
Soneto a Montevideo
Luis Carlos Llamas
"Estoy convencido de que en un principio Dios hizo un mundo distinto para cada hombre,y que es en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir."
Óscar Wilde
Para Jorge Larios, quien disfrutó junto conmigo el viento de Montevideo.
1.Una vez, Montevideo
—¿Y cómo lo vamos a matar? —preguntó Alfonsito Marín mientras se bebía el resto de la cerveza de un sólo trago.
—Tengo un plan —siguió Homerito Bustamante, alias el Guayo, apodo derivado de Uruguayo.
—Pero de una vez te digo pinche Guayo, si todo sale mal, el que se va a cagar eres tú.
—No te preocupes Poncho, ese cabrón, sea como sea, tiene que estar muerto. Y entonces, tú y yo festejaremos con unos tequilitas.
—La que me lleva... y yo en tus pendejadas.
Ambos rieron. El Guayo midió la distancia de la bola negra a la azul con número seis; y al tirar, ésta salió de la mesa de billar.
—¡Mierda!
Porque así era la vida del Guayo, pura mierda con el plan que tenía en manos desde hacía años. Desde que vivía con su tía Claudia cerca de la playa Pocitos, por la calle Juan Benito Blanco, en su natal Montevideo. Ay Guayo, qué razón tiene tu amigo al tener miedo de un plan macabro qué ni idea tienes de las consecuencias. Sólo matarlo. Pero, claro, el rencor puede más ¿o no? si por eso estamos en esta vida, para hacer todos los pecados. Bien lo decía el padre Anselmo, aquel viejo que apenas podía caminar, si los humanos fuéramos como nuestro Señor, el mundo sería aburrido. Qué razón tenía el sacerdote, sí, vivimos en medio de envidias, rencores y venganzas; y tú, Homero Bustamante, alias el Guayo, eres parte de esa vida. Y, porque el tiempo es sabio, has llevado el plan estos años, con una fuerza bruta que revuelca tu estómago cada vez que te acuerdas de él. Porque si no fuera por ese hombre, tu querida mamá, ex empleada del Correo Central, y tu respetable papá, un abogado litigante, no estuvieran a tres metros bajo tierra, ¡pero así es el destino, Guayo! Así es cuando a uno le toca, y eso todavía no lo comprendes. A ver, dime, qué ganas con darle en la madre a ese cabrón, dime...
¿Cuál es el plan, muchacho?
Hay varios, meterle un plomazo en la frente, o bonito se vería un tiro de gracia. Envenenarlo, pasarle el carro en cima cuando cruce la calle. Eso tú lo sabes, ¡ah! pero antes de actuar, antes de hacer lo que tienes que hacer, le dirás quién eres, dirás que eres hijo de los Bustamante. Después, como es obvio, les escupirás en la cara, porque se lo merece, y para finalizar, al momento en que aprietes el gatillo, cerrarás los ojos y verás a tu madre sentada en la mecedora, tejiendo un suéter para otoño, como siempre lo hacía; con aquella sonrisa que tanto te gustaba, que te hacia sentir que nada pasaba. Luego, porque todo pasa en segundos, verás a tu padre, con el periódico en mano, carraspeando después del trago de café. Te llegará otra imagen, los verás juntitos, igualitos a como estaban en el cuadro de la sala. Tu madre sentada, con un vestido blanco y su cabello sujetado con la horquilla de la abuela, y tu padre parado junto a ella, con el traje del abuelo que había comprado en París en los años cincuenta.
Jalarás el gatillo y gritarás: ¡Vete al infierno Pedro Montalvo!
La bala irá lento, muy lento, porque una muerte lenta es más espectacular, más de emoción, más de agonía (sí, de qué sirven tantos años alimentado el rencor, ideando cada escena de la venganza, ¿para qué sirven? Si en cuestión de minutos, el hombre, ya no estará en esta vida, todo quedará en el pasado) por eso será muy lenta. La bala llegará a la frente y entrará despacio, abriendo con cuidado la piel, penetrará por el cráneo y, por supuesto, salpicará de sangre. Los ojos de Pedro Montalvo quedarán abiertos, tan abiertos que hasta tu sombra tendrá miedo. Estarán viendo al cielo. Primero verá las nubes, luego la vista se manchará de rojo y terminará en un oscuro terrible.
¿Hay otro plan Guayo?
El consuelo de reivindicar lo que te quitaron. La pura venganza. El bienestar de tu corazón. Y la tranquilidad de saber que todo acabó. Porque así sería, todo acabaría en ese momento, quedarte con un buen sabor de boca, hacer justicia a tus progenitores. Pero eso sí, mantendrás en tu cabeza la imagen de Pedro Montalvo en el suelo, rodeado de sangre, porque eso sí lo vale. ¡Y lo vale muy bien!
Luego, porque cuando pasan estas cosas, pensarás en el pasado, cuando, en tu niñez, entraron a tu casita. Tu madre te dijo que te quería mucho, nunca imaginaste que esas palabras fueron las últimas que escuchaste de ella. Te encerró en el armario y hubo un silencio. Tu cara se cubría de sudor y tus piernas, al igual que tus manos, temblaban. En eso, por la rejita de la puerta del clóset, viste sombras, y una de ellas alzó un rifle, que manchó de sangre el piso, y cuando pasó todo, saliste muy despacio, y te diste cuenta que esa sangre que pintaba de rojo el suelo era la de tus padres. Cerraste las manos en puño, e investigaste quién había sido ese cabrón, hasta que diste con su nombre (amigos anónimos de tus padres te lo dieron), cuando, por fin, conseguiste una escuadra, lo buscaste por todo Uruguay, hasta que supiste, gracias a tu buena suerte, que el asesino se había fugado a México. Juraste, porque luego el orgullo viene, en que saldarías cuantas, porque así es el destino. Y sabías muy bien, que un día, corto o lejano, lo tendrías frente a ti.
De todas maneras ya tenías el camino directito al infierno. Sí, recordaste cuando le diste una “ayudadita” a tu abuelo. ¿Cuántos años tenías? ¿Siete? Tu tía Claudia puso al viejo en la silla de ruedas junto a las escaleras, como le hacía siempre cuando tenía cita con el doctor. Después iba por don Prudencio, el mecánico de la esquina, para que le ayudara a bajarlo, pues claro, aquel chalán le echaba los perros a tu tía, por eso hacía el favor ¿a ver, quién da paso sin huarache? Nadie. Ese día por fin lo decidiste: le quitaste el freno a las dos llantas, cerraste los ojos, y lo empujaste por las escaleras, no sin antes recordar las porquerías que ese viejo, que iba rodando en cada escalón, te hizo. ¿Se hizo justicia? Sólo Dios o el diablo saben, o tu conciencia en todo caso. Justicia era para ti en esos momentos, que tu abuelo te chingara parte de tu niñez. No te pesó que el anciano terminara en el suelo ya muerto, ¡no! Pues a él no le pesó que mucho tiempo, cuando tus padres te dejaban de encargo con tu tía Claudia, se sacara el falo pachichi, te lo enseñara, y todavía, con la lujuria brotándole de la boca, con palabras sucias, te pidiera que lo masajearas. Y ya amenazado, no quedaba de otra, terminabas por cerrar los ojos y tocar aquel pellejo aguado rodeado de pelos. Y en ese momento te quedaste sin abuelos. Los maternos habían muerto en un accidente, y los paternos: tu abuela sufrió un infarto que la mandó directito a la tumba, y tu abuelo, a ése tú lo enterraste.
Pero volvamos a la realidad. El Guayo había llegado a México por medio de paquetería, sí, llegó por paquetería al país. Comenzó cuando conoció a Basilia Montes, en la parroquia del barrio; fue, digamos que un milagro, pues la virgen lloraba sangre, al menos eso decía le gente. Y hay va Homerito de chismoso y, en efecto, vio, con sus propios ojos, como emanaba sangre la imagen. Se puso blanco, se persignó y terminó por hincarse. La gente oraba y seguía orando; el padre Anselmo, consternado, estaba por escribir una carta al Vaticano para que vinieran de allá e investigaran el milagro, o, el posible mensaje que la imagen, daba a sus feligreses. Y Homero abrió los ojos para apreciar más a la Inmaculada bañada en sangre y al voltear ahí vio, como otra virgen, una mujer que se acercaba a tocar un poco de la imagen para después persignarse; y la siguió viendo, y no paraba de verla. Y la muchacha lo vio, y como detenidos en el tiempo, sin importar el brote de sangre de la imagen, ni el berreo de la gente, ni las ancianas con los brazos al cielo pidiendo clemencia, ni los vendedores que ya estaban en el interior de la capilla, ni le importó, tampoco, las suplicas del padre Anselmo. A Homerito se le cumplió el milagro con esa chamaca. Primero se acercaron, temerosos, eso sí, después ella extendió su mano y él, también. Se tocaron. Se vieron a los ojos y luego, un grito se escuchó por toda la capilla, habían descubierto el meollo del milagro: una gotera que salía de una grieta en el techo, y como la construcción era de ladrillo, caía el agua media rojiza, porque así, a veces, pasan las cosas. Y pues no queda de otra que entenderlas como vienen. Creer y creer porque así habían enseñado a Homerito, a creer sin preguntar, a no dudar de los milagros. Pero ahora ya no sabía qué pensar. La gotera caía muy lenta del techo directito al rostro de la Inmaculada, para ser más específico, a los cachetes de la imagen. Luego resbalaba muy lento hasta caer al suelo y estallar en mil gotitas. Pero la gente tenía que creer en el milagro, porque así tenía que ser y punto. Pero el milagro ya no le importaba a Homerito, no, ahora le importaba aquella mujer frente a él, aquella fémina con las mejillas pintadas de colorete y pestañas enchinadas con la cuchara. Un vestido ampón, de esos de quince años, pero que llegaba a la rodillas, y su cabello sujetado con una cinta roja, tan roja que encandilaba cada vez que le pegaba el sol. Basilia, se escuchó, con voz suave, el nombre de ella en el eco de la capilla. Y luego el de él, no sin antes carraspear de nervios. Salieron juntos (ya no les importaba el milagro) y se dirigieron a tomarse un cafecito. Hablaron de muchas cosas, y así siguieron en los demás días. Homerito con el corazón en la mano, justo para entregárselo a la niña Basilia, que por dentro se desvanecía por el Guayo. Y como dicen que en la mirada dice más que mil palabras, había tardes en que no hablaban nada. Y hay van los tórtolos por doquier, por las calles de la ciudad derramando miel. Y el milagro ya no era milagro, habían sanado la gotera y, como era de esperarse, las ancianas con las manos al cielo pidiendo clemencia, remataban que la virgencita había dejado de llorar por culpa de los maricones que andan por ahí, besándose y paseándose en delante de la gente con valores. Por culpa de ellos, gritaban, el cielo se va oscurecer y vendrá el Apocalipsis. Y los dos, caminando por los atardeceres, sin que les importara nada. Ni siquiera que el milagro había acabado. Y luego pasó lo que pasó. Lo que el Guayo a través de los años ha llevado en su corazón. Un dieciséis de octubre, en plena primavera en aquel país, se despidió de Basilia. Qué pena tan grande, Señor. Sentiste, por primera vez, como un rayo atravesaba tu garganta y tu corazón. Qué pena tan grande, Señor. No se puede comparar. Y tus lágrimas resbalaban en su cause ya surcado. Qué pena tan grande, Señor. Esa noche entraste por la ventana a la habitación de Basilia. Ella, con sus ojos cristalizados, te vio como la primera vez que te tocó tus ojos con los suyos. Quiso abrazarte pero de contuvo, pues sería lastimarte. Y así fue, hicieron el amor, se vieron toda la noche; Homerito, nostálgico, pasaba su índice por cada línea del cuerpo de Basilia, luego la dibujaba en el viento, y así, a donde fuera, la podría dibujar en el mismo viento para no olvidarse de ella. Pero el joven no quería irse, no. Pero tenía que hacerlo. Y él, con los ojos llenos de lágrimas veía una y otra vez a su Basilia, porque no sabía cuándo estaría, de nuevo, frente a ella. ¡Ay Homerito!, separarte de la persona que más amabas, eso sí que es de sufrir, primero tus padres, y, qué desgracia, sigue tu novia, así es el destino de cabrón, porque la cosas pasan y pasan por algo. Qué pena tan grande, Señor. Por la mañana, se despidió de la tía Claudia, en la mano, sostenía con fuerza la dirección de Regina, su tía que no conocía, pero que era hermana de su madre. Con llanto en los ojos y usurpó a un trabajador de la empresa de paquetería. Así fue como llegó a México, donde el otoño estaba por comenzar.
¿Y cómo conoció el Guayo a Alfonsito? Todo empezó cuando Camila Aguilar se presentó en el billar. Hermosa la niña, bueno, la mujercita, pues ya estaba en edad de merecer. De hecho, ya tenía un pasado bien puesto, de esos pasados donde varios chamacos la hicieron feliz, muy, pero muy feliz. Y la mamá todavía preocupándose porque no estuviera la muchacha sola con un hombre. Sí, porque esas son las buenas costumbres, y ella, como debe de ser, una muchacha de buena familia, bien portada, no debía estar sola con ningún galán. Cuando iba al cine con su prospecto, pues, en efecto, tenía que ir de chaperón Danielito. Pero la chamaca era más lista que la madre: le compraba el boleto al hermanito para la función infantil, pues él quería ver “Heidi: la niña de la pradera”. Y ella, lógico, con aquella emoción que encendía su garganta y hacía palpitar, también, sus partes íntimas. Sudaba y aquella “cosita” gritaba que necesitaba ser tocada. Y van los dos, sin el chaperón, a una película de Ingmar Bergman, de ésas que no entra nadie. Y pues, allí, en la última fila, Camilita Aguilar llevaba a fondo sus buenas costumbres, y el chaperón feliz, comprado por el prospecto, y ella, y ella, qué digo, mucho más feliz, con aquella sonrisota que duraba toda la cena. Y la mamá siempre pensativa cuando hijita volvía del cine, pero eso sí, no quitaba la idea, de que su hija debía entrar vestida de blanco a la iglesia, con su orgullo en alto y su virginidad intocable. ¡Porque así son las buenas costumbres!
Ambos la vieron entrar. Regia, con su falda por arriba, pero muy arriba de las rodillas y una blusa que formaba el tamaño exacto de sus pechos. Su cabello, castaño y chino, lo sujetaba con un prendedor y calzaba unas sandalias de tacón bajito. Primero caminó junto a Alfonsito, y éste se la comió con la mirada, checó hasta las estrías de la pantorrilla. Y luego pasó frente a Homerito, y éste se hizo tonto, pero, ya despechada la muchacha, volvió a pasar frente al Guayo, una y otra vez, y éste seguía montado en su macho. Y Alfonsito, ya celoso, se levantó y se dirigió al Guayo: “no estás viendo que le gustas a la muchacha” dijo enojado, y el Guayo, que tenía, a su corta edad, una larga vida, lo miró y lo retó en el billar, el premio: Camilita Aguilar. Homerito salió borracho abrazado de Alfonsito y de ese momento la amistad creció. Jamás se cobró el premio, y a Camilita no le importó, pues llevó sus buenas costumbres con otro que le echó el ojo. Ay Guayo, el destino te puso a los amigos, tú tan lejos de tu tierra, porque, eso sí, la soledad es cabrona. De ahí empezaron las aventuras con Alfonsito, y luego éste, le presentó a Homerito a Rafa, y de ahí se formó los tres mosqueteros.
—No va a pasar nada, Poncho... es más, hasta le vamos hacer un favor, ¿no crees que su conciencia ya pide paz? —soltó una carcajada.
Alfonsito asintió, pero no dijo nada.
—Mira cabrón —siguió Homerito—; tantos años planeando esto, mira, hasta acento mexicano tengo ya.
Continuará el Capítulo 2...




