16 de marzo de 2009

huellas en la arena...


2. La misma gente

Por un momento había creído que estaba muerto. Pero no fue así, Homerito se había desmayado por el calor en la ciudad; sí, aquel joven de apenas veinticinco añitos, yacía sin fuerzas en el piso de la casa de su amigo Rafa Martínez. Al despertar, con un fuerte dolor de cabeza, se incorporó con trabajos. Su amigo limpió el sudor que escurría sobre la frente de éste. No hubo ni un solo comentario. Doña Celestina, viuda de Martínez, madre de Rafita, siempre alegre en aquel calor de infierno, dejó de abanicarse para correr a la cocina y traer un vaso con agua al joven. El susto había puesto pálida la cara redondota de la mujer, pero eso sí, la sonrisa picaresca, aún, adornaba aquellos cachetotes del tamaño de sus nalgas. La mujer se hincó junto al muchacho y empezó por echarle aire con el abanico, al mismo tiempo que, sin dejar de verlo, le hablaba incoherentemente. Desesperada se levantó y caminó por la sala con la mano en la frente.
–¡Pero que no le pase nada al uruguayo, Rafita!
El otro joven, tratando de ayudar a su amigo, no hizo caso alguno a la regordeta que seguía como zorrillo enjaulado. Por fin a la mujer se le ocurrió correr a su cuarto de los menjurjes, porque, sin bien va o si mal viene, doña Celestina le daba a eso de la cura con hierbas o, a veces, a la lectura de las cartas, o, a la lectura del café o a varias actividades esotéricas. Mismas que aprendió cuando su esposo enfermaba de tifoidea, y que, según ella, lo curaría. Pero fue demasiado tarde, un veinticuatro de noviembre, el viejo ojeroso, flaco como estaca y con una tos imparable, cerró los ojos y no despertó jamás.
La vida de la mujer cambió, pues el seguro del difuntito era de varios milloncitos. Al mes, porque creyó que era un buen tiempo para guardar luto, viajó a Europa a cambiar su guardarropa con los mejores diseñadores y las tiendas más exclusivas. Y terminó inmiscuyéndose con la alta alcurnia de la ciudad, llevando para todos lados las fotos, prueba de los viajes que realizó; que el cafecito con doña Beatriz Iturriaga, que la comida con doña Isabel Cluttier, que ir a donar no sé cuánto al hospicio, y así eran los días de la regordeta, codeándose con la high society.
Pero no acaba ahí, doña Celestina le dio por imitar a Remedios Valencia; quiso tener un amante; y éste, pues claro, le sacó canas verdes. Primero porque Remedios se lo presentó. Supongamos que, tal vez, fue un complot entre ambos para sacarle a la gorda algo de dinero, qué digo, le sacaron una suma que equivalía a varios meses de renta en una zona de alta plusvalía. En fin, el caso es que cuando doña Celestina se entusiasmó con el chamaco, con el prostituto, con el chichifo, o con lo que sea; se lo llevó de viaje a Buenos Aires, pues, sin saber dónde se encontraba la Argentina, se le ocurrió bailar tango en la tierra del tango. Y así fue, lo mejor es que el viajecito de una semanita no le salió caro. Lo que le salió caro fue darse cuenta que el susodicho, se revolcó con varias “che”, y éstas quedaron fascinadas con el mexicanito-trabajador-del-dizque-amor. La mujer lloró, pataleó, le mentó su madre al chamaco, y lo amenazó con dejarlo varado en el país sudamericano. Luego, porque a veces la suerte es muy buena, la gorda desdichada, se vistió elegante esa noche (ya había echado al engendro sexual a la calle, que probara su suerte por las calles porteñas) quiso olvidarse del mal rato, del trago amargo, y partió plaza en un salón de esos donde las parejas no dejan de bailar toda la noche, cerca de Puerto Madero, con el viento del Río de la Plata refrescando sus cachetotes. La vieja se sentó en una mesa, sacó un cigarro y observó con detalle los movimientos del tango. En eso, porque la suerte está dada, el hombre más admirado del lugar se le acercó, y, queriendo y no, le extendió la mano sin decir nada, y la gorda, estupefacta, con la carota roja y la frente brillosa de sudor, se negó al principio, pero aquel narciso insistió, con su acento argentino, al oído, y la señorona, por fin, cedió. Se levantó de la silla y siguió los pasos del melocotón. Primero lo pisó varias veces (el tipo tal vez chillaba de dolor, pero siguió moviendo aquel cuerpote importado desde México) y la mujer rezaba por no arrollar los pies de él, sino la sentaría y seguiría sola, abandonada, desdichada y lo que sigue cuando se está en su caso. Pero no, pasó lo peor, terminó la canción, y en la última nota, el chamacón quiso abrazarla, pero no la pudo, el peso venció al hombre y doña Celestina cayó de espaladas al suelo. La gente, en silencio, la observó, ya después cada quien siguió en sus asuntos. La gorda se puso pálida, sudorosa y, para acabarla, de los nervios, la mujer no pudo levantarse. Pensando en que la tierra se la tragara. Pero aquel caballero se disculpó besándole la mano, se olvidó, de inmediato, del trancazo. Se levantó sonriendo, con la ayuda de él, claro, y se dirigieron a la mesa. Pidieron un Trapiche cosecha noventa y ocho y se quedaron en silencio un momento. Los ojos azules del hombre no dejaban de ver a doña Celestina que, aún apenada, trataba de llevar la situación. Pidieron otra botella, un Medio uruguayo. La plática fue, dejando a lado las cursilerías del ligue, aburrida, hablaron de los dos países. Él, de nombre Pablo, quiso sacarla a bailar de nuevo, pero era lógico que la regordeta se negara, pues aquélla caída le había dejado un trauma como para no bailar jamás. Siguieron charlando y, después de un buen rato, ambos salieron del salón, después de que, en efecto, doña Celestina, engañada y convencida, pagara las botellas y la botana. Caminaron por las calles hasta llegar al obelisco, allí, Pablo le contó un poco la historia del monumento; siguieron y toparon con el Teatro Colón, y así fue en cada esquina. Llegaron al hotel y él, con sus dotes de galán al cien por ciento y ella, sintiéndose la divina garza, entraron abrazados, como una pareja recién casada.
Por la mañana, lo primero que pensó al despertarse doña Celestina fue en el chamaco, prostituto, o lo que sea, y le agradeció tanto, que hasta aventó un beso al aire; luego pronunció el nombre del chamacón, y no obtuvo respuesta. Se incorporó de la cama y lo buscó en el baño, luego en el cuarto contiguo, habló a la recepción desesperada y le comentaron que el hombre, con las características dadas por ella, había salido hacía una hora del hotel. Como rayo, la gorda corrió a su bolsa y se percató que le había dejado la cartera limpia, sin un peso argentino ni mexicano, ni las tarjetas de crédito. Abrió la ventana y gritó a todo pulmón: ¡pinche argentino de mierdaaaaaa!, respiró, porque sintió que le daba un infarto, pero era tanto el coraje que volvió a gritar, esta vez: ¡Chinga tu madre Remedios Valencia!
Como era obvio, a su regreso a México, buscó a las amigas para tomarse el café. Les comentó cada detalle de Pablo, eso sí, el argentino fue su acompañante en los dos días que le restaban; que se fueron a Montevideo, que él le invitó todo, que no sacó ni un cinco ella, que el bombón era tan detallista que le tenía la habitación llena de rosas. Pero por dentro sabía que esos dos días se los había pasado encamada, pues del coraje le había dado calentura. Y al llegar Remedios Valencia a la reunión, la regordeta se levantó, se acercó a ella con su sonrisa de oreja a oreja y dijo con voz suave: “amiga, te agradezco tanto lo que has hecho por mí”, y terminó abrazándola, eso sí, en su interior con todos los deseos de ahorcarla, cachetearla, pero se dio cuenta, que así, en verdad, era la amistad del dinero.
Doña Celestina, después del episodio de Argentina, entró en una depresión que ni el prozac la ayudaba, así que, como era de suponerse, fue a terapia. Pues, como debe de ser, también era nice. Alonso, el terapeuta, era un hombre poco común: cara de actor porno, recia y sin expresiones. Su pelo se teñía de algunas canas y su cuerpo, alto y robusto, lo hacían ver deseable. Poco sonreía, de hecho, decía que acababa con su personalidad. Y para acabarla, sí, porque el hombre conoció a María Félix en unas vacaciones que se dio para Puerto Vallarta (cuando todavía no era famoso y tenía una calle), se sentía que nadie lo merecía. Contaba la experiencia una y otra vez, y su familia, cansada de dudar si fue cierto o no, cambiaba de plática muy sutilmente. La cuestión fue así: era la primera vez que Alonso viajaba para ese puerto, lo hizo, hay que ser honestos, porque su presupuesto no dio para más; se sentó en la playa y dice que una sombra se postró a su lado, ¡era la María Félix! Le alzó la ceja y pidió, al mesero del hotelito, lo mismo que él estaba tomando: cerveza. Luego, porque así son las cosas, la doña le dijo que era muy guapo, que debió ser un gran actor, hasta lo invitó hacer un casting para su próxima película, claro, no pudo ir, porque eso de ser artista a Alonso no le llamaba la atención. Así que sólo le sonrió a la doña y la invitó a cenar… Qué sucedió después, bueno, cada quien invente algo, porque Alonsito de verás que se la fumó.
Pero vamos con doña Celestina, la mujer, primero le sonrió, pues le pareció atractivo el hombre, luego, con mirada coqueta le empezó a platicar su viaje a Buenos Aires, y, como es obvio, omitió el detallito de Pablo, pues quiso vérselas de muy conservadora. Y él le creyó. Tuvo suerte la gorda, esa tarde, Alonsito la invitó a cenar, llamó a su esposa y le dijo que tenía una junta con varios amigos, que iba a llegar tarde. Y esa junta se prolongó hasta altas horas de la noche, pues de la cena, en un restaurante de caché, se fueron a un Motel, escondido en una barranca, muy lejos de la ciudad. Y a partir de ese momento, la regordeta fue amante de su terapeuta. Es bueno contar que sus amigas ya le creen, y Remedios Valencia sólo espera el momento de que dejé a la gorda para ella ligarse al cuero de Alonso.

Homerito se había repuesto del desmayo. Luego doña Celestina, sin argumento, aventó los frascos con varias viscosidades y las ramas de albaca y se hincó junto al joven:
–Ay princesito, qué susto nos sacaste.
Rafita no hizo caso a los comentarios de la madre; ayudó al Guayo a sentarse en un sillón.
–Es el calor, madre –dijo Rafita atolondrado sin dejar de ver a la regordeta que vagaba, nuevamente, por la sala con la vista pegada al muchacho.
–Listo, sólo fue un desmayo –siguió Homerito.
–Pues apúrale, porque Poncho nos espera. Acuérdate del plan…
Doña Celestina al escuchar el plan, qué martirio, siempre tener que lidiar con ¡Nuestra libertad! ¡Justicia para los desaparecidos! A la vieja le daba por pelar los ojos como gato, y sus manos empuñadas empezaban a sudar. El cuerpote le temblaba y un mareo suave le llegaba casi al desmayo.
–¡Rafita ten cuidado! Y tú princesito, cuídate mucho, el pasado está en el pasado. Ahora tienes la oportunidad de formar una familia –esto último, los muchachos ya no lo escucharon.

(continuará en el capítulo 3)