio, abriendo con cuidado la piel, penetrará por el cráneo y, por supuesto, salpicará de sangre. Los ojos de Pedro Montalvo quedarán abiertos, tan abiertos que hasta tu sombra tendrá miedo. Estarán viendo al cielo. Primero verá las nubes, luego la vista se manchará de rojo y terminará en un oscuro terrible.
¿Hay otro plan Guayo?
El consuelo de reivindicar lo que te quitaron. La pura venganza. El bienestar de tu corazón. Y la tranquilidad de saber que todo acabó. Porque así sería, todo acabaría en ese momento, quedarte con un buen sabor de boca, hacer justicia a tus progenitores. Pero eso sí, mantendrás en tu cabeza la imagen de Pedro Montalvo en el suelo, rodeado de sangre, porque eso sí lo vale. ¡Y lo vale muy bien!
Luego, porque cuando pasan estas cosas, pensarás en el pasado, cuando, en tu niñez, entraron a tu casita. Tu madre te dijo que te quería mucho, nunca imaginaste que esas palabras fueron las últimas que escuchaste de ella. Te encerró en el armario y hubo un silencio. Tu cara se cubría de sudor y tus piernas, al igual que tus manos, temblaban. En eso, por la rejita de la puerta del clóset, viste sombras, y una de ellas alzó un rifle, que manchó de sangre el piso, y cuando pasó todo, saliste muy despacio, y te diste cuenta que esa sangre que pintaba de rojo el suelo era la de tus padres. Cerraste las manos en puño, e investigaste quién había sido ese cabrón, hasta que diste con su nombre (amigos anónimos de tus padres te lo dieron), cuando, por fin, conseguiste una escuadra, lo buscaste por todo Uruguay, hasta que supiste, gracias a tu buena suerte, que el asesino se había fugado a México. Juraste, porque luego el orgullo viene, en que saldarías cuantas, porque así es el destino. Y sabías muy bien, que un día, corto o lejano, lo tendrías frente a ti.
De todas maneras ya tenías el camino directito al infierno. Sí, recordaste cuando le diste una “ayudadita” a tu abuelo. ¿Cuántos años tenías? ¿Siete? Tu tía Claudia puso al viejo en la silla de ruedas junto a las escaleras, como le hacía siempre cuando tenía cita con el doctor. Después iba por don Prudencio, el mecánico de la esquina, para que le ayudara a bajarlo, pues claro, aquel chalán le echaba los perros a tu tía, por eso hacía el favor ¿a ver, quién da paso sin huarache? Nadie. Ese día por fin lo decidiste: le quitaste el freno a las dos llantas, cerraste los ojos, y lo empujaste por las escaleras, no sin antes recordar las porquerías que ese viejo, que iba rodando en cada escalón, te hizo. ¿Se hizo justicia? Sólo Dios o el diablo saben, o tu conciencia en todo caso. Justicia era para ti en esos momentos, que tu abuelo te chingara parte de tu niñez. No te pesó que el anciano terminara en el suelo ya muerto, ¡no! Pues a él no le pesó que mucho tiempo, cuando tus padres te dejaban de encargo con tu tía Claudia, se sacara el falo pachichi, te lo enseñara, y todavía, con la lujuria brotándole de la boca, con palabras sucias, te pidiera que lo masajearas. Y ya amenazado, no quedaba de otra, terminabas por cerrar los ojos y tocar aquel pellejo aguado rodeado de pelos. Y en ese momento te quedaste sin abuelos. Los maternos habían muerto en un accidente, y los paternos: tu abuela sufrió un infarto que la mandó directito a la tumba, y tu abuelo, a ése tú lo enterraste.

Pero volvamos a la realidad. El Guayo había llegado a México por medio de paquetería, sí, llegó por paquetería al país. Comenzó cuando conoció a Basilia Montes, en la parroquia del barrio; fue, digamos que un milagro, pues la virgen lloraba sangre, al menos eso decía le gente. Y hay va Homerito de chismoso y, en efecto, vio, con sus propios ojos, como emanaba sangre la imagen. Se puso blanco, se persignó y terminó por hincarse. La gente oraba y seguía orando; el padre Anselmo, consternado, estaba por escribir una carta al Vaticano para que vinieran de allá e investigaran el milagro, o, el posible mensaje que la imagen, daba a sus feligreses. Y Homero abrió los ojos para apreciar más a la Inmaculada bañada en sangre y al voltear ahí vio, como otra virgen, una mujer que se acercaba a tocar un poco de la imagen para después persignarse; y la siguió viendo, y no paraba de verla. Y la muchacha lo vio, y como detenidos en el tiempo, sin importar el brote de sangre de la imagen, ni el berreo de la gente, ni las ancianas con los brazos al cielo pidiendo clemencia, ni los vendedores que ya estaban en el interior de la capilla, ni le importó, tampoco, las suplicas del padre Anselmo. A Homerito se le cumplió el milagro con esa chamaca. Primero se acercaron, temerosos, eso sí, después ella extendió su mano y él, también. Se tocaron. Se vieron a los ojos y luego, un grito se escuchó por toda la capilla, habían descubierto el meollo del milagro: una gotera que salía de una grieta en el techo, y como la construcción era de ladrillo, caía el agua media rojiza, porque así, a veces, pasan las cosas. Y pues no queda de otra que entenderlas como vienen. Creer y creer porque así habían enseñado a Homerito, a creer sin preguntar, a no dudar de los milagros. Pero ahora ya no sabía qué pensar. La gotera caía muy lenta del techo directito al rostro de la Inmaculada, para ser más específico, a los cachetes de la imagen. Luego resbalaba muy lento hasta caer al suelo y estallar en mil gotitas. Pero la gente tenía que creer en el milagro, porque así tenía que ser y punto. Pero el milagro ya no le importaba a Homerito, no, ahora le importaba aquella mujer frente a él, aquella fémina con las mejillas pintadas de colorete y pestañas enchinadas con la cuchara. Un vestido ampón, de esos de quince años, pero que llegaba a la rodillas, y su cabello sujetado con una cinta roja, tan roja que encandilaba cada vez que le pegaba el sol. Basilia, se escuchó, con voz suave, el nombre de ella en el eco de la capilla. Y luego el de él, no sin antes carraspear de nervios. Salieron juntos (ya no les importaba el milagro) y se dirigieron a tomarse un cafecito. Hablaron de muchas cosas, y así siguieron en los demás días. Homerito con el corazón en la mano, justo para entregárselo a la niña Basilia, que por dentro se desvanecía por el Guayo. Y como dicen que en la mirada dice más que mil palabras, había tardes en que no hablaban nada. Y hay van los tórtolos por doquier, por las calles de la ciudad derramando miel. Y el milagro ya no era milagro, habían sanado la gotera y, como era de esperarse, las ancianas con las manos al cielo pidiendo clemencia, remataban que la virgencita había dejado de llorar por culpa de los maricones que andan por ahí, besándose y paseándose en delante de la gente con valores. Por culpa de ellos, gritaban, el cielo se va oscurecer y vendrá el Apocalipsis. Y los dos, caminando por los atardeceres, sin que les importara nada. Ni siquiera que el milagro había acabado. Y luego pasó lo que pasó. Lo que el Guayo a través de los años ha llevado en su corazón. Un dieciséis de octubre, en plena primavera en aquel país, se despidió de Basilia. Qué pena tan grande, Señor. Sentiste, por primera vez, como un rayo atravesaba tu garganta y tu corazón. Qué pena tan grande, Señor. No se puede comparar. Y tus lágrimas resbalaban en su cause ya surcado. Qué pena tan grande, Señor. Esa noche entraste por la ventana a la habitación de Basilia. Ella, con sus ojos cristalizados, te vio como la primera vez que te tocó tus ojos con los suyos. Quiso abrazarte pero de contuvo, pues sería lastimarte. Y así fue, hicieron el amor, se vieron toda la noche; Homerito, nostálgico, pasaba su índice por cada línea del cuerpo de Basilia, luego la dibujaba en el viento, y así, a donde fuera, la podría dibujar en el mismo viento para no olvidarse de ella. Pero el joven no quería irse, no. Pero tenía que hacerlo. Y él, con los ojos llenos de lágrimas veía una y otra vez a su Basilia, porque no sabía cuándo estaría, de nuevo, frente a ella. ¡Ay Homerito!, separarte de la persona que más amabas, eso sí que es de sufrir, primero tus padres, y, qué desgracia, sigue tu novia, así es el destino de cabrón, porque la cosas pasan y pasan por algo. Qué pena tan grande, Señor. Por la mañana, se despidió de la tía Claudia, en la mano, sostenía con fuerza la dirección de Regina, su tía que no conocía, pero que era hermana de su madre. Con llanto en los ojos y usurpó a un trabajador de la empresa de paquetería. Así fue como llegó a México, donde el otoño estaba por comenzar.

¿Y cómo conoció el Guayo a Alfonsito? Todo empezó cuando Camila Aguilar se presentó en el billar. Hermosa la niña, bueno, la mujercita, pues ya estaba en edad de merecer. De hecho, ya tenía un pasado bien puesto, de esos pasados donde varios chamacos la hicieron feliz, muy, pero muy feliz. Y la mamá todavía preocupándose porque no estuviera la muchacha sola con un hombre. Sí, porque esas son las buenas costumbres, y ella, como debe de ser, una muchacha de buena familia, bien portada, no debía estar sola con ningún galán. Cuando iba al cine con su prospecto, pues, en efecto, tenía que ir de chaperón Danielito. Pero la chamaca era más lista que la madre: le compraba el boleto al hermanito para la función infantil, pues él quería ver “Heidi: la niña de la pradera”. Y ella, lógico, con aquella emoción que encendía su garganta y hacía palpitar, también, sus partes íntimas. Sudaba y aquella “cosita” gritaba que necesitaba ser tocada. Y van los dos, sin el chaperón, a una película de Ingmar Bergman, de ésas que no entra nadie. Y pues, allí, en la última fila, Camilita Aguilar llevaba a fondo sus buenas costumbres, y el chaperón feliz, comprado por el prospecto, y ella, y ella, qué digo, mucho más feliz, con aquella sonrisota que duraba toda la cena. Y la mamá siempre pensativa cuando hijita volvía del cine, pero eso sí, no quitaba la idea, de que su hija debía entrar vestida de blanco a la iglesia, con su orgullo en alto y su virginidad intocable. ¡Porque así son las buenas costumbres!
Ambos la vieron entrar. Regia, con su falda por arriba, pero muy arriba de las rodillas y una blusa que formaba el tamaño exacto de sus pechos. Su cabello, castaño y chino, lo sujetaba con un prendedor y calzaba unas sandalias de tacón bajito. Primero caminó junto a Alfonsito, y éste se la comió con la mirada, checó hasta las estrías de la pantorrilla. Y luego pasó frente a Homerito, y éste se hizo tonto, pero, ya despechada la muchacha, volvió a pasar frente al Guayo, una y otra vez, y éste seguía montado en su macho. Y Alfonsito, ya celoso, se levantó y se dirigió al Guayo: “no estás viendo que le gustas a la muchacha” dijo enojado, y el Guayo, que tenía, a su corta edad, una larga vida, lo miró y lo retó en el billar, el premio: Camilita Aguilar. Homerito salió borracho abrazado de Alfonsito y de ese momento la amistad creció. Jamás se cobró el premio, y a Camilita no le importó, pues llevó sus buenas costumbres con otro que le echó el ojo. Ay Guayo, el destino te puso a los amigos, tú tan lejos de tu tierra, porque, eso sí, la soledad es cabrona. De ahí empezaron las aventuras con Alfonsito, y luego éste, le presentó a Homerito a Rafa, y de ahí se formó los tres mosqueteros.

—No va a pasar nada, Poncho... es más, hasta le vamos hacer un favor, ¿no crees que su conciencia ya pide paz? —soltó una carcajada.
Alfonsito asintió, pero no dijo nada.
—Mira cabrón —siguió Homerito—; tantos años planeando esto, mira, hasta acento mexicano tengo ya.

Continuará el Capítulo 2...