El regalo azul
—¡Taxiiiiiiiii!
El auto paró, y la mujer subió:
—Por favor, lléveme rápido al centro, necesito comprar un regalo.
—Bien, señora, aunque, con este tráfico vamos a tardar un buen de tiempo.
La mujer echó una majadería, luego, entre disculpándose y no, se mantuvo en silencio, viendo las personas que caminaban sobre la banqueta, con más velocidad que ellos. Volvió a enojarse, pero esta vez ya no dijo nada.
—¡Quiere apurarse, por favor!
—Mire señora —volteó el hombre hacia ella y siguió con tono fuerte—, ya vio que no podemos avanzar, si gusta baje del auto, no le cobro nada y mejor vaya caminando.
La mujer soltó a llorar. El taxista se sintió mal por haberle hablado de esa manera, la vio por el retrovisor y le dijo con voz suave:
—Discúlpeme si la ofendí.
—No, no es usted, es que mi esposo llega por la tardecita y siempre quiere que le tenga un regalo en su cama.
—¡Ah! Pero falta mucho para la tardecita, alcanza a comprarle un buen regalo.
—De haber sabido que adelantó el viaje para hoy, me hubiera levantado más temprano para ya tenerlo en casa. Pero tenía otro día para escogerlo con calma, y no, tuvo que regresarse ahora, y no voy a tener tiempo.
—Pues venga con él a comprarlo, sirve que se van por ahí… Digo, me refiero al cine, o a cenar.
—No señor, el regalo tiene que estar en su habitación antes de que llegue, si no hay regalo… —se detuvo la mujer, creyó ser imprudente con el taxista.
—Bueno, no creo que sea para más.
—Sí señor, porque esta vez no sé qué vaya a pasar, pues hace un par de meses adelantó su viaje y, al momento en que entró a su recámara, por que ya no dormimos juntos, no vio el obsequio junto a la almohada, me gritó y zarandeó. Y hace una hora me recordó, por teléfono, que quería ver algo de su gusto, en una caja azul, con un moño café.
El hombre se quedó en silencio, no supo qué decir. Avanzaron una cuadra más, y vio como la mujer se desesperaba más. Se atrevió a preguntar:
—¿Por qué no lo deja?
—¿Dejarlo? No, nadie se ha divorciado en mi familia, sería lo peor.
—Bueno, ya estamos en una época en que las mujeres ya se valen por sí solas. Ya no se ve mal.
Hubo otro silencio, ya no se habló nada. El hombre escuchaba como la mujer respiraba agitadamente, ya no quiso meterse más en su vida, ella, sólo ella, era la que pasaba por esas cosas. Llegaron al centro.
—¿En qué parte la dejo, señora?
La mujer no contestó. Giró para verla y la encontró con la cabeza recargada en el asiento, viendo hacia la calle.
—¿Señora?
No hubo respuesta.
—¡Señora!
Tampoco hubo respuesta.
—Ay Dios mío.
Se estacionó donde pudo, después de que le pitaron varias veces. Se bajó del auto y abrió la puerta donde se encontraba la mujer.
—¿Señora, le pasa algo?
De nuevo, no hubo respuesta.
—Híjole, ya se me petateó aquí.
El hombre se subió al taxi, manejó hacia la Cruz Roja, pero se mostraba conforme pues el cabrón del esposo, no iba a encontrar la regalo azul con el moño café en su habitación.
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