14 de octubre de 2008

Pasatiempo del mar...

La tregua

La marimba se escuchaba a lo largo del portal, la plática de la gente se mezclaba con la música. La noche en el puerto era fresca, la brisa conquistaba cada peldaño de los viejos edificios. Las luces de la calle se perdían entre las ramas crecientes de los árboles. No era la primera vez que Silvia visitaba el puerto. Le encantaba. Para ella, era la mejor manera de disfrutar el dinero del seguro de su difunto esposo. Su única hija estudiaba en el extranjero y mantenían una buena comunicación. Silvia había cumplido cuarenta y tres años que, como los vinos añejados, la hacían ver más exquisita. Llegó al portal, su vestido blanco con estampados de flores amarillas, rojas y azules, llamaba la atención a las personas disfrutaban de un buen café o una cerveza. Caminó hacía una mesa vacía, puso su bolso en la silla de a lado, lo abrió y sacó una cigarrera, luego tomó asiento y vio como varios hombres la observaban. Encendió un cigarro y pidió café; aventó su largo cabello oscuro hacía atrás y se dispuso a escuchar la música; luego se quedó mirando a un joven que caminaba sobre la acera de enfrente; un hombre con piel morena y brillosa, unas piernas torneadas y unos brazos asoleados. La mujer lo siguió con la mirada, se levantó de su lugar, dejó un billete bajo las servilletas e hizo una señal al mesero. Tomó su bolso, cruzó la calle y le habló al moreno que le llamó la atención. Agitada, Silvia le preguntó al joven sobre un bar cercano (lo primero que se le ocurrió), luego dijo no ser del puerto y que la guiara hasta un centro nocturno.

Caminaron juntos hacía la calle donde se encontraría el bar, Silvia en silencio observaba de reojo los brazos gruesos del joven que vestía un short café y una camiseta blanca, desabrochada dejando ver los vellos del pecho. Preguntaron lo esencial: cómo te llamas, un poco del calor del puerto, después Pablo titubeó antes de preguntar la edad, sabía que para una mujer era un tabú. Cuando estaban frente al bar, Silvia que, sin sentirlo, pues había perdido noción del tiempo, lo invitó a que la acompañara. El joven entró con la mujer. En la primera ronda tomaron un par de cervezas, platicaron del ambiente del puerto.
—Así que eres administrador aduanal —dijo sonriente Silvia, sin importarle los efectos del alcohol en su cabeza— ¿A tu edad ya te encargas de una aduana?
—¿Es importante la edad? En realidad no soy tan chico como me veo —sonrió, luego, sin dejarla de ver, cambió su tono de voz más grave, demostrando madurez—.Además, entre tú y yo no se nota.
Silvia soltó tremenda carcajada, le pareció cumplidor el comentario. Le pareció bien a la capitalina la soltura de la charla con el veracruzano. Después de un rato de brindis y más copas, ambos salieron del bar, caminaron sobre el malecón. Se detuvieron, Silvia se sentó en una banca, cruzó la pierna y sacó de su bolso un cigarro, Pablo hizo lo mismo, tomó un cigarro de la cigarrera de la mujer y, con más confianza, siguieron con la conversación. El joven dijo no estar casado, pues todo su tiempo lo dedicaba al trabajo. Silvia dijo estar viuda, y todo su tiempo lo dedicaba a viajar.
Silvia no trabajaba, aparte de viajar, le gustaba ir con amigas a jugar canasta, mismas que alentaban a Silvia a ser más liberal, más abierta y entablar relaciones. Silvia era recatada, y pensaba que un día pondría en práctica los consejos de sus amigas.
La sonrisa de Pablo provocaba escalofríos en todo el cuerpo de la mujer. Silvia concientemente dejaba a la vista de su compañero su pierna, le empezaba a gustar el coqueteo. El porteño la miraba discretamente, al igual que abría, sin ser tan obvio, su camisa para dejar su pecho velludo a la vista de la mujer. Las miradas ya no eran discretas. Los labios de los dos se juntaron, las manos de ambos acariciaban con desesperación cada parte del cuerpo de los dos. Se dirigieron al hotel.
Los rayos del sol despertaron a Silvia, con trabajos se sentó en el bordo de la cama. Su cabeza punzaba . Sonrió al recordar a Pablo, de inmediato volteó y se percató de que su conquista no estaba; se incorporó y gritó su nombre. Luego, sin éxito, regresó a la cama y, se percató de que en el lugar donde durmió su conquista estaba un papel doblado, lo abrió y sonrió, dijo en voz alta “te veo en los portales en una hora”.

Silvia llegó al portal sola, pensaba mucho en la noche anterior, en cada detalle; cuando vio su reloj ya había pasado la hora de encuentro, la mujer se preocupó un poco, pero a la vez se dijo que una noche bastó para que ese viaje fuera exquisito. Se levantó de su equipal, salió del restaurante para verificar la presencia del joven, pero entró con desilusión.
Pablo al llegar se sentó junto a ella y justificó su tardanza; Silvia sonrió y no le dio importancia.

Por la mañana la pareja visitó todas las tiendas de souvenirs circundantes al jardín, se sentaron en una de las bancas sobre el malecón, vieron como los barcos entraban al puerto, fueron a visitar el Fuerte de San Juan de Ulúa, disfrutaron cada momento.
La tarde se presentó cálida, la pareja realizó el mismo itinerario, fueron a los portales, se tomaron unas cervezas, luego se dirigieron a un bar y bailaron sin importar comentario alguno de las personas. Realmente Silvia era muy hermosa, muchos del lugar no la dejaban de ver, pareciera estar con una estrella de cine; un vestido blanco entallado a su esbelta figura, su cabello sujetado con una horquilla y sus movimientos sensuales se convertían en la miel para las avispas. Luego de varias cervezas, terminaron su baile sobre el malecón, bajo la luna y el sonido de las aguas del Golfo.

El último día de Silvia en el puerto fue emotivo, se despidió de Pablo, con un poco de nostalgia, le dio su número telefónico y dirección para cuando visitara la capital. Éste agradeció con el último beso. Salió del hotel, caminó hacia un sucio callejón cercano y llegó a una puerta de madera. Pablo tocó tres veces, después de diez segundos volvió a tocar, pero esta vez dos veces. Se abrió y el joven entró.
—Una más... —dijo el porteño.
—¿De dónde? —siguió un hombre maduro que vestía un traje de casimir blanco, zapatos negros recién boleados y su cabello bien peinado.
—De la Ciudad de México, ¿sigo con el plan?
—Tengo una cita en este momento Samuel, pero ya que regrese platicamos del asunto.

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