Soneto a Montevideo I
Cuando llegas en barco, se siente la agonía de la dictadura en el viento. Pisas la tierra y la vejez de sus aguas y sus casas muestran la hospitalidad de su gente. Rincones llenos de historia, llenos de guerra.
Esa vez, cerré los ojos y vi el cadáver de un niño. En su frente una bala que se hospedó en su mente, y al abrirlos, me vi sentado, en una banca de la Plaza Independencia, tratando de escuchar los gritos, llantos de mujeres, jóvenes y viejos, en la defensa en contra de una idea antigua.
Pueblo bañado con la plata de su mar, donde, en el otoño, las hojas lo cubren, para ondear con finura alegría. Montevideo, el viejo Montevideo...
Ayer te soñé, caminaba en tus calles desiertas de silencio, y sentí, una tristeza diferente, una tristeza que llamaba, con susurro, al llanto. El sol cubierto, con un nublado eterno, hizo que abrazara tu nostalgia y me llevara junto a ti.
El mate sentenció mi estadía y proclamé volverte a ver. Y, con aquel deseo en mis labios, esperaré, para que un día, no muy lejano, vuelva a pisar tus calles y disfrutar de aquel otoño que casi llamó mis lágrimas.
Montevideo... una vez te soñé.
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