
Lo prometido es deuda, aquí está el primer capítulo de la novela corta: El equilibrio de las cosas, de mi autoría.
¿Y quién eres? Preguntó Lázaro
¿Quién crees que soy? Siguió el hombre.
Lázaro supo de inmediato que aquella mirada era conoci-da para él. Se mantuvo quieto. Su corazón latió con fuer-za. Al ver las manos del hombre se percató de las señas de la crucifixión. Lázaro se sintió como el Apóstol Tomás, cuando duda de la resurrección de su Señor. Tragó saliva varias veces, sus piernas temblaron y sus manos sudaron. Volvió a ver los ojos del hombre, y con voz suave contestó:
Eres…
Su sorpresa dio a una inquietud: quién era él, un mucha-chito de un puerto pequeño, de condición humilde y con poca educación para ser visitado por el Señor. Y más al pensar el motivo de la visita de Jesús. Por lo que se atre-vió a preguntar:
¿Señor, qué quieres que haga?
¿Quisieras hacer algo por mí?
Sí, respondió Lázaro sin dudar.
Entonces, sé mi servidor.
En una especie de visión se contempló frente al Señor y se sintió abrumado. ¿Era realmente posible que Jesús se hubiera fijado en él para ser su servidor? Con temor en el alma se atrevió a increparlo.
Señor, ¿verdaderamente crees que yo puedo llegar a ser tu servidor?
Él lo miró piadosamente y le respondió: Eso de-pende de ti. Entonces se vio en el camino del Gólgota y entre la muchedumbre divisó el rostro sangrante de Jesús, que había caído por tercera vez.
Al despertarse, se mantuvo por segundos sin ningún movimiento, como si estuviera paralizado. Quiso recordar cada momento del sueño, que, aún despierto, lo sentía real. Se incorporó, y como ya era rutina para él empezó a rezar, pero esta vez era un rezo diferente a los demás, y no porque haya cambiado el sentimiento que origina el orar, sino más bien, porque lo había visto, y Él, lo había visto también. Habían charlado. Quiso recordar el color de aquellos ojos que por un momento le hicieron estremecer. Mantuvo la idea, sólo pensó en cuál era el color de sus pupilas. Luego, con la memoria aún fresca, detalló su rostro bañado en sangre, que, naturalmente, manchaba el manto que cubría su cuerpo. Lázaro, con el rostro hundido en el sueño que había tenido, y con un sudor que cubría su frente, mojando parte del cabello, cerró los ojos y, sin importarle, unas lágrimas resbalaron por sus mejillas con apenas un vello fino, disperso, casi visible, casi negro.
Lázaro seguía hincado y rezando. Sus codos re-cargados en la dureza del colchón empezaron a dolerle, no le importó, quería mantener en su cabeza la misma imagen de Jesús. Estar hincado, con el dolor en los co-dos, era, según él, la mejor oración que haya tenido. Quieto, en silencio, Lázaro siguió en esa posición hasta que un rayo de luz entró por un orificio de la cortina. Aquel rayo de luz se hizo grande hasta iluminar por completo su pequeña habitación. En su frente resbalaban gotas de sudor que no limpiaba, seguía en la oración de la mañana. Sus labios se movían en silencio, murmurando palabras dichas a través de los siglos. Un llamado a la puerta hizo desistir de la oración. Al incorporarse en silencio, sin preguntar quién era, acomodó su camisón y abrió lentamente, como si pesara demasiado la madera apolillada. Los ojos de su madre buscó. La mujer, parada en el umbral, sonrió. Sus dientes se dejaron ver con natu-ralidad, Lázaro amaba aquella expresión cada vez que la veía, admiraba el gesto pronunciado que hacia su madre. Hola madre, dijo con una voz suave, la sonrisa seguía en el rostro de porcelana de la mujer. Se hincó frente a él y, sin quitar la expresión, abrazó a su hijo, después lo vio con la ternura merecedora y la sonrisa cesó, Hoy llegas a los dieciséis años, siguió con una voz quebrada, Ya tuve el mejor regalo, dijo Lázaro con los ojos llenos de miste-rio, la mujer echó a reír, como si la frase hubiera sido una broma, En serio, madre, he tenido el mejor regalo. Hor-tensia no dijo más, como era de esperarse, su hijo no pediría nada para celebrar su cumpleaños, lo sabía bien. Siguió en silencio, abrazándolo. La mujer entró a la habi-tación y sacó del ropero una camisa blanca y un pantalón negro. Después, ya tranquila de la emoción, vio de nuevo a su hijo y puso sobre la cama el uniforme de la escuela. Salió del pequeño cuarto y se perdió. Lázaro se desnudó y recordó el sueño. De nuevo, su piel se enchinó y sus ojos temblaron al asomarse las lágrimas. Se vistió con la imagen en su mente, con los detalles que, queriéndolo, iban vibrando en su corazón. No era la primera vez que había tenido el mismo sueño, aunque, ahora, había sido más detallado. Lázaro, a la edad de ocho, los ojos de Jesús lo vieron por primera vez.
Caminó por la calle. El sol, fuerte como el mar, se desvanecía bajo la sombra de los árboles, como olas que, a su debido tiempo, oscurecen la arena. La vista del océano, a lo lejos, formaba una recta brillosa. Y las aves volaban entre el calor insoportable. Siguió por la calle hasta la escuela. El maestro, llamado Umbriel, hombre alto, con pelo rizo y piel morena le sonrió. Sabía que ese día, Lázaro tenía un año más de vida. Lo vio hasta que tomó asiento. Serio como siempre empezó con la clase, el tema, ecuaciones para saber los grados de un triángulo. La atención de Lázaro era inminente, pues, siempre, tra-taba de sobresalir en las tareas y en las clases. Levantaba la mano discretamente, no quería ganar el rencor de los demás estudiantes, y eso, Umbriel le gustaba, sabía de la perseverancia que su discípulo mantenía con el resto de los jóvenes. Era una buena excusa para ocultar su inteli-gencia. Umbriel, hombre reservado también, lo ayudaba a no enfocar la clase en él, ya habían platicado los dos al respecto.
Lázaro a pesar de que su padre era pescador, ayudaba a Umbriel los sábados a pescar, pues disfrutaba demasiado de la plática que ambos tenían. Y no por hacer a un lado a su padre, ya que era un buen hijo, y Manuel lo sabía; más bien, la charla de su maestro era diferente a las demás. Sus dudas eran, por decirlo de una manera, respondidas e interrogadas en medio de la bahía. En la espera de que un pez, con la boca atravesada del anzuelo jale la caña. Así era cada sábado, salvo en días donde el cielo era negro y la lluvia presente. Y al día siguiente lo vería. Lázaro anotó cada letra del dictado y cada ecua-ción de aritmética, pero aún así, en su cumpleaños, en un día soleado, con el cuerpo mojado de sudor y los ojos secos, en su mente, subsistía la misma imagen: Jesús con la cruz en las espaldas y el rostro ensangrentado. Ter-minó con el pensamiento, pues en su mejilla una lágrima resbalaba y no quiso ser burla de los demás.
Al salir de la escuela, un viento hacía volar las hojas secas de los árboles. La arena entraba en la pupila provocando un malestar. Esperó a su hermano Joaquín, ocho años más chico. Viéndolo venir hacía él se alentó, pues su impaciencia lo desesperaba con facilidad, y para él, era un error que debía componer. Lo tomó de la mano y caminaron juntos. En eso, la voz del infante rompió el silencio, El maestro (que era diferente por el grado esco-lar), dijo que nosotros venimos de la evolución, no en-tiendo nada Lázaro, pues nuestros padres dicen que ve-nimos de Adán y Eva. Lázaro paró de caminar, vio hacia el mar, detalló la línea que separa dos mundos: el marino y el celestial. Y pensó: El cielo, donde los hombres cre-cen, según él, el otro, el marino, donde los hombres co-men. Volteó a ver a su hermano que no dejaba de obser-varlo, esperando su respuesta. Joaquín admiraba a Láza-ro, seguía sus pasos en el saber. Sus ojos, del color de la miel, poseídos por los de su hermano mayor, emitieron ternura. No hagas caso, habló Lázaro, no hay nada cierto en eso; Pero..., siguió Joaquín, No dudes, hermano, no dudes de la palabra del Señor, interrumpió al infante. Después siguieron caminando hasta su casa, en silencio. Joaquín con la duda más grande en su cabeza y Lázaro con la vista al mar.
Ambos llegaron sofocados por el calor. Lázaro vio una caja envuelta sobre la mesa; su corazón latió a tal rapidez que no esperó un segundo en la puerta cuando ya tenía el regalo en sus manos. ¡No impacientes hijo!, ex-clamó el padre, con la sonrisa forzada, no esperes nada lujoso; No espero nada, padre, sólo es la emoción, siguió el joven. El muchacho abrió el obsequió y sacó de éste el libro más bello que haya visto, la tapa negra y, sobre ésta, el nombre escrito con letras doradas La Imitación de Cristo•. Lázaro no lloró, tampoco agradeció el presente, la sorpresa no lo dejó.
Ayer no olvidé tu cumpleaños, hijo, dijo Umbriel con la voz grave que lo caracterizaba. El muchacho, con la cara llena de sudor y esperando impaciente a que un pez jalara el anzuelo lo vio con gusto. Se dio cuenta de la importancia que tenía aquel hombre hacia él. Atentó Lázaro en no ir, como todos los sábados, pues la emoción de la nueva lectura le impedía salir de casa; pero la charla con Umbriel también era importante, y, con toda la abne-gación, salió de su hogar. En ese momento, mareado del oleaje, se mantuvo en silencio, con las manos sujetando la barca, y sin dejar de ver los ojos del hombre preguntó, ¿Maestro, por qué se empeñan en enseñar la teoría de la evolución del hombre en la escuela, y no la descendencia del hombre, como debe de ser, como lo enseñan las cate-quistas de la parroquia? Umbriel, con una mano sostenía la caña de pescar y con la otra se sujetaba para no caer por el oleaje. Juárez, hombre de nuestra historia, separó la Iglesia del gobierno, es por eso que la educación se convirtió en laica, dijo el hombre sin verlo. No debe de ser así, continuó Lázaro, pues las costumbres se traen desde la conquista. El hombre frunció la frente, Hijo, la mente es libre, tus creencias son aceptables, pero deja que las demás personas respondan por ellas mismas, que sean capaces de aceptar las verdades que más les con-vengan. Por eso, maestro Umbriel, no somos mejores, pues nos preocupamos por cosas vanas y no por las espi-rituales. Entonces, no mates a los peces, hijo, si crees en la espiritualidad, no pienses mal. Sonrió hipócritamente el hombre. Lázaro inquieto a las palabras de Umbriel, giró la vista y vio como la caña se jaloneo; Umbriel la sacó del agua con un pez, sin dejar de ver a su discípulo, quitó el anzuelo y lo regresó al mar ya sin vida. Flotó. De inmediato, una espuma rodeó al pescado sirviendo de alimento a otros. Ésa es la vida, Lázaro, somos carnada de esta sociedad, sino riges las leyes te convertirás en el pez tragado. Maestro, pero los hombres que lucharon por defender sus ideales, ahora, son mártires. El hombre echó tremenda carcajada, sacó del agua el anzuelo y lo puso junto a él, ¿Quieres ser como San Sebastián o los demás mártires? Ya eres un hombre, no te dejes llevar por idea-les. ¡No!, expresó molestó el muchacho, no quiero ser un mártir, sólo quiero defender lo que pienso. Pues serás tragado hijo, tragado por los demás peces. El sol, que se ocultó entre dos nubes, hizo oscurecer el mar, el oleaje calmó y las palabras cesaron. Lázaro vio los ojos de Um-briel, confundido, con temor, con desaliento, con coraje. El hombre que admiraba le ponía pruebas. La oscuridad del cielo siguió por más tiempo. Después se volvió a escuchar la voz del muchacho, esta vez, más calmada. Maestro Umbriel cuando muera, ¿iré al cielo? El joven quiso probar la opinión de él. Las nubes seguían oscure-ciendo el cielo. El mar tranquilo. El viento quieto. La piel de Lázaro se le enchinó de inmediato, como si tuviera al demonio frente a él. Varios años viendo los mismos ojos del maestro, oyendo cada palabra, peor aún, siguiendo paso a paso con la educación que le impartía. El hombre sonrió, como si hubiera sido una broma y habló con un tono de voz suave, Tú, hijo mío, irás con tu dios, yo iré con el mío. En ese momento, Lázaro deslumbrado, había comprendido todo.
D.R. Luis Carlos Llamas
D.R. AS: Asesoría en Servicios, Colección: Literatura