5 de diciembre de 2009

pasatiempo del mar...

El regalo azul

—¡Taxiiiiiiiii!
El auto paró, y la mujer subió:
—Por favor, lléveme rápido al centro, necesito comprar un regalo.
—Bien, señora, aunque, con este tráfico vamos a tardar un buen de tiempo.
La mujer echó una majadería, luego, entre disculpándose y no, se mantuvo en silencio, viendo las personas que caminaban sobre la banqueta, con más velocidad que ellos. Volvió a enojarse, pero esta vez ya no dijo nada.
—¡Quiere apurarse, por favor!
—Mire señora —volteó el hombre hacia ella y siguió con tono fuerte—, ya vio que no podemos avanzar, si gusta baje del auto, no le cobro nada y mejor vaya caminando.
La mujer soltó a llorar. El taxista se sintió mal por haberle hablado de esa manera, la vio por el retrovisor y le dijo con voz suave:
—Discúlpeme si la ofendí.
—No, no es usted, es que mi esposo llega por la tardecita y siempre quiere que le tenga un regalo en su cama.
—¡Ah! Pero falta mucho para la tardecita, alcanza a comprarle un buen regalo.
—De haber sabido que adelantó el viaje para hoy, me hubiera levantado más temprano para ya tenerlo en casa. Pero tenía otro día para escogerlo con calma, y no, tuvo que regresarse ahora, y no voy a tener tiempo.
—Pues venga con él a comprarlo, sirve que se van por ahí… Digo, me refiero al cine, o a cenar.
—No señor, el regalo tiene que estar en su habitación antes de que llegue, si no hay regalo… —se detuvo la mujer, creyó ser imprudente con el taxista.
—Bueno, no creo que sea para más.
—Sí señor, porque esta vez no sé qué vaya a pasar, pues hace un par de meses adelantó su viaje y, al momento en que entró a su recámara, por que ya no dormimos juntos, no vio el obsequio junto a la almohada, me gritó y zarandeó. Y hace una hora me recordó, por teléfono, que quería ver algo de su gusto, en una caja azul, con un moño café.
El hombre se quedó en silencio, no supo qué decir. Avanzaron una cuadra más, y vio como la mujer se desesperaba más. Se atrevió a preguntar:
—¿Por qué no lo deja?
—¿Dejarlo? No, nadie se ha divorciado en mi familia, sería lo peor.
—Bueno, ya estamos en una época en que las mujeres ya se valen por sí solas. Ya no se ve mal.
Hubo otro silencio, ya no se habló nada. El hombre escuchaba como la mujer respiraba agitadamente, ya no quiso meterse más en su vida, ella, sólo ella, era la que pasaba por esas cosas. Llegaron al centro.
—¿En qué parte la dejo, señora?
La mujer no contestó. Giró para verla y la encontró con la cabeza recargada en el asiento, viendo hacia la calle.
—¿Señora?
No hubo respuesta.
—¡Señora!
Tampoco hubo respuesta.
—Ay Dios mío.
Se estacionó donde pudo, después de que le pitaron varias veces. Se bajó del auto y abrió la puerta donde se encontraba la mujer.
—¿Señora, le pasa algo?
De nuevo, no hubo respuesta.
—Híjole, ya se me petateó aquí.
El hombre se subió al taxi, manejó hacia la Cruz Roja, pero se mostraba conforme pues el cabrón del esposo, no iba a encontrar la regalo azul con el moño café en su habitación.

23 de noviembre de 2009

pasatiempo del mar...

Poemas para leer con una taza de café


Mundus

ajedrez que juega Dios
sin tiempo ni triunfo
se mantiene charlando
entre siglos y polvo

refugio de varias lenguas
que se dicen ser bendecidas


Pigmalionismo

Falsa humanidad
que devora el corazón
tal perfección hace
que la razón del hombre
se vuelva un niño
para jugar con la
ilusión
de su soledad.

Poema para mostrar nostalgia

Tu cuerpo bebió mi sudor
fundé la huella en tu piel
para decir al viento
que viviré mil años
y volver a ser tuyo.

Ayer, la soledad

he visto al cielo caer
entre muros y aves
sueño que vuelves
con la memoria en tu mano
gritas a tu dios
que preste un sinónimo
de locura
a tu piel

21 de octubre de 2009

pasatiempo del mar...


Cuento de J. B. Morgade, que pertenece a la colección de cuentos Humanidades. Espero les guste mucho, pues muestra esa parte que los humanostenemos mucho, y como defecto.

Celos

Él y ella caminan por los bosques pétreos circundantes de la ciudad fortificada en la que habitan. Es día de descanso y muchos deambulan sin rumbo fijo, perdiéndose entre los torreones de granito y caliza de formas psicodélicas que surgen por doquier. Como otras tantas parejas, él toma dos de las manos de ella mientras avanzan.
Mientras contemplan la luz de su sol entre las formaciones rocosas, otro se acerca repentinamente a ellos. Ella no es una de las más hermosas de su especie, pero sus ojos son diáfanos y hablan de la pureza de su interior. El otro no puede dejar de verla al pasar. Él se da cuenta. Sus fluidos internos hierven repentinamente y su piel se torna más azul de lo ordinario. ¿Cómo se atreve ese otro a mirarla precisamente a ella? Y lo peor, ¿cómo se atreve ella a devolverle la mirada?
Él la ama desde el primer día que la vio y la tuvo como posesión desde el día que decidieron unir sus vidas. Ella no puede ver a nadie más que no sea él y nadie tiene el derecho de posar su vista en ella. ¿Es tan difícil de entender? Ella siempre lo ha amado a él y en su interior no existe ni existirá nadie más.
Cuando el otro se cruza por su camino, y osa posar su vista en ella, él, en un acto involuntario, la toma con fuerza con la tercera mano. Deben de saber los dos quién pertenece a quién. La pareja prosigue su camino mientras que el otro se aleja de ellos sin volver la mirada.
Un poco más adelante encuentran otro extraño. Mira la delicada textura de la piel de ella. La ira vuelve a apoderarse de él. La toma con las cuatro manos con una fuerza inaudita. Ella lanza un silencioso gemido de dolor, pero sigue con él recorriendo el laberinto de rocas informes a donde acostumbran ir cada vez que tienen la oportunidad.
Un extraño más. Una mirada más a ella. Por temor a él, ella baja la vista, pero él no la ve. Su mirada está centrada en la forma como los otros la miran y en su interior sabe que ella les corresponde. De nada vale su presencia. De nada los sentimientos que tiene para con ella. Él sabe que ella irremediablemente volverá la vista a los otros, buscando, indagando, siguiendo, ¿amando? No lo puede soportar. Es demasiado para él.


Llegan a una vereda escondida, donde solían buscar el cobijo de las sombras para manifestar los sentimientos que tenían el uno por el otro. Él la dirige hacia allá con brusquedad. No puede permitir que ella vea a nadie más y menos aún, que ame a otro.
La aprisiona contra la pared de granito. Ella le suplica. Siente las esquirlas de roca hundiéndose en su piel. Él no la escucha, le grita que no puede haber en su vida nadie más que él. Ella le dice, en un lamento continuo, que no hay nadie más, que él es el único en su interior. Él no lo cree. La aprisiona con más fuerza contra la pared. Ella llora. Él no tiene compasión. Él sabe que la única manera de tenerla siempre con cerca, de que no haya otro, de que no ame a otro es haciéndola uno con él.
La rodea con todos sus brazos. Comienza a comprimir el cuerpo de ella con el de él. Ella siente como se va el aire de su interior. Gime y grita, pero no hay respuesta. Él la oprime con mayor fuerza contra sí mismo. El dolor de la fusión corpórea se hace más fuerte cada vez, pero él no cede.
A los pocos minutos no hay rastro de ella. Sus cuerpos se han fusionado en uno solo. Ella ha dejado de existir, pero él ahora tiene la seguridad de que le pertenece definitivamente.
Cae la noche en el planeta. Él vuelve a casa. Llega a la cocina. No hay comida preparada. Ese era trabajo de ella. Se prepara algo, pero no tiene sabor ni consistencia. Se sienta en la roca que está frente a la casa. Ella solía acariciarle la cabeza, ahora sólo siente el frío helado congelándole todo el cuerpo. Se retira a descansar y se duerme rápidamente. ¿Por qué no puede calentarse su cuerpo? Cuando ella estaba ahí, todas las noches eran tibias. ¿Qué sucede entonces? ¿No está ella ahí, con él, en su interior, fusionada con su cuerpo? ¿Por qué no puede sentir el calor del cuerpo de ella?
Se levanta desesperado. Deambula por la casa. La busca obsesivamente. No puede verla, ni sentirla. ¿Es que, a final de cuentas, logró alejarse de él? ¿Es que está con algún otro en ese momento? No puede ser, él la absorbió, ella le pertenece sólo a él. Pero ¿por qué no puede sentirla? ¿Es que no está en su interior? Sólo hay una forma de saberlo.


Toma una cuchilla filosa. Se dirige al bosque, a la cascada de plata que está cerca de la muralla de la ciudad. La luz del satélite natural de su planeta lo ilumina mientras se dirige hacia allá. Cuando llega, se mete en el metal líquido hasta que puede ver reflejado su cuerpo en la caída del fluido. Levanta la cuchilla, la dirige sobre sí mismo y la hunde en su cuerpo. Lo rasga de arriba abajo y abre la piel como las hojas de un libro. De ella no queda nada en su interior. Se ha esfumado. Él grita y la maldice mientras sus fluidos internos se funden con el metal que moja sus pies.

7 de septiembre de 2009

pasatiempo del mar...


Lo prometido es deuda, aquí está el primer capítulo de la novela corta: El equilibrio de las cosas, de mi autoría.


¿Y quién eres? Preguntó Lázaro
¿Quién crees que soy? Siguió el hombre.
Lázaro supo de inmediato que aquella mirada era conoci-da para él. Se mantuvo quieto. Su corazón latió con fuer-za. Al ver las manos del hombre se percató de las señas de la crucifixión. Lázaro se sintió como el Apóstol Tomás, cuando duda de la resurrección de su Señor. Tragó saliva varias veces, sus piernas temblaron y sus manos sudaron. Volvió a ver los ojos del hombre, y con voz suave contestó:
Eres…
Su sorpresa dio a una inquietud: quién era él, un mucha-chito de un puerto pequeño, de condición humilde y con poca educación para ser visitado por el Señor. Y más al pensar el motivo de la visita de Jesús. Por lo que se atre-vió a preguntar:
¿Señor, qué quieres que haga?
¿Quisieras hacer algo por mí?
Sí, respondió Lázaro sin dudar.
Entonces, sé mi servidor.
En una especie de visión se contempló frente al Señor y se sintió abrumado. ¿Era realmente posible que Jesús se hubiera fijado en él para ser su servidor? Con temor en el alma se atrevió a increparlo.
Señor, ¿verdaderamente crees que yo puedo llegar a ser tu servidor?
Él lo miró piadosamente y le respondió: Eso de-pende de ti. Entonces se vio en el camino del Gólgota y entre la muchedumbre divisó el rostro sangrante de Jesús, que había caído por tercera vez.

Al despertarse, se mantuvo por segundos sin ningún movimiento, como si estuviera paralizado. Quiso recordar cada momento del sueño, que, aún despierto, lo sentía real. Se incorporó, y como ya era rutina para él empezó a rezar, pero esta vez era un rezo diferente a los demás, y no porque haya cambiado el sentimiento que origina el orar, sino más bien, porque lo había visto, y Él, lo había visto también. Habían charlado. Quiso recordar el color de aquellos ojos que por un momento le hicieron estremecer. Mantuvo la idea, sólo pensó en cuál era el color de sus pupilas. Luego, con la memoria aún fresca, detalló su rostro bañado en sangre, que, naturalmente, manchaba el manto que cubría su cuerpo. Lázaro, con el rostro hundido en el sueño que había tenido, y con un sudor que cubría su frente, mojando parte del cabello, cerró los ojos y, sin importarle, unas lágrimas resbalaron por sus mejillas con apenas un vello fino, disperso, casi visible, casi negro.
Lázaro seguía hincado y rezando. Sus codos re-cargados en la dureza del colchón empezaron a dolerle, no le importó, quería mantener en su cabeza la misma imagen de Jesús. Estar hincado, con el dolor en los co-dos, era, según él, la mejor oración que haya tenido. Quieto, en silencio, Lázaro siguió en esa posición hasta que un rayo de luz entró por un orificio de la cortina. Aquel rayo de luz se hizo grande hasta iluminar por completo su pequeña habitación. En su frente resbalaban gotas de sudor que no limpiaba, seguía en la oración de la mañana. Sus labios se movían en silencio, murmurando palabras dichas a través de los siglos. Un llamado a la puerta hizo desistir de la oración. Al incorporarse en silencio, sin preguntar quién era, acomodó su camisón y abrió lentamente, como si pesara demasiado la madera apolillada. Los ojos de su madre buscó. La mujer, parada en el umbral, sonrió. Sus dientes se dejaron ver con natu-ralidad, Lázaro amaba aquella expresión cada vez que la veía, admiraba el gesto pronunciado que hacia su madre. Hola madre, dijo con una voz suave, la sonrisa seguía en el rostro de porcelana de la mujer. Se hincó frente a él y, sin quitar la expresión, abrazó a su hijo, después lo vio con la ternura merecedora y la sonrisa cesó, Hoy llegas a los dieciséis años, siguió con una voz quebrada, Ya tuve el mejor regalo, dijo Lázaro con los ojos llenos de miste-rio, la mujer echó a reír, como si la frase hubiera sido una broma, En serio, madre, he tenido el mejor regalo. Hor-tensia no dijo más, como era de esperarse, su hijo no pediría nada para celebrar su cumpleaños, lo sabía bien. Siguió en silencio, abrazándolo. La mujer entró a la habi-tación y sacó del ropero una camisa blanca y un pantalón negro. Después, ya tranquila de la emoción, vio de nuevo a su hijo y puso sobre la cama el uniforme de la escuela. Salió del pequeño cuarto y se perdió. Lázaro se desnudó y recordó el sueño. De nuevo, su piel se enchinó y sus ojos temblaron al asomarse las lágrimas. Se vistió con la imagen en su mente, con los detalles que, queriéndolo, iban vibrando en su corazón. No era la primera vez que había tenido el mismo sueño, aunque, ahora, había sido más detallado. Lázaro, a la edad de ocho, los ojos de Jesús lo vieron por primera vez.
Caminó por la calle. El sol, fuerte como el mar, se desvanecía bajo la sombra de los árboles, como olas que, a su debido tiempo, oscurecen la arena. La vista del océano, a lo lejos, formaba una recta brillosa. Y las aves volaban entre el calor insoportable. Siguió por la calle hasta la escuela. El maestro, llamado Umbriel, hombre alto, con pelo rizo y piel morena le sonrió. Sabía que ese día, Lázaro tenía un año más de vida. Lo vio hasta que tomó asiento. Serio como siempre empezó con la clase, el tema, ecuaciones para saber los grados de un triángulo. La atención de Lázaro era inminente, pues, siempre, tra-taba de sobresalir en las tareas y en las clases. Levantaba la mano discretamente, no quería ganar el rencor de los demás estudiantes, y eso, Umbriel le gustaba, sabía de la perseverancia que su discípulo mantenía con el resto de los jóvenes. Era una buena excusa para ocultar su inteli-gencia. Umbriel, hombre reservado también, lo ayudaba a no enfocar la clase en él, ya habían platicado los dos al respecto.
Lázaro a pesar de que su padre era pescador, ayudaba a Umbriel los sábados a pescar, pues disfrutaba demasiado de la plática que ambos tenían. Y no por hacer a un lado a su padre, ya que era un buen hijo, y Manuel lo sabía; más bien, la charla de su maestro era diferente a las demás. Sus dudas eran, por decirlo de una manera, respondidas e interrogadas en medio de la bahía. En la espera de que un pez, con la boca atravesada del anzuelo jale la caña. Así era cada sábado, salvo en días donde el cielo era negro y la lluvia presente. Y al día siguiente lo vería. Lázaro anotó cada letra del dictado y cada ecua-ción de aritmética, pero aún así, en su cumpleaños, en un día soleado, con el cuerpo mojado de sudor y los ojos secos, en su mente, subsistía la misma imagen: Jesús con la cruz en las espaldas y el rostro ensangrentado. Ter-minó con el pensamiento, pues en su mejilla una lágrima resbalaba y no quiso ser burla de los demás.
Al salir de la escuela, un viento hacía volar las hojas secas de los árboles. La arena entraba en la pupila provocando un malestar. Esperó a su hermano Joaquín, ocho años más chico. Viéndolo venir hacía él se alentó, pues su impaciencia lo desesperaba con facilidad, y para él, era un error que debía componer. Lo tomó de la mano y caminaron juntos. En eso, la voz del infante rompió el silencio, El maestro (que era diferente por el grado esco-lar), dijo que nosotros venimos de la evolución, no en-tiendo nada Lázaro, pues nuestros padres dicen que ve-nimos de Adán y Eva. Lázaro paró de caminar, vio hacia el mar, detalló la línea que separa dos mundos: el marino y el celestial. Y pensó: El cielo, donde los hombres cre-cen, según él, el otro, el marino, donde los hombres co-men. Volteó a ver a su hermano que no dejaba de obser-varlo, esperando su respuesta. Joaquín admiraba a Láza-ro, seguía sus pasos en el saber. Sus ojos, del color de la miel, poseídos por los de su hermano mayor, emitieron ternura. No hagas caso, habló Lázaro, no hay nada cierto en eso; Pero..., siguió Joaquín, No dudes, hermano, no dudes de la palabra del Señor, interrumpió al infante. Después siguieron caminando hasta su casa, en silencio. Joaquín con la duda más grande en su cabeza y Lázaro con la vista al mar.
Ambos llegaron sofocados por el calor. Lázaro vio una caja envuelta sobre la mesa; su corazón latió a tal rapidez que no esperó un segundo en la puerta cuando ya tenía el regalo en sus manos. ¡No impacientes hijo!, ex-clamó el padre, con la sonrisa forzada, no esperes nada lujoso; No espero nada, padre, sólo es la emoción, siguió el joven. El muchacho abrió el obsequió y sacó de éste el libro más bello que haya visto, la tapa negra y, sobre ésta, el nombre escrito con letras doradas La Imitación de Cristo•. Lázaro no lloró, tampoco agradeció el presente, la sorpresa no lo dejó.

Ayer no olvidé tu cumpleaños, hijo, dijo Umbriel con la voz grave que lo caracterizaba. El muchacho, con la cara llena de sudor y esperando impaciente a que un pez jalara el anzuelo lo vio con gusto. Se dio cuenta de la importancia que tenía aquel hombre hacia él. Atentó Lázaro en no ir, como todos los sábados, pues la emoción de la nueva lectura le impedía salir de casa; pero la charla con Umbriel también era importante, y, con toda la abne-gación, salió de su hogar. En ese momento, mareado del oleaje, se mantuvo en silencio, con las manos sujetando la barca, y sin dejar de ver los ojos del hombre preguntó, ¿Maestro, por qué se empeñan en enseñar la teoría de la evolución del hombre en la escuela, y no la descendencia del hombre, como debe de ser, como lo enseñan las cate-quistas de la parroquia? Umbriel, con una mano sostenía la caña de pescar y con la otra se sujetaba para no caer por el oleaje. Juárez, hombre de nuestra historia, separó la Iglesia del gobierno, es por eso que la educación se convirtió en laica, dijo el hombre sin verlo. No debe de ser así, continuó Lázaro, pues las costumbres se traen desde la conquista. El hombre frunció la frente, Hijo, la mente es libre, tus creencias son aceptables, pero deja que las demás personas respondan por ellas mismas, que sean capaces de aceptar las verdades que más les con-vengan. Por eso, maestro Umbriel, no somos mejores, pues nos preocupamos por cosas vanas y no por las espi-rituales. Entonces, no mates a los peces, hijo, si crees en la espiritualidad, no pienses mal. Sonrió hipócritamente el hombre. Lázaro inquieto a las palabras de Umbriel, giró la vista y vio como la caña se jaloneo; Umbriel la sacó del agua con un pez, sin dejar de ver a su discípulo, quitó el anzuelo y lo regresó al mar ya sin vida. Flotó. De inmediato, una espuma rodeó al pescado sirviendo de alimento a otros. Ésa es la vida, Lázaro, somos carnada de esta sociedad, sino riges las leyes te convertirás en el pez tragado. Maestro, pero los hombres que lucharon por defender sus ideales, ahora, son mártires. El hombre echó tremenda carcajada, sacó del agua el anzuelo y lo puso junto a él, ¿Quieres ser como San Sebastián o los demás mártires? Ya eres un hombre, no te dejes llevar por idea-les. ¡No!, expresó molestó el muchacho, no quiero ser un mártir, sólo quiero defender lo que pienso. Pues serás tragado hijo, tragado por los demás peces. El sol, que se ocultó entre dos nubes, hizo oscurecer el mar, el oleaje calmó y las palabras cesaron. Lázaro vio los ojos de Um-briel, confundido, con temor, con desaliento, con coraje. El hombre que admiraba le ponía pruebas. La oscuridad del cielo siguió por más tiempo. Después se volvió a escuchar la voz del muchacho, esta vez, más calmada. Maestro Umbriel cuando muera, ¿iré al cielo? El joven quiso probar la opinión de él. Las nubes seguían oscure-ciendo el cielo. El mar tranquilo. El viento quieto. La piel de Lázaro se le enchinó de inmediato, como si tuviera al demonio frente a él. Varios años viendo los mismos ojos del maestro, oyendo cada palabra, peor aún, siguiendo paso a paso con la educación que le impartía. El hombre sonrió, como si hubiera sido una broma y habló con un tono de voz suave, Tú, hijo mío, irás con tu dios, yo iré con el mío. En ese momento, Lázaro deslumbrado, había comprendido todo.

D.R. Luis Carlos Llamas
D.R. AS: Asesoría en Servicios, Colección: Literatura

19 de agosto de 2009

Crónica del hombre ausente...


Días... de ver lo que uno ha escrito...

Había puesto, hace unos años, que, fuera de casa, cualquier escrito se llamaría Memorias de Ítaca; dando referencia al existencialismo del extrañamiento, ¿existencialismo del extrañamiento? Como sea, el caso es que fuera de casa, el sentimiento vuelve y vuelve, una y otra vez.
Por ahora no he extrañado nada, pues mi tierra lejos y cerca, no está, en estos días, en mi cabeza… ya llegará el tiempo en que extrañaré aquel pedacito de estado, donde viví mi infancia.

Hace unas semanas se publicó mi novelita corta El equilibrio de las cosas; un escrito que tenía tiempo guardado y que, por fin, vio la luz. Confesaré que me puse feliz, pues, claro, en estos tiempos difíciles, es grato tener su propio libro en las manos. Luego, con más calma, daré una breve reseña de la historia de mi libro.

huellas en la arena...


JAVIER TOMEO

BIOGRAFÍA

Javier Tomeo nació en la localidad oscense de Quicena (Huesca) en 1932, se licenció en Derecho y Criminología en la Universidad de Barcelona.

Escritor de acusada originalidad, Tomeo concibe los modos narrativos de forma experimental y muy personal. Sus ficciones parten siempre de situaciones extremas que van desarrollándose, en un proceso que busca subrayar los absurdos de la realidad cotidiana y la incoherencia de la organización social. Su visión de la condición humana es, pues, dramática y existencial, pero también muy lírica y humorística.

Si bien siempre fue un escritor respetado por la crítica, su verdadera consagración llegó a través de las adaptaciones teatrales de sus títulos narrativos, que se iniciaron con el montaje de Amado Monstruo en el Theatre de la Colline, en Paris en 1989, la cual tuvo un gran éxito de público y de crítica en Europa. A estos le siguieron diversos montajes en el resto de Europa y en España: la versión española de Amado monstruo se estrenó algunos meses después en Zaragoza, Yvon Chaix estrenó El cazador de leones con el título Le chasseur de lions, Grenoble, 1990. La versión española fue dirigida en 1993 por Jean-Jacques Préau. También se adaptaron con rotundo éxito Historias mínimas, El castillo de la carta cifrada (estrenada primero en Colonia, 1993 y cuatro años después en París por la Comedie Fraçaise), Diálogo en re menor (primero en Alemania, y en español en 1996) y Los misterios de la ópera (1999). El Centro dramático de Aragón montó La agonía de Proserpina en 2003.

Tomeo es también colaborador en varias publicaciones, y su obra ha sido traducida a diversos idiomas.

BIBLIOGRAFÍA:

· El cazador (1967)

· Ceguera al azul (1969)

· El Unicornio (1971)

· Los enemigos (1974)

· El castillo de la carta cifrada (1979)

· Diálogo en re mayor (1980)

· Amado monstruo (1985)

· Preparativos de viaje (1986)

· El cazador de leones (1987)

· Bestiario (1988)

· La ciudad de las palomas (1989)

· Historias mínimas (1989)

· El mayordomo miope (1990)

· Problemas oculares (1990)

· El discutido testamento de Gastón de Puyparlier (1990)

· El gallitigre (1990)

· Patio de butacas (1991)

· Zoopatías y Zoofilias (1992)

· La agonía de Proserpina (1993)

· El nuevo bestiario (1994)

· Los reyes del huerto (1994)

· El crimen del cine Oriente (1995)

· Los bosques de Nyx (1995)

· La máquina voladora (1996)

· El alfabeto (1997)

· Conversaciones con mi amigo Ramón (1997)

· Los misterios de la ópera (1997)

· El canto de las tortugas (1998)

· Napoleón VII (1999)

· La rebelión de los rábanos (1999)

· La patria de las hormigas (2000)

· La soledad de los pirómanos (2001)

· Cuentos perversos (2002)

· La mirada de la muñeca hinchable (2003)

· El discutido testamento (2003)

· El cantante de boleros (2006)

· Doce cuentos de Andersen contados por dos viejos verdes (2005)

· La noche del lobo

14 de agosto de 2009

pasatiempo del mar...


Conjuro de la tierra

Necesito que el viento
Hable por mí
sobre esta tierra estéril.

Necesito la pluma que con sangre
escriba tu nombre.
Necesito que el mar se seque
cuando empieces a cantar.
Necesito una tumba
para enterrar el papiro
con tu nombre escrito.

Necesito un recuerdo,
para cuando los infiernos regresen,
puedan consolarse en el equilibrio
de mi memoria.

Y cuando tenga todo,
diré:

Que la tierra fértil se despojara
bajo los brazos de los hombres.

la sangre la beberé para tocar tu cuerpo
el mar será desierto,
el papiro develará la oración
y el recuerdo,
vendrá con el fuego
para abrazarme cuando todo termine.

13 de julio de 2009

pasatiempo del mar...

Aún... la soledad se manifiesta más concreta. No hay tierra, no hay mar, sólo un lugar remoto en la inmensidad del espacio.

te espero señora conciencia, al igual que usted, señorita inspiración...

nos vemos más pronto de lo que el viento da vuelta.

1 de junio de 2009

pasatiempo del mar...


La tierra de la mujer


La mujer caminó
por los senderos del paraíso.
Envejecía junto al viento
en busca del semen
de la tierra.

Sus brazos pintados de lodo
fueron limpiados
por los ojos de Eva.

Nació de la costilla de
un cordero,
traído de las tierras
más mansas.

Protegida con pétalos,
cultivó el campo floreado
de esperanzas.

Ni las civilizaciones
más remotas pudieron
hablar con ella.

Confundida con el hebreo,
hizo un trato
con la serpiente.

Tomó la copa llena
de vino;
y se bañó con las manzanas
de un árbol viejo.

Desterrada de las ideas de los hombres,
buscó el camino
donde una vez hecho el maíz,
para que los hombres
pudieran comer.

6 de mayo de 2009

pasatiempo del mar...



La tierra del hombre

I

Una milpa nació de la tierra
árida del desierto.

Su sonrisa llamó la atención
de un hombre que cubría
con sudor las dunas
hechas con el eje del ecuador.
Su mano depositaba el simiente
donde nacerá la milpa.

II

El guardián del dios póstumo
vigiló celosamente
la consagración de la tierra.
Y bebía sin cuidado el vino
que más tarde vomitará.

La milpa brotó,
el silencio fue el mejor aliado,
y la luna la mejor testigo.

III

Caminó a lo largo de aquel mar amarillo
con la pesadez que mantenía
en su cuerpo asimétrico.

Se sentó bajo un árbol,
y vio las constelaciones con
perfecta sintonía.

Meditó hasta ver
las manos de su creador.

27 de abril de 2009

huellas en la arena...


Alan Pauls


BIOGRAFÍA

Alan Pauls nació en Colegiales, en Buenos Aires, Argentina, el 22 de abril de 1959. Con tan sólo trece años comenzó a escribir, notablemente influido por Ray Bradbury, si bien luego descubrió a Cortázar y a Kafka.
Se licenció en Letras y fue docente de teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires.
A finales de los '80 trabajó como columnista de cine y literatura en programas como Cable a Tierra, Badía & Cía.
Publicó su primera novela, El pudor del pornógrafo, en 1984, a la que siguieron algunos títulos destacados como Wasabi o Historia del llanto. Su novela El Pasado, ganadora del Premio Herralde en 2003, ha sido adaptada al cine por el director argentino-brasileño Héctor Babenco.
Ha sido guionista de películas dirigidas por Eduardo Calcagno, su hermano Cristian Pauls y Fito Paéz: Los enemigos (1983); Sinfín (1986); El censor (1995); Vidas privadas (2001); Imposible (2003); y autor del guión para televisión de La Era del ñandú (1987), dirigido por Carlos Sorín.
Como ensayista ha escrito sobre Manuel Puig, Roberto Arlt, Lucio Victorio Mansilla y Jorge Luis Borges.
Ha trabajado como periodista en el suplemento cultural del diario porteño Página/12, fue jefe de redacción de la revista Página/30, y subeditor del suplemento Radar. También ha ejercido de presentador del ciclo televisivo Primer plano, un programa de cine. Fundó la revista Lecturas críticas, una publicación de investigación y teoría literaria.
Como novelista, Pauls utiliza un estilo intimista que juega con la forma y los giros lingüísticos, acompañado de humor negro y una prosa fluida.

BIBLIOGRAFÍA

El pudor del pornógrafo Sudamericana, Buenos Aires, 1984.
Manuel Puig. La traición de Rita Hayworth Biblioteca Crítica Hachette, Buenos Aires, 1986.
El coloquio Emecé, Buenos Aires, 1990.
Wasabi Alfaguara, Buenos Aires, 1994.
Lino Palacio: la infancia de la risa Espasa Calpe, Buenos Aires, 1995.
Cómo se escribe. El diario íntimo El Ateneo, Buenos Aires, 1996.
El factor Borges. Nueve ensayos ilustrados con imágenes de Nicolás Helft, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1996.
El pasado Editorial Anagrama, Buenos Aires, 2003.
La vida descalzo Sudamericana, Buenos Aires, 2006.
Historia del llanto Anagrama, Barcelona, 2007.

16 de marzo de 2009

huellas en la arena...


2. La misma gente

Por un momento había creído que estaba muerto. Pero no fue así, Homerito se había desmayado por el calor en la ciudad; sí, aquel joven de apenas veinticinco añitos, yacía sin fuerzas en el piso de la casa de su amigo Rafa Martínez. Al despertar, con un fuerte dolor de cabeza, se incorporó con trabajos. Su amigo limpió el sudor que escurría sobre la frente de éste. No hubo ni un solo comentario. Doña Celestina, viuda de Martínez, madre de Rafita, siempre alegre en aquel calor de infierno, dejó de abanicarse para correr a la cocina y traer un vaso con agua al joven. El susto había puesto pálida la cara redondota de la mujer, pero eso sí, la sonrisa picaresca, aún, adornaba aquellos cachetotes del tamaño de sus nalgas. La mujer se hincó junto al muchacho y empezó por echarle aire con el abanico, al mismo tiempo que, sin dejar de verlo, le hablaba incoherentemente. Desesperada se levantó y caminó por la sala con la mano en la frente.
–¡Pero que no le pase nada al uruguayo, Rafita!
El otro joven, tratando de ayudar a su amigo, no hizo caso alguno a la regordeta que seguía como zorrillo enjaulado. Por fin a la mujer se le ocurrió correr a su cuarto de los menjurjes, porque, sin bien va o si mal viene, doña Celestina le daba a eso de la cura con hierbas o, a veces, a la lectura de las cartas, o, a la lectura del café o a varias actividades esotéricas. Mismas que aprendió cuando su esposo enfermaba de tifoidea, y que, según ella, lo curaría. Pero fue demasiado tarde, un veinticuatro de noviembre, el viejo ojeroso, flaco como estaca y con una tos imparable, cerró los ojos y no despertó jamás.
La vida de la mujer cambió, pues el seguro del difuntito era de varios milloncitos. Al mes, porque creyó que era un buen tiempo para guardar luto, viajó a Europa a cambiar su guardarropa con los mejores diseñadores y las tiendas más exclusivas. Y terminó inmiscuyéndose con la alta alcurnia de la ciudad, llevando para todos lados las fotos, prueba de los viajes que realizó; que el cafecito con doña Beatriz Iturriaga, que la comida con doña Isabel Cluttier, que ir a donar no sé cuánto al hospicio, y así eran los días de la regordeta, codeándose con la high society.
Pero no acaba ahí, doña Celestina le dio por imitar a Remedios Valencia; quiso tener un amante; y éste, pues claro, le sacó canas verdes. Primero porque Remedios se lo presentó. Supongamos que, tal vez, fue un complot entre ambos para sacarle a la gorda algo de dinero, qué digo, le sacaron una suma que equivalía a varios meses de renta en una zona de alta plusvalía. En fin, el caso es que cuando doña Celestina se entusiasmó con el chamaco, con el prostituto, con el chichifo, o con lo que sea; se lo llevó de viaje a Buenos Aires, pues, sin saber dónde se encontraba la Argentina, se le ocurrió bailar tango en la tierra del tango. Y así fue, lo mejor es que el viajecito de una semanita no le salió caro. Lo que le salió caro fue darse cuenta que el susodicho, se revolcó con varias “che”, y éstas quedaron fascinadas con el mexicanito-trabajador-del-dizque-amor. La mujer lloró, pataleó, le mentó su madre al chamaco, y lo amenazó con dejarlo varado en el país sudamericano. Luego, porque a veces la suerte es muy buena, la gorda desdichada, se vistió elegante esa noche (ya había echado al engendro sexual a la calle, que probara su suerte por las calles porteñas) quiso olvidarse del mal rato, del trago amargo, y partió plaza en un salón de esos donde las parejas no dejan de bailar toda la noche, cerca de Puerto Madero, con el viento del Río de la Plata refrescando sus cachetotes. La vieja se sentó en una mesa, sacó un cigarro y observó con detalle los movimientos del tango. En eso, porque la suerte está dada, el hombre más admirado del lugar se le acercó, y, queriendo y no, le extendió la mano sin decir nada, y la gorda, estupefacta, con la carota roja y la frente brillosa de sudor, se negó al principio, pero aquel narciso insistió, con su acento argentino, al oído, y la señorona, por fin, cedió. Se levantó de la silla y siguió los pasos del melocotón. Primero lo pisó varias veces (el tipo tal vez chillaba de dolor, pero siguió moviendo aquel cuerpote importado desde México) y la mujer rezaba por no arrollar los pies de él, sino la sentaría y seguiría sola, abandonada, desdichada y lo que sigue cuando se está en su caso. Pero no, pasó lo peor, terminó la canción, y en la última nota, el chamacón quiso abrazarla, pero no la pudo, el peso venció al hombre y doña Celestina cayó de espaladas al suelo. La gente, en silencio, la observó, ya después cada quien siguió en sus asuntos. La gorda se puso pálida, sudorosa y, para acabarla, de los nervios, la mujer no pudo levantarse. Pensando en que la tierra se la tragara. Pero aquel caballero se disculpó besándole la mano, se olvidó, de inmediato, del trancazo. Se levantó sonriendo, con la ayuda de él, claro, y se dirigieron a la mesa. Pidieron un Trapiche cosecha noventa y ocho y se quedaron en silencio un momento. Los ojos azules del hombre no dejaban de ver a doña Celestina que, aún apenada, trataba de llevar la situación. Pidieron otra botella, un Medio uruguayo. La plática fue, dejando a lado las cursilerías del ligue, aburrida, hablaron de los dos países. Él, de nombre Pablo, quiso sacarla a bailar de nuevo, pero era lógico que la regordeta se negara, pues aquélla caída le había dejado un trauma como para no bailar jamás. Siguieron charlando y, después de un buen rato, ambos salieron del salón, después de que, en efecto, doña Celestina, engañada y convencida, pagara las botellas y la botana. Caminaron por las calles hasta llegar al obelisco, allí, Pablo le contó un poco la historia del monumento; siguieron y toparon con el Teatro Colón, y así fue en cada esquina. Llegaron al hotel y él, con sus dotes de galán al cien por ciento y ella, sintiéndose la divina garza, entraron abrazados, como una pareja recién casada.
Por la mañana, lo primero que pensó al despertarse doña Celestina fue en el chamaco, prostituto, o lo que sea, y le agradeció tanto, que hasta aventó un beso al aire; luego pronunció el nombre del chamacón, y no obtuvo respuesta. Se incorporó de la cama y lo buscó en el baño, luego en el cuarto contiguo, habló a la recepción desesperada y le comentaron que el hombre, con las características dadas por ella, había salido hacía una hora del hotel. Como rayo, la gorda corrió a su bolsa y se percató que le había dejado la cartera limpia, sin un peso argentino ni mexicano, ni las tarjetas de crédito. Abrió la ventana y gritó a todo pulmón: ¡pinche argentino de mierdaaaaaa!, respiró, porque sintió que le daba un infarto, pero era tanto el coraje que volvió a gritar, esta vez: ¡Chinga tu madre Remedios Valencia!
Como era obvio, a su regreso a México, buscó a las amigas para tomarse el café. Les comentó cada detalle de Pablo, eso sí, el argentino fue su acompañante en los dos días que le restaban; que se fueron a Montevideo, que él le invitó todo, que no sacó ni un cinco ella, que el bombón era tan detallista que le tenía la habitación llena de rosas. Pero por dentro sabía que esos dos días se los había pasado encamada, pues del coraje le había dado calentura. Y al llegar Remedios Valencia a la reunión, la regordeta se levantó, se acercó a ella con su sonrisa de oreja a oreja y dijo con voz suave: “amiga, te agradezco tanto lo que has hecho por mí”, y terminó abrazándola, eso sí, en su interior con todos los deseos de ahorcarla, cachetearla, pero se dio cuenta, que así, en verdad, era la amistad del dinero.
Doña Celestina, después del episodio de Argentina, entró en una depresión que ni el prozac la ayudaba, así que, como era de suponerse, fue a terapia. Pues, como debe de ser, también era nice. Alonso, el terapeuta, era un hombre poco común: cara de actor porno, recia y sin expresiones. Su pelo se teñía de algunas canas y su cuerpo, alto y robusto, lo hacían ver deseable. Poco sonreía, de hecho, decía que acababa con su personalidad. Y para acabarla, sí, porque el hombre conoció a María Félix en unas vacaciones que se dio para Puerto Vallarta (cuando todavía no era famoso y tenía una calle), se sentía que nadie lo merecía. Contaba la experiencia una y otra vez, y su familia, cansada de dudar si fue cierto o no, cambiaba de plática muy sutilmente. La cuestión fue así: era la primera vez que Alonso viajaba para ese puerto, lo hizo, hay que ser honestos, porque su presupuesto no dio para más; se sentó en la playa y dice que una sombra se postró a su lado, ¡era la María Félix! Le alzó la ceja y pidió, al mesero del hotelito, lo mismo que él estaba tomando: cerveza. Luego, porque así son las cosas, la doña le dijo que era muy guapo, que debió ser un gran actor, hasta lo invitó hacer un casting para su próxima película, claro, no pudo ir, porque eso de ser artista a Alonso no le llamaba la atención. Así que sólo le sonrió a la doña y la invitó a cenar… Qué sucedió después, bueno, cada quien invente algo, porque Alonsito de verás que se la fumó.
Pero vamos con doña Celestina, la mujer, primero le sonrió, pues le pareció atractivo el hombre, luego, con mirada coqueta le empezó a platicar su viaje a Buenos Aires, y, como es obvio, omitió el detallito de Pablo, pues quiso vérselas de muy conservadora. Y él le creyó. Tuvo suerte la gorda, esa tarde, Alonsito la invitó a cenar, llamó a su esposa y le dijo que tenía una junta con varios amigos, que iba a llegar tarde. Y esa junta se prolongó hasta altas horas de la noche, pues de la cena, en un restaurante de caché, se fueron a un Motel, escondido en una barranca, muy lejos de la ciudad. Y a partir de ese momento, la regordeta fue amante de su terapeuta. Es bueno contar que sus amigas ya le creen, y Remedios Valencia sólo espera el momento de que dejé a la gorda para ella ligarse al cuero de Alonso.

Homerito se había repuesto del desmayo. Luego doña Celestina, sin argumento, aventó los frascos con varias viscosidades y las ramas de albaca y se hincó junto al joven:
–Ay princesito, qué susto nos sacaste.
Rafita no hizo caso a los comentarios de la madre; ayudó al Guayo a sentarse en un sillón.
–Es el calor, madre –dijo Rafita atolondrado sin dejar de ver a la regordeta que vagaba, nuevamente, por la sala con la vista pegada al muchacho.
–Listo, sólo fue un desmayo –siguió Homerito.
–Pues apúrale, porque Poncho nos espera. Acuérdate del plan…
Doña Celestina al escuchar el plan, qué martirio, siempre tener que lidiar con ¡Nuestra libertad! ¡Justicia para los desaparecidos! A la vieja le daba por pelar los ojos como gato, y sus manos empuñadas empezaban a sudar. El cuerpote le temblaba y un mareo suave le llegaba casi al desmayo.
–¡Rafita ten cuidado! Y tú princesito, cuídate mucho, el pasado está en el pasado. Ahora tienes la oportunidad de formar una familia –esto último, los muchachos ya no lo escucharon.

(continuará en el capítulo 3)

17 de febrero de 2009

Crónica de un hombre ausente...

Inspiración, dónde andas????

Huellas en la arena...


GUILLERMO CABRERA INFANTE

BIOGRAFÍA

Guillermo Cabrera Infante nace en Gibara, provincia de Oriente, Cuba, el 22 de abril de 1929.

En 1941 sus padres emigran a La Habana.

Comienza a escribir en 1947, pero abandona sus estudios y una soñada carrera en medicina y empieza a trabajar en numerosos oficios o, como él mismo dijo, "en uno solo repetido".

En 1949 crea el semanario Nueva Generación y en 1950 ingresa en la Escuela de Periodismo local en la que descubre la que va a ser, junto al cine, una de las pasiones de su vida.

En 1952 es detenido y multado a causa de la publicación de un cuento suyo, Bohemia, que contenía, según las autoridades cubanas, "english profanities". En esta época se revela como un acérrimo opositor al régimen dictatorial de Batista, postura que le llevará a la cárcel.

Se casa por primera vez en 1953 y, un año más tarde, comienza a escribir bajo el seudónimo de G. Caín la crítica de cine en "Carteles", semanario popular del que llegaría a ser jefe de redacción el año 1957. Además de sus actividades periodísticas, continúa con la literatura de ficción y en los siguientes años gana premios y menciones con sus cuentos. Participa de manera muy activa en vida intelectual del país; funda la Cinemateca de Cuba, que presidirá de 1951 a 1956, y en 1959 es nombrado directivo del Instituto del Cine. Por otro lado, ocupará el cargo de director en el magazine literario "Lunes de Revolución" desde su fundación hasta la clausura de ésta en 1961. En 1960 publica su primer título importante "Así en la paz como en la guerra".

A finales de 1961 se casa en segundas nupcias con la actriz Miriam. Al año siguiente viaja a Bélgica como agregado cultural. Esta salida de su país, del que no dejará de escribir a pesar de sus más de treinta años de exilio, modifica su postura respecto de la revolución cubana y pasará a convertirse en una de las voces críticas del régimen.

En 1967 publica "Tres Tristes Tigres", la novela que le dará cierta notoriedad internacional. En ella hace una espléndida descripción de la noche, la cultura y el ambiente musical de La Habana con un lenguaje con el que no deja de experimentar y jugar. Crea un imaginario de la ciudad que marcará para siempre a la capital cubana en su imaginario literario:

"El gran descubrimiento de mi vida fue la ciudad de La Habana. No solamente descubrí la ciudad sino descubrí un cosmos, descubrí un hábitat y descubrí un mundo particular. Para mí eso fue decisivo...", declaró.

En 1965 regresa a su adorada Cuba con motivo de asistir a los funerales de su madre y renuncia a la diplomacia exiliándose en Europa.

Su pasión literaria siempre corrió paralela a su otra pasión: el cine, por lo que en 1970, viaja a Hollywood para el rodaje de su guión de Banishing point. Desde entonces, realiza colaboraciones para el cine, entre ellas, el guión de Bajo el volcán de Joseph Losey. Colabora en las mejores publicaciones de Europa y América. De gran interés resulta la colección de artículos sobre cine, colaboraciones escritas entre 1954 y 1960, aparecidas bajo el título Un oficio del siglo XX en 1973, y el conjunto de ensayos sobre Orson Welles, Hitchcock, Hawks, John Huston y Vicent Minnelli, reunidos en Arcadia todas las noches en 1978.

Ha sido profesor en las universidades de Virginia y de West Virginia y conferenciante en otras universidades americanas, como la de Oklahoma. Es Doctor Honoris Causa por la Universidad Internacional de Florida y está en posesión de la medalla Sancho IV de la Universidad Complutense de Madrid.

Su amplia y diversa obra está marcada por este placer extremo por el juego con las palabras:

“Yo escribo autobiografías en forma de ficción, donde los elementos autobiográficos están tratados también como otros elementos de la ficción. Lo que me interesa realmente es lo que se pueda contar en términos de palabras intercambiables, palabras con las que se pueda jugar, palabras que puedan conducir a otro terreno que no sea el de la mera narración lineal.”

Guillermo Cabrera Infante ha residido los últimos cuarenta años de su vida, dedicado a la literatura y el periodismo, en Londres, ciudad en la que falleció el pasado 21 de febrero, a los 75 años.

BIBLIOGRAFÍA

Así en la paz como en la guerra. (1960)
Un oficio del siglo XX. (1963)
Tres tristes tigres. (1967)
Vista del amanecer en el trópico. (1974)
O. (1975)
Exorcismo de esti(l)o. (1976)
Arcadia todas las noches. (1978)
Cuerpos divinos. (1979)
La Habana Para un Infante Difunto. (1979)
Holy smoke: Publicado en castellano Puro Humo (2000). (1985)
Vista del amanecer en el trópico. (1987)
La próxima luna. (1990)
Mea Cuba. (1992)
Delito por bailar el chachachá. (1995)
Mi música extremada. (1996)
Ella canta boleros. (1996)
Cine o sardina. (1997)
Vidas para leerlas. (1998)
Cervantes, mi contemporáneo. (1998)
Minotauromaquía. (1998)
El libro de las ciudades. (1999)
Todo está hecho con espejos. (1999)
Puro humo. (2000)

7 de enero de 2009

Crónica de un hombre ausente...

Esperemos que este año sea más inspirado!!!

huellas en la arena...


AGUSTO ROA BASTOS


BIOGRAFÍA

Augusto Roa Bastos nació en 1917 en Asunción (Paraguay). Pasó su infancia en Iturbe, un pequeño pueblo de la región del Guairá, escenario de sus primeros relatos.
Fue testigo de la revolución de 1928, trabajó como voluntario en el servicio de enfermería durante la etapa final de la guerra del Chaco (1932-1935) contra Bolivia, y, sin afiliarse a partido alguno, fue poniéndose al lado de las clases oprimidas de su país. Trabajó en múltiples oficios y comenzó a publicar en prensa.
En 1945, invitado por el British Council, viajó a Gran Bretaña y Francia, y sus entrevistas y crónicas del final de la II Guerra Mundial se publicaron en el diario "El País" de Asunción. En 1947, nada más regresar a Paraguay, las persecuciones desencadenadas por la dictadura militar, tras una breve primavera democrática, le obligaron a huir a Buenos Aires iniciando un prolongado exilio. En Argentina sobrevivió con todo tipo de oficios sin abandonar nunca su actividad literaria.
En 1953 publicó "El trueno entre las hojas", su primer libro de relatos, y en 1960 "Hijo de hombre", título que iniciaba su trilogía sobre el monoteísmo del poder. A éste le seguiría "Yo el Supremo", su obra maestra y una de las cumbres de la literatura castellana contemporánea; en la que narra la historia de José Gaspar Rodríguez Francia, dictador del Paraguay durante veintiséis años.
En 1976 se trasladó a Francia, invitado por la Universidad de Toulouse le Mirail. En 1982, tras un breve viaje a su país, fue privado de la ciudadanía paraguaya, y se le concedió la española en 1983.
Nombrado profesor de Literatura Hispanoamericana, creó el curso de Lengua y Cultura Guaraní y el Taller de Creación y Práctica Literaria. Fue miembro de honor de varias universidades hispanoamericanas, europeas y norteamericanas.
En mayo de 1989, Bastos regresó a Paraguay a pedido de André Rodríguez, el líder nuevo del país.
Ha recibido prestigiosos premios y condecoraciones.
Pocas veces en un escritor latinoamericano la realidad de su país pesó tanto como el Paraguay en la obra de Augusto Roa Bastos. En una entrevista reciente declaraba: "En el ocaso de mi vida, quiero rendir este homenaje al pueblo en el que amaneció mi vida, un pueblo cuyas gentes esconden el sentido de lo esencial, ese saber entender lo que hay de excepcional en la vida". Su obra maestra, Yo, el supremo es una de las obras que caracteriza canónicamente el pensamiento político-histórico en un texto de ficción. La reflexión sobre la figura del dictador había sido ya tratado por escritores de la talla de Miguel Ángel Asturias o Alejo Carpentier , García Márquez o Vargas Llosa, pero la tradición del dictador como tema la extrae Roa Bastos de la novela fundacional Tirano Banderas de Ramón del Valle Inclán. La complejidad formal de esta obra insigne no es nunca una frivolidad textual, sino exigencia de la complejidad humana y moral que tiene que encarnar. Su intriga es siempre una metáfora de un funcionamiento entre kafkiano y perverso del poder. La ceguera del poder, el terror y la locura suicida son algunos de los ejes temáticos que marcaron la obra y la vida del escritor.
Más de veinte títulos, entre novelas, cuentos, obras de teatro y poesía, componen su obra, que ha sido traducida a veinticinco idiomas. Fue en su pueblo natal donde Augusto Roa Bastos tomó conciencia de su condición de bilingüe: "De este equilibrio entre la cultura hispana guaraní es de donde ha de surgir la literatura paraguaya del futuro".
Augusto Roa Bastos falleció en la misma ciudad en la que nació (Asunción, Paraguay), el 26 de abril de 2005, a los 87 años de edad.

BIBLIOGRAFÍA

· El ruiseñor de la aurora y otros poemas (1942)

· La Inglaterra que yo vi (1946)

· El trueno entre las hojas (1953)

· Hijo de hombre (1960)

· El naranjal ardiente: Nocturno paraguayo (1960)

· El baldío (1966)

· Madera quemada: Cuentos (1967)

· Los pies sobre el agua (1967)

· Moriencia: Cuentos (1969)

· Cuerpo presente y otros cuentos (1971)

· El pollito de fuego (1974)

· Yo el Supremo (1947)

· Cándido López (1976)

· Los juegos: 1: Carolina y Gaspar (1979)

· Lucha hasta el alba (1979)

· Antología personal (1980)

· Contar un cuento y otros relatos (1984)

· Carta abierta a mi pueblo (1986)

· Los dilemas de la integración iberoamericana a la luz del V Centenario del descubrimiento de América: III lección conmemorativa Pascual Madoz, 16 de enero de 1986 (1986)

· El tiranosaurio del Paraguay da sus últimas boqueadas (1986)

· El texto cautivo: el escritor y su obra... (1990)

· Vigilia del almirante (1992)

· El fiscal (1993)

· Contravida (1995)

· Metaforismos (1996)

· Madame Sui (1996)